El miedo al otro, discurso o segregación

 

 

Lilia Mahjoub

 

 

El título de este fórum* comporta cuatro palabras que forman parte de las palabras utilizadas en el vocabulario del psicoanálisis, por Freud y Lacan particularmente a partir de lo que ellos han encontrado en su práctica, pero también en el mundo de su época. Son conocidas las famosas páginas de Freud del “Malestar en la Cultura”, cuando él interroga la cuestión del lazo con el extranjero y particularmente si aquél merece su amor, esto a propósito del precepto: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y no “como tu prójimo te ama a tí” (1). El ahí evoca un párrafo de Pensamientos y Propósitos de Henri Heine que dice ser “el ser más pacífico que sea” y después de haber hecho la lista de sus deseos tal como una buena cabaña, una buena cama, una buena mesa, bellos árboles delante de su puerta, agrega que, si el buen Dios quiere de pronto hacerlo feliz, él le concederá ver seis o siete de sus enemigos colgados de esos árboles (2). El tono está así dado, aún si aquello se expresa con ironía. Freud escribirá respecto de la maldad que está en cada hombre, que -oponiéndosele ahí las leyes éticas superiores propias de la civilización y predicando la obediencia a aquéllas-, no se hace más que alentar directamente la maldad.

¿Cuál es entonces el antídoto, cuál es el remedio a esta maldad, puesto que no es el amor, la compasión o la obediencia a una ley moral universal? ¿Eso sería tener un Superyó, es decir obedecer una ley no exterior sino internalizada? Eso no es la solución, porque los renunciamientos a las pulsiones permiten al deseo persistir. En otros términos, el deseo no puede ser disimulado al Superyó y la maldad no es sino intensificada contra aquél que la experimenta, contra el yo, en primer lugar, pero igualmente contra el otro, que es otro yo-mismo, mi semejante.

Se sabe el desarrollo que Freud hizo del Superyó, a partir del padre primitivo, de ese padre que hace excepción en Lacan y del cual el asesinato, satisfaciendo el odio, instaura la ley para todos, para impedir el retorno de la agresión, con la recuperación del amor en el remordimiento ligado al crimen. Freud dirá que “lo que comienza por el padre se consuma por la masa” (3) y que así se extiende, a nivel de la humanidad, el eterno conflicto entre el amor y el deseo de muerte. Yo diré que la escena del mundo del Siglo XXI nos confronta, no se puede más, a ese conflicto que resuena al nivel de lo que se llama el discurso político.

Se puede recordar también la interrogación que Lacan formulara a propósito de la ofrenda de San Martin de la mitad de su capa al mendigo encontrado, a saber, que ese hombre mendigaba tal vez otra cosa que un trozo de tela: que San Martin lo bese o lo mate, por ejemplo (4). Es todo el debate entre la beneficencia y el amor del prójimo: dar al otro lo que hace mi confort, dicho de otra manera, confundir mi bien con aquél del otro. Así “mi egoísmo se satisface muy bien de un cierto altruismo, de aquél que se ubica al nivel de lo útil”,

del primum vivere, diría yo, y “es probablemente el pretexto por el que evito abordar el problema del mal que yo deseo, y que desea mi prójimo” (5).

El deseo del Otro es tratado de manera diferente en el discurso del analista que en los otros discursos: él va a contracorriente del de los gobernantes, de los amos que obran bajo un significante y que avivan el miedo (a distinguir de la angustia) al otro, o que elogian el reparto, el socorro y la acogida, todas suertes de buenas intenciones para su buen a conciencia.

Lacan había predicho “una extensión cada vez más dura de los procesos de segregación” que iban a ocasionar los mercados comunes, después de haber mencionado un punto de horror de la historia del siglo XX. Es esto, mencionaba él “lo que irá

desarrollándose como consecuencia de la transformación de los grupos sociales por la ciencia y la universalización que ella ahí introduce” (6).

El siglo XXI es testimonio de esta extensión como de ese desarrollo. La masa, en efecto, ha tomado el relevo del padre -ese padre que algunos querrían restaurar dando prueba de una deriva autoritaria manifiesta. El padre como excepción ha sido articulado lógicamente por Lacan: él no es representable, en tanto real. Yo quiero decir que sólo una escritura lógica, y

no más un mito, con todo su imaginario, puede situarlo y no decir lo que él es. De allí la pluralización de los significantes que lo nombran.

La familia y todas las formaciones institucionales son creaciones humanas y por lo tanto susceptibles de caer en desuso, de experimentar modificaciones y de ser reemplazadas por nuevas creaciones. Lo que no quiere decir que no debamos interesarnos en esto, pero los significantes se usan y su uso termina por volverlos inoperantes.

Más de una vez se ha oído que si las mujeres estuviesen al poder, aquello cambiaría las cosas, en cuanto al tratamiento del otro, del extranjero. Hemos podido tener en Francia la prueba de que no, y se ha evitado lo peor. Otros países tienen una mujer a la cabeza y también he oído decir que, si Alemania hacía un tal recibimiento a los migrantes se debe a que madame Merkel era una mujer. Una mujer, es cierto, donde se perfila la imagen de la madre que tiene mucho y que da lo que ella tiene. No prosigamos en ese sentido porque ese tipo de discurso gira en redondo y revelaría la ideología edípica, uno de los tres puntos perspectivos en los cuales Lacan centra el horizonte del psicoanálisis en extensión, después de aquél que hemos evocado -aquél, por el contrario, es real- del aumento exponencial de la segregación.

La declinación del padre, en el plano simbólico, forma parte de lo que Lacan ha esclarecido como siendo una impostura, en el sentido de un lugar del que servirse, y eso, para cada sujeto de manera diferente, ha sido mandado a pasear. De donde este extravío de la masa y su búsqueda de restablecer un orden que va en el sentido de la segregación, a través del hombre (o la mujer) providencial, incluso un impostor, y no en el sentido de la circulación de los discursos -yo insisto sobre esa palabra circulación que se opone al giro en redondo de un solo discurso. El discurso del analista puede obrar para esta circulación o, en otros términos, para que ahí haya cambio de discurso. El siglo XXI es una vasta cantera en la cual el analista tiene el deber de intervenir.

Traducción: Graciana Rossiter

Revisión de la traducción: Virginia Notenson

*Intervención pronunciada en el Forum Zadig-Wien sobre “El miedo al extranjero, discurso o segregación”, el 9 de septiembre de 2017 en Viena, bajo la dirección de Avi Rybnicki y Gil Caroz.

1: Freud S., El Malestar en la Cultura, trad. J.L. Etcheverry, libro XXI, Amorrortu Ed., Bs.As., 1990, p. 106/ 107.

2: Ibid.., p. 107, nota pie de página (3).

3: Freud S., El malestar en la Cultura, libro XXI, Amorrortu Editores, p.128.

4: Lacan J., El Seminario, libro VII, La Ética del Psicoanálisis,

Paidós, Bs. As., 1991, p. 226.

5: Ibid.., p. 226.

6: Lacan J., “Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela”, Momentos Cruciales de la Experiencia Analítica, Ed. Manantial, Bs. As., 1991, p. 22.

 

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