La matriz totalitaria del neoliberalismo

 

 Aníbal Leserre*

 

Hemos descripto al Neoliberalismo tomando la figura mitológica de la Hidra y sus diversas cabezas que se multiplican reproduciéndose1. Así resaltamos su poder e influencia en todas las dimensiones de la existencia humana. Por lo tanto, no solo debemos caracterizarlo, sino también ubicar las consecuencias en la conformación discursiva, en la alteración de los lazos y en las afectaciones sobre la subjetividad. Las cabezas de la Hidra llevan adelante una masiva extensión de la lógica del mercado sobrepasando con creces las concretas fronteras y los límites del mismo. Es decir, asistimos a una acelerada y masiva extensión del Capitalismo que afecta a los lazos sociales y la intimidad del ser-hablante. Destaquemos que esta mundialización se lleva adelante a través de la imposición de un modo de vida, pero no uno entre otros, sino del único. En síntesis, el Neoliberalismo intenta imponerse como el Único mundo posible.

En estas notas tratamos de presentar que dicha imposición tiene en su lógica una matriz totalitaria. Para tal fin tomaremos como base los desarrollos de Hannah Arendt2. Desarrollos que ubicaron y analizaron el surgimiento de totalitarismo, bajo condiciones económicas y sociales muy diferentes: el socialismo en la Rusia de Stalin y el capitalismo en la de Alemania de Hitler. La idea con que H.Arendt define el alcance que da al término totalitarismo es que responde a una dinámica ideológica y obedece a una visión del mundo, cosmovisión bajo un sentido peculiar y privativo. Todo queda reducido en la óptica totalitaria a una idea central; por ejemplo, la supremacía de una raza se convirtió en el motor central y absoluto de la historia para el nazismo, mientras que para estalinismo esa idea central fue la primacía del proletariado y la supresión de clases. Siguiendo esta línea de pensamiento, podemos ubicar al neoliberalismo y su idea central del ‘Dios mercado’. Los tres ‘modelos’ coinciden en una fe ciega y en una omnipotencia de poder y consideran a los individuos como prescindibles. También los tres pueden ser ubicados como gestores e impulsores de la perspectiva de que ´todo es posible´. Todo le está permitido, en un sentido opuesto al nihilismo, ya que ese todo implica a la realidad completa incluyendo las vidas humanas y las sociedades, todo se transforma en material de poder. En los Orígenes del Totalitarismo se define al mismo, no en la búsqueda de un gobierno despótico sobre los hombres, sino más bien como un sistema en el que estos son descartables, superfluos. Así, la organización totalitaria, y vemos la misma matriz en el neoliberalismo, es la única voz y, a la vez, el brazo ejecutor de la dominación universal como fin último y necesario. Como venimos sosteniendo, no ya el ‘mejor’, entre otros, sino el Único mundo posible. EL Neoliberalismo ubica su mirada en un punto exterior al mundo y se convierte en el único ejecutor de su destino.

Hacemos nuestras las palabras de H. Arendt en su primer prólogo, fechado en 1950, referidas a cómo tomar los hechos “… examinar y soportar conscientemente la carga que nuestro siglo ha colocado sobre nosotros –y no negar su existencia ni someterse mansamente a su peso”. Palabras que luego, en el prólogo de 1967, retomó de la siguiente manera: “… examinar y soportar conscientemente el fardo que los acontecimientos han colocado sobre nosotros –ni negar su existencia ni someterse mansamente a su peso como si todo lo que realmente ha sucedido no pudiera haber sucedido de otra manera.” Valen las mismas para ubicarnos en torno al Neoliberalismo, a su peso sobre nuestra existencia; pero, para ello, necesitamos negar su ‘condición natural e inevitable’, es decir, no someternos mansamente, a la ‘ley natural’ –compartida con el totalitarismo– de la implementación, fabricación de una Nueva Humanidad que elimina a los individuos en favor de la especie, que sacrifica a las ‘partes’ en favor del ‘todo’. Totalitarismo y Neoliberalismo comparten en su matriz de acción la vía del terror y de poner a los hombres unos contra otros destruyendo el espacio posible del lazo social. No se trata de anular convicciones, sino que apunta a la raíz, es decir, a destruir la capacidad de formarlas. En esta dinámica, debemos señalar una diferencia que también los emparenta. El totalitarismo se diferenció de toda otra forma de opresión política y desarrolló nuevas dinámicas político-institucionales, teniendo como objetivo la destrucción de las tradiciones sociales políticas y legales de los países dominados. Mientras que el neoliberalismo mediatiza las formas de gobierno, lo social y el marco legal, poniéndolas a su servicio, conservación y defensa. Sin embargo, ambos, a pesar de la diferencia señalada, buscan la dominación mundial.

Al decir el Único estamos aludiendo también a lo que sostiene H. Arendt como la verdadera naturaleza de los sistemas totalitarios, la exigencia del poder ilimitado; cuestión que solo es posible alcanzar si todos los hombres son dominados en cada aspecto de su vida. Por lo tanto, la subjetividad y todo lo que distinga a un hombre de otro es intolerable.

Así como la expansión –concepto derivado de la especulación comercial– fue el objetivo principal del Imperialismo, el aumento de las ganancias en proporción geométrica es la base expansiva del neoliberalismo. Consideremos en esta línea que si el imperialismo nació cuando la clase dominante de la producción capitalista se opuso a toda limitación nacional en su expansión, el neoliberalismo continuó y acrecentó esta fuerza, primero con la creencia liberal del autocontrol de la competencia y luego con la oposición a cualquier tipo de control político a su expansión. Expansión cada vez más intensa, desde la especulación financiera.

Otra de las cuestiones que definen al totalitarismo es que no puede ser entendido ni identificado a formas o categorías políticas existentes. Su visión del mundo, que necesariamente tiene que ser modificado, implica que lo social –en toda la amplitud del término– es moldeable a sus intereses y designios. En este punto destacamos que –a nuestro entender– H. Arendt sostiene que el objetivo del totalitarismo es la modificación de la condición humana en particular y del mundo en general. Ella, considera a los campos de concentración como las instituciones más coherentes de los gobiernos totalitarios, establecidos bajo el paradigma de la permanencia. Campos de la muerte que, con toda su carga de espanto y horror, redujeron a los individuos a una impotencia total, anulando todo signo y derecho de la individualidad y por fuera de toda reacción.

La lógica de los campos responde a la máxima de que Todo es posible. Resuena dicha lógica en el cinismo moral de las cabezas políticas del neoliberalismo, acompañado de una omnipotencia que destaca que nada es imposible, todo le está permitido. Como señalamos ‘El todo es posible’ no es equivalente al principio nihilista de que todo está permitido, ya que este se liga a lo particular y el ‘todo es posible’ no puede estar limitado en ningún aspecto. Y justamente los campos de concentración fueron los laboratorios y la puesta en marcha de que todo es posible. Los campos son la verdadera institución central del poder organizador totalitario3. “Si es cierto que los campos de concentración son la institución más consecuente de la dominación totalitaria, la “vida en el horror” parecería indispensable para la comprensión del totalitarismo4.

Los campos de concentración fueron los laboratorios donde se puso a prueba la brutal modificación sobre la naturaleza humana y esto no solo afectó a los sufrientes internados y a los ‘científicos’ que los dirigían y a los ejecutores. La lógica del campo de concentración nos afectó y afecta a todos. El neoliberalismo, poniendo en marcha la misma lógica, no ya localizada sino extendida, renueva y actualiza dicha afectación con su ‘todo es posible’ y la condena al aislamiento de cada uno.

No sostenemos, en estas notas, que el neoliberalismo instale modelos idénticos a los de los Campos; sin embargo, con sus políticas y manejos económicos, condena a millones de personas a la exclusión, al desamparo y a la subsistencia en condiciones paupérrimas. Políticas ejecutadas por gobiernos afines o dominados, políticas que anulan el Estado de derecho y socaban la democracia y la actividad política. Pero no solo se trata de esa condena sino del horizonte cada vez más cercano que nos presenta el desarrollo neoliberal y el manejo de la ciencia con fines de reordenar los agrupamientos humanos y, como sostiene Lacan en La Proposición5: “…la universalización que introduce en ellas” el modelo del campo de concentración se vislumbra en “… la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”6. Segregación que hace ‘compatibles’ los nacionalismos más extremos con las bases neoliberales de la economía. El totalitarismo, en su formación, es solidario de la expansión imperialista y la razón del antisemitismo como detonante. Y Arendt intenta entender y transmitir cómo fue que el proceso por el cual una ficción representada por Los protocolos de los sabios de Sion no solo se difundió por toda Europa sino que fue tomada en serio. La apelación a la raza formadora de comunidades originarias que delimitaban la pertenencia fue un elemento clave que el nazismo tomaría como base para su construcción e intento de extensión hacia el mundo.

Con estas apretadas referencias, intentamos señalar otro punto de comparación al considerar la expansión neoliberal como un imperialismo del capital financiero junto a la construcción de ficciones como, por ejemplo, el fantasma del populismo, causa de todos los males, para consolidar su hegemonía.

Sin embargo –a nuestro entender– es un error pensar que los medios y la publicidad, tienen la capacidad de lograr por sí solos una dominación y/o influencia total. Aunque también es un error subestimarlos, ya que esa capacidad de generar opinión en coyunturas políticas específicas puede torcer y definir el rumbo de una elección. Un ejemplo son las campañas que instalan a los inmigrantes como las causa de todos los males y que alimentan discursos nacionales de derecha bajo variados slogans que tienen como matriz ‘el país para los legítimos’. Valga como ejemplo la campaña y el triunfo de Bolsonaro en Brasil. Pensamos que no es atribuible su popularidad y su victoria a una propaganda basada en la ignorancia o en la desidia. Al contrario nos parece iluminadora la idea de H. A cuando sostiene “…la propaganda de los movimientos totalitarios que precede y acompaña a los regímenes totalitarios es invariablemente tan franca como mendaz y los futuros dirigentes totalitarios comienzan sus carreras jactándose de sus delitos pasados y perfilando sus delitos futuros”7. Pueden variar los medios, pero lo central de la propaganda tiene una doble finalidad: ganar, convencer a importantes sectores del pueblo, pero también, con el llamado cerco mediático, aislar a grandes sectores de la población de toda otra fuente de información y hacer que las noticias giren en torno a una ficción central. Propaganda, noticias falsas, posverdad, estan al servicio de atomizar a los individuos. Proceso común al totalitarismo y al neoliberalismo que, a través de una diversidad de instrumentos, persiguen el anular en el hombre a la persona jurídica, privarlo de su capacidad de actuar, abolir los derechos humanos, corromper todo tipo de solidaridad, cercenar al máximo la espontaneidad, mellar la dignidad humana.

Todo esto nos indica una matriz común: la intolerancia por la diferencia. “El intento totalitario de hacer superfluos a los hombres refleja la experiencia de las masas modernas de su superficialidad en una Tierra superpoblada. El mundo de los moribundos en el que se enseña a los hombres que son superfluos a través de un estilo de vida en el que se encuentran con un castigo sin conexión con el delito, en el que se practica la explotación sin beneficio y donde se realiza el trabajo sin producto, es un lugar donde diariamente se fabrica el absurdo”8.

Absurdo con el que, tanto el neoliberalismo, como el totalitarismo, apuntan a la volubilidad de las masas, a su permeabilidad a la identificación, lo que les permite a unos como a otros, su desplazamiento perpetuo en pos de su fin de dominio total y absoluto. Absurdo que apunta, en cada país, a una numerosa población ‘neutral’, políticamente indiferente que fluctúa y decide su voto por diversas razones de empatía o, simplemente, por rasgos de simpatía o efectos de sugestión.

Por último, y sin el ánimo de concluir, sostenemos que el totalitarismo y el neoliberalismo son, en un sentido, sistemas paranoicos, ya que una vez aceptada su premisa de Único, se deduce de allí que todo lo que se propone sea comprensible y a la vez obligatorio.

Por lo tanto, nos queda no solo no aceptar esa primera premisa sino, fundamentalmente, mostrar su falsedad.

 

*Psicoanalista de la AMP (EOL).

Publicado en:

http://lalibertaddepluma.org/anibal-leserre-la-matriz-totalitaria-del-neoliberalismo/

Fotografía seleccionada por el editor del blog

 

Notas:

Ver “La Hidra Neoliberal” en La libertad de pluma números 1, 2, 3,4. http://lalibertaddepluma.org/

Arendt, H., Los orígenes de totalitarismo, Planeta-Agostini, Buenos Aires, 1994.

Ibíd., p. 534.

Ibíd., p. 536.

Lacan, J., “Proposición del 9 de octubre de 1967”, en Momentos cruciales de la experiencia analítica, Manantial, Buenos Aires, 1987.

Ibíd.

Arendt, H., op. cit., p. 387.

Ibíd., p. 554.

FacebookTwitterCorreoOutlookWhatsAppMás…

 

Anuncios