Mentiras

Luis-Salvador López Herrero*

 

Hace unas semanas un amigo ocurrente, que gusta hacer de la ironía un modo de conversación, me informó con su talante ingenioso acerca de un estudio riguroso que había llevado a cabo, recientemente, y en el que concluía, con toda la credibilidad que se merece este tipo de encuentros cotidianos, «que el 89,7% de las cosas que nos cuentan son mentira». Me reí ante el dato, nada inverosímil, y le pregunté con sorna, haciéndome eco de su estilo: «Bien. De acuerdo. Pero entonces, el resto del porcentaje, de qué trata. ¿De la verdad?».

Es incuestionable que el hombre se nutre de creencias para vivir y que éstas fluctúan y se transforman en cada época, en función del discurso en boga, sea mitológico, religioso, filosófico, político o científico. Lo que antaño se suponía como verdadero ahora es interpretado en tono de falsedad, cuando no de mentira o engaño. Pero es una constante: el ser humano precisa de ideas, convertidas en creencias, que, por la especial condición humana siempre surgen a partir del lenguaje del Otro (familia, patria, raza, religión…). Es nuestra condición atravesada por ese lenguaje que nos posee. Y aquí se plantea un dilema interesante. Si las ideas siempre vienen del discurso del Otro —entiendan esta alteridad como una función encarnada por un ente que va construyendo con nuestra ayuda la lógica del pensamiento, de modo inconsciente—, éstas nunca pueden ser propias del todo y por ende sentidas como íntimas o auténticamente verdaderas. Es este matiz el que precipita sanamente en la mente ese desliz de sospecha y de posible engaño, con respecto a todo aquello que el discurso trata de inyectar, de forma persuasiva e interesada.

Ahora bien, que el hombre está condicionado o determinado para creer, es un dato verosímil, siendo por tanto la duda y la sospecha, con respecto a nuestras propias creencias, lo más auténtico que disponemos para cuestionar los mensajes, advertencias, prohibiciones o mandatos, que circulan por este mundo humano de palabras. Porque nada es más difícil de soportar que la incertidumbre, el no saber, y los seres se afanan con vehemencia para hacer, como propias, las creencias más pintorescas e interesadas del Otro, hasta cernir con ellas su propia esclavitud.

Pero si es posible no se engañen del todo. Lo más verdadero en lo que hoy se cree, es lo inverosímil del mañana. Por eso cuando se rían de las ocurrencias de nuestros semejantes de antaño, sepan que estamos exactamente en el mismo lugar con respecto al saber. El conocimiento avanza, sí, pero el saber de la experiencia acerca de nuestra existencia se detiene exactamente en el mismo pozo misterioso, a partir del cual sólo pueden brotar mentiras o relatos de ficción. Recordemos que la mentira bebe de la voluntad de engañar mientras que la ficción abre las puertas veladamente a lo imposible de decir. De ahí que cualquier discurso precise de afanados creyentes cuyas demandas sostienen, con su fervor, ese mismo magma de creencias que otorgan cierta seguridad a su vida. El problema es que cualquier discurso, sea religioso, político, científico o social, se sustenta de ideas, que él mismo no puede confirmar en su totalidad. De ahí la posibilidad de la mentira como culmen de la voluntad de engañar, en un intento de que todo permanezca igual, de que el pensamiento de turno circule sin preguntas, fisuras ni límites. ¡Qué se mantenga el mismo juicio, la única idea, el statu quo!

Si el recorrido histórico nos va mostrando las modificaciones del discurso en sus ideas y los diferentes ritos vitales, así como la enorme variedad de adeptos, prestos a seguir sus mensajes de forma ciega, para así soportar esta incertidumbre existencial que nos atraviesa, entonces la invitación a la duda o la sospecha es lo que más nos puede acercar a la «verdad» de nuestra condición. Como comprenderán entonces, la «verdad» genuina estará más cerca de la incertidumbre que de la creencia, del no saber que del consabido y transparente conocimiento, de la ignorancia docta que de la certeza. Pero insisto, ¿quién podrá soportar ese grito opaco que rompe cualquier idea definitivamente clausurada, en una era dominada por la imagen, la propaganda y la publicidad? Porque de ese tapón temeroso se nutren nuestras creencias más cotidianas y sus múltiples objetos de salvación, promesas de una eternidad y felicidad sin fin.

Luego si mi hábil amigo cifraba que el 89,9% de los asuntos humanos eran mentira, cabe pensar que la ficción y su hermana más fructífera, la verosimilitud, nos acompaña en ese resto como garantía de una verdad, que no es de este mundo, pero tampoco del Otro que se aloja en el corazón desgarrado y sediento, de amor eterno. Es esto último, quizá, el amor y sus ilusiones más prometedoras, la mejor ficción que demanda el alma humana desde sus inicios en la infancia. Amor irremediablemente perdido cuya frustración es el símbolo de lo efímero, lo insatisfactorio, lo imposible, lo inalcanzable, de todo aquello que, precisamente, se nutre la ideología del engaño, pero también, para muchos, la esperanza de vivir. Buen y dichoso verano.

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog

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