Los neofascismos en la época de la evaporación del padre

 

Dolores Castrillo*

 

La historia no se repite, pero rima, decía Mark Twain. Cuando creíamos que vivíamos en un mundo donde los totalitarismos de los años 30 estaban felizmente olvidados, por todas partes emerge una extrema derecha que aunque no se reivindica del fascismo clásico y que hasta ahora ha descartado los rostros más thanáticos de los viejos totalitarismos, se embandera en fenómenos que le son inquietantemente  afines, como el ultraliberalismo en materia económica, el nacionalismo identitario, la xenofobia,  la homofobia, la misoginia,  el desprecio al pluralismo y a lo diferente.

El contexto en que surgen estos fenómenos que actualmente amenazan la democracia guarda un cierto parecido con el clima los años 30 que propició el advenimiento de los totalitarismos. Entonces se asistió a una Gran Depresión que acarreó una descomposición del tejido social, donde  de un orden social relativamente estructurado en clases con su representación parlamentaria en función de sus respectivos intereses, se pasó a lo que Arendt en su imprescindible estudio sobre Los orígenes del totalitarismo llama “una masa inorganizada e inestructurada” de hombres insatisfechos y desesperados y  de furiosos individuos que no tenían nada en común excepto su vaga aprehensión de que las esperanzas en los miembros de los partidos se hallaban condenadas y de que los miembros más respetados de la comunidad eran imbéciles , estúpidos o fraudulentos”

¿Cómo no encontrar resonancias entre lo que describe Arendt y lo que ocurre hoy en día? La denominada crisis ha traído, junto con la extrema desigualdad y el desmantelamiento del Estado de Bienestar, una extrema desesperación de una masa  de individuos  que se ven cada vez más atomizados,  más precarizados en sus trabajos y en sus vidas , cuando no directamente expulsados del Otro del sistema, y  que  ya  no se sienten representados por  los burócratas de los partidos.

¿Cómo interpretó Lacan el terrible periodo de los totalitarismos? En Los complejos familiares lo interpreta como una compensación atroz y nefasta del ocaso de la función paterna y de la des- estructuración del tejido social y familiar que tuvo lugar tras las vicisitudes de la 1ª Guerra. El desmembramiento de la familia, amenazada por la precariedad económica y social, acarreó la caída de la autoridad paterna como punto de referencia, como brújula que ordena y orienta la existencia de los sujetos. La llamada de las masas al Padre loco y déspota es un modo patológico de compensar la crisis social de la imago paterna.

Es curioso que Lacan introduzca la figura del declive del Padre para referirse a dos momentos históricos muy diferentes entre sí. Por un lado 1938 cuando, ante el abismo de la 2ª Guerra, los grandes totalitarismos ya han subido a la escena. Por otro, después de la protesta de mayo del 68, Lacan hace referencia a la “evaporación del Padre “como rasgo constitutivo de nuestro tiempo.

Si el ocaso del Padre es la imagen que Lacan utilizaba para dar cuenta del retorno patológico del Padre en el totalitarismo, la evaporación del Padre es propuesta, tras la protesta del 68, para definir el proceso de pérdida de la autoridad simbólica de la figura paterna, que fue objeto de una crítica anti-edípica por parte los jóvenes rebeldes contra el sistema patriarcal. Paradójicamente, esta crítica coincide con el discurso capitalista que socava los fundamentos de la ley paterna. A diferencia del discurso del amo antiguo que regía en las sociedades tradicionales y que intentaba regular el goce mediante prohibiciones y tabúes, el discurso capitalista se sustenta en un empuje superyoico a gozar sin freno, ya sea de los objetos de consumo, ya sea de los más variados o bizarros modos de goce sexual. Como no hay objeto que pueda satisfacer al sujeto, el carácter ávido del empuje a gozar hace que la maquinaria de la producción y el consumo gire y gire sin cesar. El discurso capitalista rechaza la función simbólica del Padre (denominada en psicoanálisis “castración simbólica”) que es la que, poniendo un límite al goce, abre al deseo anudándolo a la ley. Este rechazo de la castración es una manifestación de la pulsión de muerte que empuja a la vida a un goce privado de deseo, un goce tan ilimitado como destructivo. Como ha sabido ver Recalcati,  lo que hay de común entre estos dos momentos históricos tan dispares – los totalitarismos del 38 y  los tiempos hiper-modernos- es un fatal malentendido acerca de  la  función del Padre: mientras que en el tiempo de los totalitarismos el nexo entre la ley y el deseo se disuelve en una ley loca y fanática que mata el deseo, en el tiempo hipermoderno el nexo se disuelve dando lugar a una pseudo liberación del deseo respecto de la ley, que acaba por avalar su degradación a un mero capricho, a un goce compulsivo y desregulado privado de deseo.

La crítica al orden patriarcal y el propio discurso capitalista han socavado la ley del Padre. Si el empuje de las mujeres por hacerse un lugar en la cultura ha podido culminar en eso que algunos consideran una” feminización” del mundo, en las últimas décadas una gran parte de este ha atestiguado una ola de “masculinización”. Vuelve con fuerza, valga la redundancia, la imagen de hombres fuertes encarnada en lideres ultra machistas como Putin, Trump y Bolsonaro. Estos líderes ultra- machistas encarnan el retorno, bajo una forma obscena y feroz, de ese Padre cuya evaporación es el signo de los tiempos hiper-modernos. Y este retorno, a su vez, es emblemático de las inseguridades y ansiedades con la que viven esta evaporación muchos hombres occidentales, que sienten que han perdido la orientación en una sociedad que encuentran incomprensible.

Sostener desde el Psicoanálisis que el retorno del Padre bajo una forma feroz es consecuencia de la evaporación de su función simbólica no autoriza ninguna nostalgia por el Padre Ideal. Además, ¿qué duda cabe de los efectos liberadores que está posibilitando la crítica al Patriarcado llevada a cabo por el movimiento feminista?  Por referirme al me too, uno de los estos efectos de esta oleada de denuncias contra la violencia machista ha sido el de una liberación de la palabra, como forma de puesta en común de lo que puede llamarse el traumatismo de ese mal encuentro. No obstante, el psicoanálisis puede objetar que si esta palabra colectivizada tiene efectos liberadores también hay un efecto devastador de esta palabra. ¿Pues debemos creer, como pregunta Clotilde Léguil, que la masividad de las denuncias significaría que para cada mujer esta experiencia traumática podría, elaborarse y subjetivarse desde un mero “nosotras las mujeres” contra un “ellos los acosadores”? La asunción colectiva del trauma conlleva paradójicamente una desaparición de la verdad singular del sujeto, pues se funda en una psicología del yo convertida en psicología de masas.

Una objeción en la misma línea podría hacerse desde el psicoanálisis a los colectivos de lesbianas, gays y transexuales. Los líderes ultraconservadores han sido elegidos para limpiar el mundo de estos goces sucios, en nombre de la ley natural y de la ley de Dios.  La experiencia psicoanalítica muestra que no hay ley natural, ni tampoco ley del Padre-Dios, que pueda remediar el carácter inevitablemente traumático de la sexualidad humana. Trauma que Lacan resumió en este axioma: no hay relación sexual. Lo que quiere decir que en el psiquismo humano , a diferencia de los animales guiados por el instinto, no está inscrita la cláusula que diga en qué consiste ser un hombre o una mujer. En este agujero de la no relación sexual pueden colocarse las más diversas formas de la sexualidad, desde la heterosexualidad a la transexualidad.  Pero sería   de una gran ingenuidad esperar que todos los sujetos, y menos si no se han psicoanalizado, acepten alegremente este no hay relación sexual y la disparidad de goces plurales y bizarros que cada uno pueda adoptar, para apañárselas a su manera con esta falta de referentes naturales y simbólicos. Constituyéndose  en  pequeñas comunidades, las llamadas “minorías sexuales”, los  colectivos LGTB  han encontrado  una manera de sustraerse al odio y a la presión que ejercen contra ellos  los que , desde una lógica del para todos, apelan a lo que sería la forma “normal” de gozar, la unión del hombre y la mujer para traer hijos a este mundo. ¿Pero es seguro que tratar de definir el ser de cada uno bajo la forma de la pertenencia a otras colectividades de género alternativas sea una solución válida para ahogar las preguntas y los malestares  que cada uno tiene en su peculiar modo de vivir el cuerpo, la sexualidad  o el amor? Si algo puede derivarse de la experiencia analítica es que cada uno en el fondo es “una minoría sexual”,  que  no existe un para todos, sino que en realidad  todos somos un caso único. Si entendemos el totalitarismo como la hiper-valoración de una lógica del para todos que excluye la singularidad del sujeto, habría que decir que una de las cosas que el psicoanálisis puede aportar frente toda tentación totalitaria, clásica o hiper-moderna, es el  respeto e incluso el amor por el no-todo.

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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