La Europa del discurso

Christiane Alberti

Lo que no puede durar más

Lo que no puede durar más… Que me sea permitido, por este guiño a
Althusser, poner el acento en la conmoción radical que estamos
viviendo en las democracias occidentales. En Francia, ésta se ha
materializado, particularmente, por el fracaso de los partidos de
gobierno en las últimas elecciones presidenciales. Sin duda, no hemos
apreciado en su justa medida la onda de choque que dicho
acontecimiento ha constituido.
Después del consenso de la postguerra, Europa ha asegurado mucho
tiempo la paz entre Estados que regularmente estaban en guerra, una
cierta estabilidad democrática luego de las experiencias nazis y
fascistas, la construcción de una fuerza política de peso en Europa, y
también en los asuntos del mundo – incluso cuando uno puede
preguntarse si, del otro lado del canal de la Mancha, se concibe del
mismo modo Europa: el reciente Brexit demuestra que nada es menos
seguro.
Todas las instituciones en las cuales se basaban hasta ahora nuestras
sociedades están puestas en tela de juicio. Y las instituciones europeas,
en particular, se han visto quebrantadas: el sufragio universal pierde su
fuerza legitimadora, y lo mismo ocurre con los partidos políticos y los
sindicatos. La confianza en los elegidos no cesa de disminuir. No se
trata solamente de una crisis que atañe al Estado, atañe también a la
justicia, la medicina, al periodismo, la familia; en suma, atañe a todo lo
que constituía nuestra rutina del significado.
En unos cuantos años, el paisaje político europeo se ha conmocionado.
Algunos Estados han desaparecido, otros se han constituido, la URSS
se ha disuelto y hoy día la Unión Europea pierde a uno de sus
miembros. Y estos cambios están lejos de terminar. Algunas
democracias que eran consideradas estables, habiendo vivido la
alternancia política, están gravemente amenazadas. Hungría es un
ejemplo de ello.
Mientras que democracia rimaba, hasta hace poco, con los valores
tradicionales heredados del liberalismo político (separación de los
poderes, independencia de la justicia, libertad de expresión), se ha visto
emerger, en el debate político europeo, el concepto de “democracia
iliberal”. Viktor Orban ha hecho de este concepto la doctrina y la punta
de lanza de lo que ha llamado la “contra-revolución en Europa”, en
septiembre del 2016 con Jaroslaw Kaczynski, en el foro de Krynica en
Polonia. Este ideólogo peligroso ha extraído dicho concepto de la
ciencia política. Fareed Zakaria había publicado, hace unos veinte años,
“The Rise of Illiberal Democracy”1, con la tesis siguiente: después de
1980, luego de la caída del bloque soviético, hubo proliferación de
regímenes llamados democráticos, pero no se trataba de democracias
liberales, con Estado de derecho, separación de los poderes, etc.
Reivindicaban legitimidad solamente por las urnas en detrimento de una
legitimidad de derecho. Así, Orban se apropió de este término para
proponer que hay otras concepciones de la democracia aparte de la
liberal: defiende un Estado iliberal, fundado en la soberanía del pueblo,
que debe primar, según él, por sobre las restricciones constitucionales y
los poderes supranacionales, susceptibles de contrariar la voluntad del
pueblo. Una vez elegido por el pueblo, Orban puede restringir las
libertades cívicas, atentar contra la libertad de la prensa y cuestionar la
separación de los poderes.
La perspectiva es clara: no se trata de una etapa hacia la democracia
liberal, la democracia iliberal es un fin en sí mismo. Y aún hay más:
reivindicando esta otra concepción de la democracia, supuestamente
fundada en la soberanía del pueblo, se afirma claramente la voluntad de
cambiar la Unión Europea y, porqué no, por la vía de una alianza o
internacional populista (¿un grupo en el parlamento europeo?).
Lo que se juega en las próximas elecciones es decisivo. La Unión
Europea puede atacar frontalmente apoyándose en los principios del
Estado de derecho, pero también en los valores tales como el
pluralismo, la tolerancia, la no-discriminación, y decretar como
inadmisible el argumento de Polonia que quiere, contrariamente al plan
de relocalización, una sociedad “étnicamente homogénea”2.
El ejemplo de la democracia en Europa del Este nos muestra que no se
trata solamente para Orban y sus fans de contentarse con una
“revolución de rectificación”, según la expresión de Habermas –
ponerse al nivel de las instituciones democráticas de Europa –, sino que
la ambición claramente declarada es la extensión de la “Europa del
renacer”: la del pueblo por fin amo de su destino. En suma, cambiar
Europa para repatriar los poderes a los gobiernos nacionales.
La regresión de la democracia en Europa central no es un fenómeno
aislado, pensemos en Italia, Austria, en Francia también (recordemos el
contexto en el que Emmanuel Macron fue elegido). El liberalismo
político debe ser defendido, es decir, no limitar Europa al mercado y al
derecho, si se quiere realmente contrariar la tendencia a levantar al
pueblo contra la democracia, retomando el título del ensayo de Yascha
Mounk, The People vs. Democracy 3. El autor ha mostrado claramente,
a través de encuestas con las jóvenes generaciones, el aumento de una
esperanza en favor del régimen de un hombre fuerte, no democrático,
que podría hacer mejor las cosas.
Conocemos sin duda la Europa del mercado, la de la gestión
burocrática igualmente, la del saber experto, pero, si gobernar no es
gestionar, ¿qué sabemos del proyecto político de Europa? ¿Cómo
sostener, contra los populismos de derecha y de izquierda, la necesidad
democrática de una Europa política?

Una experiencia viva: el acto de palabra en política

¿Qué caminos se abren ante nosotros para una Europa a la altura de
sus principios fundadores? ¿Reafirmar sin cesar la Europa del derecho
y del pluralismo democrático? Sin duda, ¿pero además?
Francia ha inventado la democracia representativa, siendo la
representación la condición de la democracia (transforma comunidades
de individuos en igualdad ciudadana). ¿Pero ello significa, por lo tanto,
que la democracia deba limitarse a la representación, o dicho de otro
modo, que se reduzca al hecho que los representantes tomen la
palabra en lugar de los ciudadanos, que el Ser político (los
representantes, la Nación) tiendan a absorber a los ciudadanos como
seres físicos? Desde este punto de vista, la democracia se revela como
estando siempre en “estado de falta” 4, según la feliz expresión de
Dominique Rousseau. Y la representación en su principio de fusión
genera siempre sus revueltas e insurrecciones populares en busca de
democracia.
Así, ¿el populismo no sería “el lado obscuro de la necesidad de
democratizar aún más” nuestra república (nuestra Europa), tal como lo
propone Blandine Kriegel 5 en su crítica del exceso de Estado
administrativo en detrimento de la vida democrática? La protesta, la
explosión de cólera de las masas que invaden las plazas públicas, ¿son
acaso un molesto incidente de recorrido o más bien un síntoma que
habla de la esencia misma de la democracia, siendo la reivindicación
democrática parte del proceso democrático moderno?
Hay que leer, a este respecto, a Cicerón en La república, quién
distingue y opone a las masas (multitudo) y al pueblo (populus), el cual
“no se constituye sino a condición de que su cohesión sea mantenida
por un acuerdo en relación al derecho” 6. En suma, el pueblo se
constituye en y por la estructuración política. Así, la democracia es un
proceso continuo en el que los ciudadanos se constituyen como tales
asociándose, de lejos o de cerca, a la vida política. Y es preciso
subrayar aquí que, a pesar del desafío hacia lo político, uno está ligado
a la idea democrática, comprometido en las escuelas, las
municipalidades, las circunscripciones, las empresas, los colectivos
informales, las redes sociales. Los foros de nuestras Escuelas de
psicoanálisis y más recientemente los foros Zadig son la prueba viva de
este lazo con el espíritu democrático.
Es preciso subrayar, sobre todo, que la democracia, para su realización,
no debe ser una “abstracción matemática sino una experiencia viva del
pueblo” 7. En suma, la democracia es un asunto de acto de palabra,
compromete cuerpos hablantes. La vida democrática se realiza a través
de la conversación continua. Puede ser invención o reinvención
permanente. En Radicalizar la democracia, D. Rousseau, quién milita a
favor de la “democracia continua” para una refundación de las
instituciones europeas, acentúa la dimensión del ciudadano como
parlêtre. Observa especialmente que la revolución de 1789 consagró la
separación del cuerpo del Rey y el de la Nación, pero que una vez este
paso realizado, la representación, en su principio, debe mantener una
brecha entre el cuerpo de los representantes y el de los representados.
La vida democrática depende de la articulación de estos dos espacios
institucionales. Dicha brecha se afirma ya desde las primeras palabras
de la Declaración de 1789: “La Declaración de los derechos del hombre
y del ciudadano reconoce la existencia del cuerpo de los ciudadanos, su
imposible absorción por y en el cuerpo de los representantes y la
necesidad para el primero de beneficiar de autonomía”. El cuerpo de los
ciudadanos existe independientemente del cuerpo de los
representantes, y se define por un conjunto de derechos, entre los
cuales figura la libre comunicación del pensamiento y la opinión,
calificada como el “derecho más precioso del hombre” 8. ¿Qué lugares
y lazos permitirán dicha brecha? No basta con asegurar una condición
de ser – ser ciudadano –, se debe alcanzar una manera de existencia –
existir en tanto ciudadano –, si “existir, no es ser, sino depender del
Otro” 9.

Efecto de discurso, efecto de rechazo

Los recursos del discurso, tal como Lacan ha forjado su estructura,
constituyen una brújula sin igual para el psicoanálisis y los
psicoanalistas. En 1967, al mismo tiempo que señala “el
cuestionamiento de todas las estructuras sociales por el progreso de la
ciencia” 10. Lacan construye su categoría de discurso en tanto lazo
social. El discurso estructura, organiza, instituye este afán europeo de
hacer convivir pueblos con historias diferentes.
Pero tiene otro efecto, el cual es revelado hoy en día con agudeza por
las turbulencias de la actualidad. Como nunca antes, la estructura del
discurso se manifiesta con lo que conlleva como efecto esencial: este
efecto es efecto de rechazo, nos dice Lacan. Lo llama objeto a: “este
objeto a designa precisamente lo que, de los efectos de discurso, se
presenta como el más opaco, desconocido desde hace mucho, y sin
embargo esencial. Se trata del efecto de discurso que es efecto de
rechazo” 11.
Más allá del amor o del odio hacia Europa, ¿cómo acoger, interpretar,
darle un lugar al efecto de rechazo inherente al discurso que preside la
vida de Europa? En tanto lugar de desecho en el discurso analítico,
¿los psicoanalistas sabrán arreglárselas mejor con este efecto de
rechazo?

*Psicoanalista de la AMP (ECF)

Traducción de Alejandro Olivos

Publicado en:

 http://www.wapol.org/es/global/Lacan-Quotidien/LQ-819-BAT.pdf

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

1. Cf. Zakaria F., « The Rise of Illiberal Democracy », Foreign affairs, n o
76, novembre/décembre 1997.
2. Cf. l’article 2 du Traité sur l’Union européenne.
3. Mounk Y., The People vs. Democracy. Why Our Freedom Is in Danger
and How to Save It, Harvard university press, 2018, trad. Le Peuple
contre la démocratie, éd. de l’Observatoire, 2018.
4. Rousseau D., Radicaliser la démocratie. Propositions pour une
refondation, Seuil, 2015.
5. Cf. Kriegel B., « L’état de droit à l’épreuve de la mondialisation »,
Mental, n° 37, p. 119-141.
6. Cicéron, La République, Paris, Gallimard, 1994, p. 45.
7. Pour reprendre le mot de Trotsky tel que rapporté par John Dewey,
Trotsky n’est pas coupable. Contre-interrogatoire (1937), Syllepse,
2018, p. 438.
8. Rousseau D., Radicaliser la démocratie, op. cit., p. 49.
9. Lacan J., Le Séminaire, livre XIX, … ou pire, Seuil, 2011, p. 105.
10. Lacan J., Discours de clôture des journées d’études sur les
psychoses 21-22 octobre 1967, Recherches, décembre 1968.
11. Lacan J., Le Séminaire, livre XVII, L’envers de la psychanalyse,
Seuil, 1991, p. 47.

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