Europa y sus Unos (sin H)

 

Enric Berenguer*

 

Las invasiones bárbaras son el estereotipo de la caída del Imperio Romano, extrapolado a una Europa invadida desde el Sur. Rafael pintó el encuentro ficticio entre Atila y el papa Leon, como si la autoridad de la Iglesia lo hubiera detenido a las puertas de Roma. Nunca fue más allá de Verona y aspiraba a aumentar su ascendencia sobre el debilitado Imperio. Que se conceda a la religión la fuerza que había perdido el Imperio, resuena ahora, cuando gana peso en la internacional que impone su discurso contra el proyecto Europeo.

El Imperio murió él solo, de desafección y tensiones separatistas. Poderes locales se aliaron con funcionarios imperiales. Los bárbaros sustituyeron, dentro del imperio, su autoridad, traicionada por quienes aspiraban a modos de satisfacción nuevos y prestigios locales. Ellos mismos reinventarían el Imperio, ávidos de legitimidad y trascendencia. Tras siglos de reivindicar su “barbaridad”, frente a su Otro romano, abandonaron su rasgo distintivo del arrianismo y abrazaron la fe universal… ¡Y empezaron a llamar “bárbaros” a los violentos del origen que fuese!

Caricatura de la reviviscencia de los nacionalismos europeos, es J.-M. Le Pen, en 2002 se proponía como “campeón del pueblo de Francia, nacido con el bautismo de Clovis, en 496, que ha mantenido esta llama inextinguible […] alma de un pueblo durante pronto 1500 años”.

Frente a soberanías que apelan a distinciones étnicas de una Edad Media inventada, el continente siempre estuvo atravesado por migraciones y en mutación. Los inseparables Bárbaro/Romano nunca coincidieron con fronteras: estaban dentro o en posición de exterioridad calculada y éxtima. Esos significantes amo expresaban distinciones de clase (y/o de órdenes distintos en la tripartición indoeuropea analizada por Dumezil).

La globalización perturba espacios discursivos y distribuciones de los Unos y sus Otros. Las unidades históricas “naturales” o “históricas” ocultan la complejidad de la sociedad y el “exit” desencadena fisiones internas. Hace poco, los términos de clase predominaban. Hoy las líneas de desagregación son imprevisibles e inestables. Restos de identidades nacionales, sectores sociales con una consistencia imprevista, divisiones de género, grupos creados a partir de significantes arrojados a la “redesfera”, cuyo poder de arrastre viene de la rabia movilizada. No se trata de la ex-Yugoslavia, eran tiempos en los que el Otro existía más. Pero las “soluciones exit” conducen a sociedades binariamente divididas, presagiando problemas si el proyecto culmina.

¿Odio? En España hay desamor por un significante antes idealizado. Europa empezaba en los Pirineos. El acceso a la UE fue factor de cohesión y su debilidad aumenta tensiones centrífugas.

La impasividad de la Troika en 2008 fue decisiva. Se creía que la UE se salvaría del tsunami de Wall Street. El mito del superestado protector cayó. Algunos movimientos actuales se originaron entonces.

No hay retorno: el Uno ya no es lo que era. La historia es engañosa si pesa en el debate político. El goce perdido (doloroso si el plus de gozar está en cenit) se busca en un pasado convertido en futuro alucinado.

Los movimientos de rabia e indignación son manifestaciones del malestar en la cultura, ligados a la perturbación en el universal que son la globalización y la referencia niveladora a la ciencia. Frente a esto, la burocracia europea, con sus déficits democráticos, está perdida. Su insistencia en aliarse con las peores versiones de la “ciencia” al servicio de poderes oligárquicos es un síntoma grave.

¿Qué hace Europa para hacerse amar en la época de los Unos solos y del Otro que no existe?

Si sobrevive, será política, el mercado no cohesiona una sociedad – ficción ordoliberal alemana presente en el origen de la UE. Respétense todas las formas de malestar, sin seguir sus dictados. Ningún síntoma debe ser despreciado, aunque revista las formas menos agradables. Todas las protestas, incluso antieuropeas, deben ser leídas. Son manifestaciones de goces que se resisten a la asimilación en un falso universal.

Roma vivió de su capacidad para asimilar diferencias. Al universal caído del imperio se sustituyó el de la religión. Pero la burocracia y la “ciencia” son en realidad aliados de la máquina volatilizadora del capital. Su fuego frío no apaga incendios: los alimenta.

No hay solución en la historia para los problemas con los que se enfrenta –y al mismo tiempo suscita– el nuevo sujeto político de nuestra época.

Europa, siempre desgarrada, es nuestro síntoma. Para saber hacer con ella, mejor amarla al menos un poco. Hagamos como los bárbaros y ¡dejémonos de barbaridades!

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog. ( La invasión de los bárbaros o La entrada de los Hunos en Roma. Ulpiano Checa)

Anuncios