Los amantes de Europa

Antoni Vicens*

 

 

Si fuera mínimamente cierto que el hombre del que hablaré inspiró el carácter de Victor Laszlo en la película Casablanca, eso añadiría sólo un matiz aventurero a quien quiso tener a Europa entre sus brazos. Cuando en 1946 Winston Churchill pronunció su discurso en Zurich —“Let Europe arise!”— se refirió al antecedente de la Unión PanEuropea “que tanto debe al Conde Coudenhove-Kalergi”.

En efecto, a partir de los años ’20 este “noble cosmopolita” (como lo calificó Thomas Mann) dedicó su vida a impulsar un movimiento al que llamó Paneuropa, sobre el cual llamó la atención de una buena parte de los políticos de la época. Su fin era construir una federación de Estados europeos, que pudiera competir con las otras grandes potencias mundiales, que según él eran el Imperio Ruso, el Imperio Británico, Panamérica y la República China. Su proyecto culminó en la intervención de Aristide Briand —jefe del gobierno francés— ante la Sociedad de Naciones en 1929. Si Coudenhove-Kalergi era un idealista que consideraba que la ideología política era una transformación moderna del espíritu religioso, Briand adivinaba que el futuro pasaría por el control económico del poder. Así presentó el proyecto de “alguna clase de vínculo federal” poniendo la dimensión económica como básica. La propuesta se decidió en una reunión celebrada en Madrid entre Briand y Gustav Stresemann, el canciller alemán. Ambos habían recibido el Premio Nobel de la paz tres años antes, por sus esfuerzos para resolver la crisis política que dejó la Gran Guerra. Pero a la Sociedad de Naciones no le entusiasmó la idea; fue creada una Comisión; pero ya era tarde: la crisis económica mundial y el ascenso del fascismo y el nazismo ocupó el escenario europeo.

Coudenhove-Kalergi no actuaba como político, sino más bien como impulsor y abogado de una idea que Hitler había de considerar repugnante a la vez que consideraba a su defensor como un “bastardo”.

Hijo de un diplomático del Imperio Austro-Húngaro, el conde Richard Nicolas Coudenhove-Kalergi era un filósofo. Partía de la idea de que Europa no tenía aún definición, ni casi frontera. ¿La Gran Bretaña pertenecía o no a Europa? ¿Dónde fijar la frontera oriental? De otro lado, obviaba el hecho de que la fuerza económica de los Estados europeos provenía de sus colonias. Alemania había perdido las suyas; de ahí el esfuerzo hitleriano por conquistarse un Lebensraum. A España le quedaban poco más que el raquítico protectorado del Rif. La idea de Paneuropa era aristocrática, impracticable y elitista. Era, como dijo Churchill, “errónea pero verdadera”. Su pacifismo tenía raíces budistas, por la vía de su madre, japonesa descendiente de samuráis. No parecía tener claro que el europeísmo como superación de los nacionalismos se haría al precio de crear una nueva nacionalidad, la europea, enfrentada a las otras. Su idea de frontera era topológicamente plana: si “la Unión Paneuropea se abstiene de toda injerencia en los asuntos de política interior”, ¿qué harán los Estados con los extranjeros éxtimos?

Dicho ésto: ¿por qué Sigmund Freud, en 1931, “fue uno de los que propusieron a Coudenhove-Kalergi para el Premio Nobel de la Paz”? Ernest Jones remite la explicación a la consideración que Freud tuvo por el libro de Heinrich Coudenhove, padre de Richard, titulado La esencia del antisemitismo, de 1901. Al parecer, lo consideraba uno de los mejores libros publicados sobre el tema. De él dice la Jewish Enciclopedia que su autor mostraba un gran conocimiento sobre el tema. Consideraba el sionismo como el resultado y el remedio al antisemitismo, y hacía la predicción de que las tres religiones del libro acabarían combinándose en una sola. Quizá interesó a Freud saber que ese hombre había sido antisemita en su juventud, que ello le llevó a estudiar el fenómeno, de lo que resultó su paso al punto de vista contrario y a la crítica de las teorías raciales que empezaban a circular por Europa. No excluía al propio judaísmo de haber causado el odio fanático con su propia intolerancia, cuyo origen se remontaría al escriba Esdras, quien al retorno del exilio en Babilonia habría instaurado la obligación para los judíos de observar la Torá y de evitar los matrimonios mixtos.

El archivo Freud de la Biblioteca del Congreso conserva tres cartas de Richard Coudenhove-Kalergi a Freud. Parece que en 1925 pidió a Freud por dos veces que se pronunciara en favor de la Unión Paneuropea. Jones da por sentado que Freud le autorizó a ello. En la tercera carta, de 1931, agradece a Freud que hubiera dado soporte a su candidatura al Premio Nobel de la Paz. Nunca lo consiguió, a pesar de que fue nominado por amigos suyos en 21 de sus ediciones, hasta 1967. Sí que recibió, en cambio, en su primera edición de 1950, el Premio Carlomagno, dedicado a quienes contribuyen a la idea de Europa y de la paz de Europa.

Su amor por Europa se consumió en una obra orientada, pero que se quedó a las puertas de los lugares donde se toman las grandes decisiones políticas y, sobre todo, económicas. De su idealismo histérico nos queda la elección del “Himno a la alegría” de la novena sinfonía de Beethoven como himno de Europa.

Europa tuvo sus amantes; pero sus padres serían, en la postguerra, hombres como Alcide de Gasperi, Robert Schuman, Jean Monnet o Konrad Adenauer. Parece que podemos atribuir a la Europa de los ’30 la pregunta de Ilsa entre los brazos de Rick mientras la Wehrmacht entraba en París: “¿Son cañonazos, o los latidos de mi corazón?”

 

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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