El rapto de Europa

Vilma Coccoz*

 

Ella proviene del mito. Tiene pues un origen noble y poético. Su nombre ha sido vinculado a veces a la más sabia, Atenea. Raptada por Zeus encarnado en un toro blanco y prendado de sus encantos, subió a su grupa sin ofrecer resistencia al erótico arrobo que Rubens, Tiziano, Veronese y tantos otros, supieron añadir a los ojos hueros del bovino en la promesa del próximo deleite. Quizás se dejó llevar porque ansiaba marcharse de su Fenicia natal y conocer otros mundos, hechizada por los relatos sobre las tierras del  Mediterráneo que sus compatriotas marinos esparcían despertando la imaginación y los sueños de las muchachas. El toro-Zeus la llevó a Creta, y la hizo reina.

Y así atravesó los tiempos, como el lugar donde germinaría el alfabeto que Cadmo, su hermano, ofreció a los seres de palabra para servirse y nombrar el mundo y la política, cultivando el misterioso poder de las letras, que resisten orgullosas a la aniquilación del tiempo y a la traducción definitiva en otras lenguas de los tesoros de aquélla, que algunos consideran muerta.

Su nombre fue amado por muchos mujeres y hombres como Stefan Sweig, evocado por Marco Focchi en su presentación del Foro. Amor de transferencia a Europa: amor a una idea, unida a la representación mítica de una conquista libidinal, a un ente de saber, hecha del humus de las diversas lenguas habladas en las distintas comunidades cuya visita no requería documentos, sólo el deseo transmitido como docta ignorancia y vinculado para siempre a su socrático enunciado, el de pertenecer a una cadena de generaciones que lo aviva y lo convierte siempre en Otra Cosa. Y en cuyo latido intemporal Lacan supo descifrar el valor agalmático del psicoanálisis.

Quizás Goya, el pintor que pudo anticipar los monstruos que engendra la razón científica asolando las mentes con su imperativo, se sublevó a la tradición y pintó, al toro, de negro, sumiéndose ciego en la penumbra, en la niebla que oscurecía borrando el litoral donde se figuraba lo extraño y desconocido. El toro se sumerge en la bruma; ella mira hacia atrás, resignada a la captura.

Poco más de un siglo después El rapto de Europa de Max Aub (drama real en tres actos) era un siniestro “rapto de locura”, en el ensordecedor dominio de las ideas nazis, misterioso “afán de ponerse en las manos de los otros, prurito de obedecer, de agachar las orejas, (…) de atropellar y negar la propia voluntad”  que se había adueñado de una Europa desgarrada por el odio. Situada la obra en Marsella durante la ocupación retrata la clandestinidad resistente, el amargo exilio de los cultivados amantes de la Europa del saber, y su desesperada búsqueda de un lugar de abrigo en otra orilla; “En eso se han convertido los hombres: pasaportes, sellos, huellas dactilares”[1]

También era la tierra hostil donde deambulaban los republicanos españoles, hacinados en campos de refugiados; un problema incómodo para los Comités de ayuda americanos, reacios a comprometerse con los rojos.  Pocos años más tarde esa política desataría la caza de brujas en EEUU, ahogando cualquier disidencia.

Pero entonces ¿a qué nos referimos cuando hablamos de amor u odio por Europa?  El psicoanálisis nos ha enseñado a precisar en ambos su relación con el saber y muy precisamente, a raíz de la experiencia de transferencia y los sentimientos que suscita hasta haber sido analizada, a falta de lo cual los resultados del análisis son efectos de la sugestión según pudo constatarlo Freud. El par sentimental revelaba una disimetría: el amor se dirige al saber, el odio al ser. Sin embargo, Lacan hablará en Aún del odio como un sentimiento lúcido, y Miller lo ha desgranado[2] a partir de la estructura paranoica del yo -y por ende de su impronta en el conocimiento humano y en los lazos sociales-  Gracias a la paranoia los seres hablantes no somos amebas,  al instituir el yo y el mundo en base a lo otro, pasionalmente rechazado. También en su fuero íntimo, dando forma a los enigmas del autocastigo.

¡Sin embargo… “Ah! ¡No Hannah, el mal no es banal! El mal es extraordinario, se adueña súbitamente de un Eichmann como del “rey secreto” (…) Juzgar el mal por sus instrumentos sería juzgar la Iglesia por los sacerdotes, el psicoanálisis por los psicoanalistas. Es entregarse a no comprender. (…) Los significantes, los discursos, las Ideas existen. Ellas actúan, entran en lo real…”[3]

En los años 30, mientras el siniestro rapto arrasaba Europa Lacan afianzaba su estudio de Hegel y el devenir del logos en la historia europea a la vez que profundizaba en el carácter ineliminable de la pulsión de muerte.  Salió de su silencio en 1948: “en una época donde todo el mundo estaba aterrorizado (…) la cuestión de la agresividad era de una gran actualidad en Francia, y para resolverlo, Lacan propuso el estadio del espejo.”

En 1955 habló en Viena: “Campanada del odio y tumulto de la discordia, soplo pánico de la guerra, sobre esos latidos nos llegó la voz de Freud, mientras veíamos pasar la diáspora de los que eran sus portadores y en los que no por azar ponía su mira la persecución.”[4] El odio al saber freudiano se encarnizaba con sus mensajeros, muchos de los cuales consiguieron llegar a la otra orilla abrazando después el “anhistorismo de cultura propio de los EEUU”, olvidando la lengua de Cadmo-Freud donde germinaba el genuino amor de transferencia.

Otro rapto de Europa se fue fraguando en el Imperio hasta tomar la forma del algoritmo, razón del odio a la diferencia, a los seres extraños y distintos amparado en un discurso mortífero que rechaza la atractiva encarnación del saber inconsciente hasta ahogarla en la bruma de las evidencias, la rentabilidad y el confort de las consignas.

¿Asistiremos a su rapto definitivo? ¿O tendremos ocasión de ver resurgir su reinado en las islas del Egeo, adonde llegan actualmente los náufragos que aún sueñan con entregarse a amorosos raptos en las lenguas europeas como las lenguas de la libertad?

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (El rapto de Europa de Valentin Serov)

 

[1] Max Aub. El rapto de Europa o siempre se puede hacer algo.  Fondo de Cultura Económica, Fundación Max Aub. Cátedra del Exilio. Madrid 2008. Pág. 88

[2] Seminario sobre La transferencia negativa. Editorial Tres haches. Buenos Aires. 2000

[3] Jacques-Alain Miller, Le Neveu de Lacan, Verdier. París 2003. pag. 212

[4] J.Lacan, La Cosa Freudiana o la razón a partir de Freud. En Obras Escogidas. RBA Barcelona 2005. P. 385

 

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