Lo políticamente incorrecto

 

Luis-Salvador López Herrero*

Escrito esto mientras se está celebrando la jornada conmemorativa de la Constitución y mi mente se deja llevar por el retorno de los recuerdos. Mientras el pensamiento trata de capturar alguno de los episodios que marcaron aquella época, la televisión sigue especulando acerca de lo acaecido en las recientes elecciones andaluzas, a la vez que ensalza el papel de los promotores de nuestra Constitución, en un verdadero día festivo. Es evidente que todos están alborotados por el descalabro de los socialistas, la pérdida de votos de los populares, el parón de la izquierda más radical o el inesperado ascenso de los nostálgicos del viejo orden, sin embargo, nadie aborda con suficiente esmero al verdadero triunfador de estas últimas elecciones, ni la causa de su triunfo.

Como ya sabrán por los medios informativos casi la mitad de la población andaluza decidió no acudir a las urnas, incumpliendo así, no sólo con el derecho que otorga cualquier democracia, sino también con el deber que todo demócrata espera de sus conciudadanos en la elección de los representantes del pueblo.

¿Por qué después de tanta lucha social por conseguir el sufragio universal, una gran parte de la población decide incumplir con este acto, que autentifica y da sentido a cualquier sistema democrático? Es evidente que las causas son variadas y que se despliegan, desde la indiferencia o la imposibilidad para ejercer el voto por cuestiones personales, a pesar de las múltiples ofertas que permiten la elección por otros medios, hasta el posicionamiento más activo o cuestionador del propio sistema erigido tras la muerte de Franco. De ese modo la abstención se ha convertido en el verdadero protagonista, en el triunfador de las últimas elecciones y también en el catalizador de sus inesperados resultados —precisamente, por ese sesgo perverso que ejerce la proporción y la matemática estadística—, dejando una vez más en evidencia tanto la falta de predicción como el poco interés que siente el ciudadano por las elecciones autonómicas, pero también por otras consultas, como las europeas.

Ahora bien, adentrándonos en la especulación acerca de los motivos que estimulan esta escasa participación ciudadana, y dejando fuera, de nuestra reflexión, la falta de interés —bien por ocio, expectativas de entretenimiento o vagancia ideológica—, lo cierto es que son muchos los ciudadanos que no están de acuerdo con el funcionamiento del sistema electoral de partidos, ni tampoco con la elección de listas cerradas, aunque este discurso crítico no encuentre ningún cauce de reflexión en el ámbito de nuestra comunidad. Y si no qué pregunten a los jóvenes, puesto que son ellos, los más incumplidores, pero también los más decididos promotores, de cualquier transformación, aunque luego, como ya conocemos a través de nuestra transición, pasada la fiesta de poesía, amor, drogas y rock and roll, no se cuente demasiado con ellos, o lo que es peor, se los rechace porque estorban para el «buen hacer» de la política que conviene.

En la época en que se fraguó nuestra democracia constitucional, los jóvenes ácratas invitaban a no participar en las elecciones o consultas, porque decían que estaban amañadas de antemano y que no había que dejarse engañar por el amo. Su lema era así: «No votar», para seguir manteniendo la ilusión más utópica, esto es, aquel espejismo que no deseaba confrontarse con los hechos. Pero no hace falta ser ácrata de izquierdas para entender ahora que esta simple fluctuación de partidos en el poder, con el fin de maquillar los grandes problemas sociales que asolan en el siglo XXI, exige algo más que una alternancia de papeles desde la oposición al escenario de gobierno; y tal vez algo de esto está presente en este predominio de renuncia a las urnas. Porque en este caso no se trata del voto en blanco, que permite pensar que el sujeto está de acuerdo con el sistema electoral pero no con sus representantes o propuestas, sino de otra cosa. Mientras el voto nulo es un puro lapsus, la papeleta en blanco autentifica el sistema, aunque discrepe con su contenido o forma en que se presenta, y por eso el sujeto se mantiene como un ciudadano activo, «políticamente correcto» y acorde con el sistema. Sin embargo, la abstención atenta contra el propio juego electoral y su modelo de participación y de elección, porque no está en sintonía con la forma, ni tampoco con el contenido, generando así, con esa actitud rebelde pero con causa, «lo políticamente incorrecto», en tanto que, con su determinación a no participar, se muestra contrario hacia todo aquello que el discurso oficial promueve, bien en el pensamiento o el acto. Y si no escuchen como todos los partidos invitan a los ciudadanos a ejercer su derecho a votar en el día de las elecciones. Porque, precisamente, está en juego, en esa elección interesada, la colaboración que el sistema demanda a fin de garantizar su gestión y representación.

Pero la abstención activa que ejercen algunos ciudadanos puede ser algo más que una simple dejación de funciones, derechos o deberes, y es esto lo que los partidos deben de evaluar para no llevarse las manos a la cabeza por lo sorpresivo de los resultados. La abstención sería así, un termómetro social de compromiso político, un síntoma del malestar en la cultura democrática, precisamente, quizá, por no ser todo lo democrática y participativa que debería de ser y que un ciudadano formado exige. En este punto «lo políticamente incorrecto», que supondría no ejercer el derecho a votar, sería el modo de mantener abierta la pregunta por el devenir de la democracia antes de que ésta pudiera cerrarse. No olvidemos que el sistema político actual no culmina ningún fin de la historia, ni tampoco cualquier otra promesa infundada de totalidad, sino que es, simplemente, un apeadero provisional, el cobijo menos malo en este camino incierto e inestable, en construcción continua, que supone la convivencia humana y su voluntad de que sea en paz.

Todo este análisis nos abre la puerta a cierta reflexión acerca del futuro de nuestro modelo de partidos con un líder y multitud de personajes anónimos, que se insertan en el grupo con el afán de «hacer política», porque la problemática social y la abstención lo requieren. El asunto, y es tal vez lo que los ciudadanos reflexivos contestan con su abstención, es: «Sí, vale, hacer política, pero para quién y para qué». Y, en este punto, con el valor que otorga la experiencia de haber vivido tantas consultas populares, movimientos sociales y propuestas de cambio, el ciudadano, quizá, toma conciencia de la proposición de nuestros antiguos ácratas y decide no acudir a las urnas, sabiendo que aun siendo su acto «políticamente incorrecto» para cualquier demócrata constitucional, es un gesto meditado, una llamada de atención, en el espesor de este confuso malestar democrático.

Ahora bien, no se olviden que «lo políticamente incorrecto» es, como siempre ha sucedido a lo largo de la historia en todas sus facetas, el verdadero motor de cualquier transformación social, artística o científica, auténtica.

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog

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