El avance de la ultraderecha o la guerra de los mundos. Por una política del síntoma

 

 

Margarita Álvarez Villanueva*

 

Es preocupante el resultado de las elecciones andaluzas de ayer con la obtención de doce escaños del Parlamento por parte de Vox, un partido de ultraderecha. 

Pero, ¿por qué estos resultados nos sorprenden cuando hace ya algunos años que vemos cómo en nuestras ciudades una parte del voto tradicional a los partidos de izquierda se desplaza, de manera paulatina pero clara, hacia los partidos de centro derecha, de derecha extrema o de extrema derecha (para no ponerlo todo en el mismo saco), cuando vemos que la “oscuridad” crece, avanza, se acerca?

Hace tiempo que asistimos, en general, a la polarización extrema y creciente del mundo, sin diálogo ni pacto posible entre ambas partes, no solo allí -en otros lugares-, sino aquí, en Europa, y ahora también en España, entre nosotros. Esta polarización tiende a dividir, al parecer sin remedio, entre “nos” y “otros”. ¿Será que seguimos viviendo con la nostalgia de los ideales de Novecento y no nos hemos dado cuenta de que hemos entrado poco a poco en La guerra de los mundos?

Los populismos de rostros más feroces y descarnados se van instalando, a ritmos distintos, en nuestros países, a un lado y otro de ultramar, en un hemisferio y otro, en una u otra región del planeta. Son votados por un número cada vez mayor de personas, no solo por aquellas que podemos definir como canallas -sería más fácil de pensar si así fuera- sino por aquellos en los que la falta de perspectivas de futuro lleva a posiciones extremas, también en lo moral. Pues, ¿por qué se habrían de ocupar de mantener el orden de un mundo que no se ocupa de ellas -podrían pensar-, de unos ideales que les segregan, que les da el no-lugar del resto caído del sistema, fuera de toda decisión y de todo discurso? Ahora es su oportunidad -podrían decir-, su momento.

¿Se puede pensar este voto como un intento de querer volver a contar, de ser escuchados, de entrar en el discurso? ¿O habría que pensarlo como un intento de llevarse  por delante todo lo que queda del sistema que les ha arrojado fuera según la lógica aplastante de “caída de los ideales, triunfo de la pulsión”? 

Es en cierto modo entendible que los desheredados, o casi desheredados, del sistema, o los que se sienten desterrados de toda idea de un futuro digno, quieran escuchar otras promesas, aparentemente más consistentes, que quieran restaurar la existencia de un Otro de la garantía, que necesiten creer que alguien puede hacer algo contra un sistema cuyas consecuencias sufren de manera drástica en carne propia, que no quieran esperar más tiempo, que no sientan que lo tienen. 

¿Tienen que resignarse a quedar excluidos del sistema, y, además, defender los valores humanistas de este último, cuando están recibiendo un trato inhumano en el presente? Y, ¿se les puede pedir que respalden otras maneras de hacer cuando algunos de los encargados de pedir su voto están diezmados por la corrupción, cuando los propios partidos generalistas parecen más ocupados en conseguir votos para asumir el poder que en gobernar?

¿No podemos reconocer una aspiración hasta cierto punto entendible desde una lógica común, aunque no sea aceptable, en el hecho de que algunos quieran que vuelva la ley del talión, que se institucionalicen los scratches o los ajustes de cuentas, que alguien garantice la seguridad al precio que sea, si no lo hace el Estado que lo haga el Pueblo… Y que la vida se vuelva más simple, que la podamos entender, que sea la vida verdadera, la de antes, la de las cosas claras, donde “al pan, pan, y al vino, vino”, ¿en un mundo cada vez más complejo y que se nos escapa más y más de las manos?

Pero, ¿no podemos pensar que quizás haya asimismo un intento de recuperar el sentimiento legítimo de dignidad, en esa apuesta por aquellos que, supuestamente, se dirigen a ellos prometiéndoles garantías, que supuestamente también les da un lugar en su discurso, y que aún no les han demostrado que no lo hacen ni lo van a hacer?

La cuestión sería más bien por qué en estos momentos de oscuridad no somos todos populistas, por qué algunos decidimos  sostener un plano distinto de la civilización más incierto y complejo sin consagrarnos a retornar a un discurso del amo más simple y más feroz. ¿Es porque somos débiles, idealistas aún, porque no estamos en la realidad, porque aún podemos esperar tiempos mejores…? ¿O será porque nos sentimos deudores de la civilización, que nos ha educado, tejidos con ella y de ella, y la queremos preservar, aunque queramos cambios? Y, también, porque estamos advertidos de que la civilización no es solo un dique a la barbarie sino que cada una gesta su propia barbarie, por lo que si rebajamos ciertos pactos de civilización duramente conseguidos a lo largo de los siglos, empeoraremos también los modos de la barbarie arriesgándonos a un retorno de lo peor y a lo peor, como ya vemos en algunos “avances”. 

Quizás no se pueda conseguir otra cosa por ahora de estos semejantes que en determinado momento alimentan el voto de la ultraderecha, pero hay que esperarla. Como psicoanalistas nunca podemos dejar de convocar al sujeto, de llamarle a su relación con su hiancia constitutiva, de apelar a su ética, de darle su dignidad, de esperar que el individuo esté a su altura. 

Por otro lado, la Historia, con sus historias, nos enseña que las sociedades siempre han avanzado alegre y decididamente hacia lo peor, así que no podemos minimizar la importancia del entusiasmo de los populismos, y tampoco, en ningún caso, dejarnos contagiar por él.  

Una dosis justa de pesimismo ayuda a no caer en las supuestas soluciones felices e inéditas, de las que por poco que queramos saber siempre encontraremos que no son tan nuevas ni tan buenas, sino que hay en el pasado sobrados ejemplos no precisamente brillantes ni felices. 

Así que la prudencia se impone, no para quedar paralizado y no buscar soluciones, sino para no autoengañarnos sobre nuestra división estructural y la función que tiene el entusiasmo pulsional en la estructura.

A diferencia de los demás partidos, el nombre de Vox, el partido citado al principio, no está conformado por unas siglas. Es un término latino cuyo significado es “Voz”. No “discurso”, ni  “palabra”, ni siquiera “la voz del pueblo”, lo cual implicaría desplegar un enunciado mínimo sino, simplemente, “voz”. 

Este partido ha elegido como nombre un objeto pulsional, cuya función, sabemos, es en todos los casos taponar la hiancia estructurante del sujeto del deseo y de la civilización. El psicoanálisis conoce la función de la voz en el imperativo, el uso que han hecho, y hacen, de ella los regímenes totalitarios. Bajo el ideal del “bien del pueblo”, se esconde el “¡goza!” irrestricto del discurso del amo más atroz.

Entonces, respecto a la pregunta sobre por qué no caer en la tentación de “arreglar las cosas de una vez por todas”, por qué no plantarnos y romper la baraja, por qué no dejar de jugar con quien no nos tiene en cuenta votando a los distintas propuestas de los populismos actuales… O sobre por qué no ceder a la tentación del imperativo, haciendo del deseo de cada uno el “bien común”, “lo mejor para todos” … O incluso, en relación a por qué no dejarse arrastrar a la escalada, del “si tú tal… ¡yo más!” … Respecto a estas preguntas, y mucho otras posibles, hay algunas respuestas simples: porque la verdad siempre es una verdad a medias y querer que sea del todo verdadera no es sino entrar en un discurso que mata… al menos el deseo; porque no hay manera de trabajar el lazo con el otro por fuera de él, porque no podemos decidir las cosas sin querer saber nada de sus consecuencias…

Entonces, en tanto psicoanalistas, ¿qué hacer con la guerra de los mundos? Por supuesto, no descuidarla, no mirar para otro lado… No hacer como que no tiene nada que ver con nosotros, como que ella no nos compete. Eso nos compete: apostar por el sujeto es asunto nuestro, incluso cuando este último no apueste por sí mismo -cosa bastante habitual, aunque no siempre tiene consecuencias en lo social.

Analizar lo que está ocurriendo, es asunto nuestro. También lo es

seguir dejarnos trabajar por la pregunta sobre cuál es la función del psicoanálisis, de los psicoanalistas, ante los malestares graves de la civilización actual, cuando la oscuridad se extiende. 

Más allá de cómo se concreta el voto de cada uno como ciudadano, nuestra respuesta en tanto analistas nunca puede ser solidaria ni de “mi” partido, ni de “mi” ideología… ni de ningún “yo” o de ningún “nosotros”, del nosotros de cada uno. 

No se trata de no tomar partido, pero se trata de que este “partido” lo esté realmente, esté lo suficientemente dividido para nosotros, que no caigamos en la fascinación de un ideal como solución, que nuestras intervenciones no apunten a reforzar la polaridad, a profundizar las fracturas o las grietas. Se trata de tomar el partido del síntoma, partido por él. 

Por ello, nuestras intervenciones han de apuntar a asegurar la hiancia del inconsciente para mantener abierta la posibilidad de que sea operativa y puedan inventarse nuevas soluciones en cada lugar.

Hace tiempo que decimos que estamos en una época en que las respuestas a nuestras preguntas no están escritas. No queramos entonces escribirla de una vez por todas, sino que demos a lo que ocurre la dignidad del síntoma, para sobre ese imposible estructural en que se funda, encontrar soluciones posibles.

La movida Zadig, o la política de Foros Europeos de Psicoanálisis, que plantea la Eurofederación de Psicoanálisis, son inventos posibles en los que encontrar un lugar para trabajar, con otros, sobre aquello que nos mueve y nos conmueve de los imposibles actuales y sus malestares. 

Una orientación, un margen, un respiro.

 

Psicoanalista de la AMP (ELP).

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

 

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