Entremeses de una época oscura

 

Ana Lía Gana*

 

En el prólogo del libro “Entremeses de una época oscura”, obra teatral escrita por J.M. Naredo y O. Colis, sus autores dicen: “Se entiende por entremeses piezas sueltas de teatro de un solo acto, cortas, jocosas, que solían representarse en los entreactos. Los entremeses tomaron cuerpo en el arte de la comedia como respuesta crítica, ágil y comprometida al crudo panorama que abría la grave crisis económica, social e institucional vivida en la España monárquica-señorial de las dos primeras décadas del S. XVII”.

Y si bien los entremeses nacen allí, estos “Entremeses de una época oscura” son una crítica, una caricatura de la crisis actual. Hay un cambio de época. Este cambio queda reflejado si contraponemos el pensamiento que surge en la obra “El Contra uno”, de Étienne de La Boétie, con lo que se presenta hoy en día como dominante. La Boétie tenía la idea de que el hombre estaba dominado, sujetado, y que consintiera a ello es lo que expresa con el término “De la servidumbre voluntaria”. Y La Boétie llamaba, a ese hombre, de cierta manera, a la insurrección, a la revuelta. En su tiempo, el opresor, el dominante, el amo, lo designaba como el Uno: Porque esa dominación se encarnaba en la figura del monarca. Pero ya no estamos en la era de la monarquía, y la dominación se encarna hoy en un Discurso más que en un Uno. Y lo que se presenta bajo los aspectos polémicos, en la noción de discurso dominante sería el de la cuantificación.

El discurso ordena una forma de lazo social y es una manera de tratar el goce. Y en este discurso del amo se hacen presentes aquellos imperativos que comandan nuestra sociedad, bajo la forma de: Big Data, Big Pharma y Big Money, y esto no es sin consecuencias para los sujetos: un empuje superyoico, una voz que ordena gozar. La voz que pide sometimiento.

Con el Big Data tenemos una sociedad de control generalizado. Existe una dialéctica que articula el mundo del espectáculo, todo se da a ver a todos mirados, todos observados en la política de control, ya no sólo de las cosas sino de los cuerpos. Una sociedad de la videovigilancia, como nos dice Gerard Wajman en El ojo absoluto. Y la tesis fuerte que se desprende de esto es que el ojo universal genera la existencia de un Otro supuesto ver. La suposición de que nosotros somos mirados acrecienta el poder tecnológico de la visión de las cámaras y engorda al superyó. El mundo es omnivoyeur, nos dice Lacan pero ha advenido también exhibicionista, es decir se da a ver, excita la mirada, lanza el anzuelo al agujero del objeto escópico.

Ahora bien, el Big Pharma, es la medicalización de la vida cotidiana. Detrás de la cual se asienta la poderosa industria farmacéutica, siendo la tercera después de las armas y la droga en producir riqueza. En un funcionamiento ciego fabrica medicamentos y luego enfermedades, es lo que pasa con la hiperactividad de los niños. Hay un discurso que impera y se extiende por las aulas: todos medicados. Y resulta que el señor que se inventó esta enfermedad, antes de su fallecimiento confesó que es una invención sin fundamentos. Así, a los niños inquietos se los etiqueta, se los nomina y se los medica. El discurso dominante se ha infiltrado en la sociedad, en los maestros, en los padres. Todos al servicio del consumo. Como si fuesen accionistas de las multinacionales; son las servidumbres voluntarias las que hacen propagar esta ideología de la medicalización como una peste. Y es que Big Pharma no es sin Big Money, y necesita consumidores.

Con Big Money, el discurso que se hace presente aquí es el llamado a los sujetos a transformarse en emprendedores de sí mismo, auto-explotados y esclavizados para servir a la sociedad del rendimiento y del consumo. A la par que el desenfreno del mercado con los avances de la tecnología hace que la mercancía, se presente como una circulación sin fin, lo nuevo remplaza a lo nuevo, adormeciendo a los sujetos y transformando a los ciudadanos en consumidores.

Rubén Darío utiliza la expresión “culto de Mammón” como metáfora del culto al dinero. En su poema A Roosevelt, dice sobre EE.UU.: “Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón”, simbolizando con ello que la fuerza militar de EE.UU. iría de la mano con un afán de riquezas o con la entronización del dinero como un valor moral.

La llamada “crisis” viene durando decenios y no es otra cosa que la normalidad con que funciona el capitalismo de nuestro tiempo. El estado contemporáneo capitalista pretende inaugurar un ser humano de nuevo tipo. Se trata de una perversa manipulación sobre el sujeto, de una violencia sobre su ser, de una mutilación que lo torna funcional a un sistema de intereses mercantiles en tanto sólo retiene del sujeto aquello que le permite conectarlo y enchufarlo permanentemente con aquellas pulsiones que no necesitan pasar por los otros y que confinan con un autoerotismo.

Time is money —la máxima de Benjamin Franklin que ha condensado toda una forma de vida— establece una identidad que se funda en la cuantificación, en la introducción del Uno contable que reina en el mundo de la evaluación financiera. Nada podría escapar al poder del significante amo del dinero en sus efectos de aniquilamiento de todas las significaciones. La contabilidad del tiempo sigue las leyes del imperio de la medida, una cuantificación de la vida que introduce para todo objeto su equivalente general en el dinero. No habría oposición posible a este reino en nombre de supuestos valores espirituales. Tal como observó Jacques-Alain Miller, “el dinero, el equivalente simbólico universal, no es más que una forma, una realización del significante amo contable.”

La cuantificación del tiempo y su equivalente monetario se han convertido así en una forma moderna de sacralización del Uno contable.

El psicoanálisis no acuerda con el Uno contable. En esta perspectiva, el uso del tiempo y del dinero como variables en el dispositivo analítico implica un uso del significante amo que descompleta este todo para hacer aparecer su valor libidinal. Y ello mostrando la imposibilidad real de cualquier equivalencia posible entre estas dos variables.

Asistimos en nuestra sociedad, como se pone de manifiesto en la política imperante, a la alianza de la ciencia, el mercado y la política, como esa manera que vemos de gobierno de la polis, con un entramado de negociaciones entre empresas y políticos que dan cuenta de que las antiguas ficciones simbólicas están pulverizadas, en detrimento de los ideales y la autoridad, y ha surgido el descrédito en los ciudadanos.Hemos visto que este afán de poseer ligado al poder ha agrietado a la política, y en esa grieta ha surgido un significante nuevo. Y esto es lo fecundo de la crisis, ya no como el significante que ordena y pisa como la bota sino en un acto creador. A la par que se ha producido una des-idealización de la política, lo cual no es bueno para los políticos pero si para los gobernados.

La codicia en la política ligada al mercado y en connivencia con la ciencia, que amenazan con reducir el espacio de la subjetividad se debe al discurso capitalista, esa gran maquinaria que circula sin fin, sin pérdida y cuyos efectos devastadores son el de aplastar a los sujetos transformándolos en mercancías o consumidores.

El plus de la operación se la queda el rico, aquel que respondiendo a la lógica del capital re-invierte cada vez, sin pérdida. Esta nueva versión que tenemos del rico es el capitalismo financiero. El rico no paga, compra. El rico, más bien es inanalizable, porque no se encuentra en situación de pagar, de ceder algo que sea significativo: el análisis le resbala por encima como el agua sobre las plumas de un pato. Hay otra clase de rico. El gran ahorrador. Ahorrar, acumular, es sacrificar el deseo, o por lo menos aplazarlo. El cofre de Avaro, es el cofre-goce, el goce helado. El dinero es un significante sin significación, que mata todas las significaciones. Cuando uno se consagra al dinero, la verdad pierde todo sentido.

El discurso capitalista produce subdesarrollados en la medida en que conecta a los sujetos y sus goces con los objetos productos de la alianza entre el capital y la ciencia, desconectando a los sujetos de sus deseo, su historia, sus marcas singulares. Es la destrucción de lo simbólico.

Es el intento de producir una homogeneización que rechaza la diferencia, los signos singulares: Todos medicados, todos controlados, todos subdesarrollados.

El psicoanálisis hace objeción a esto, ya que plantea un discurso que conecta al sujeto con su historia y sus marcas singulares. Se opone al subdesarrollo.

Ya no vivimos en una época donde lo que imperaban eran los grandes ideales sino que vivimos en una época en que el objeto está en el cénit y de esto se nutre el mercado y va a la caza de goce de los sujetos. Esto es posible porque la estructura de la pulsión es acéfala y le da lo mismo cualquier objeto, solo busca su satisfacción. Esta adicción al objeto es la enfermedad mental de la época: Todos adictos.

*Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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