Killing Me Softly…

Miquel Bassols*

La expresión “Discursos que matan” puede entenderse como discursos que conducen a un acto mortífero, asesino, pero también como discursos que matan por sí mismos. ¿Puede matar una palabra? En todo caso, como indicaba Jacques Lacan (1), el poder está siempre vinculado a la palabra, también cuando hace un uso de la fuerza pura y simple. Y la primera violencia más o menos encubierta es la que perpetra un discurso cuando adormece al ser hablante hurtándole a él el poder de la palabra, reduciéndolo a un objeto sin palabra posible. Y eso es algo que puede hacerse también con las palabras, con la violencia propia de la palabra cuando actúa en los límites de lo simbólico.

El principio puede ser muy simple, así de simple y tan aparentemente “democrático”: “Las minorías tendrán que adaptarse a la mayoría.” La frase es de Jair Bolsonaro —en un discurso de febrero del año 2017 en el Aeropuerto João Suassuna— pero podemos escuchar frases equivalentes en distintos lugares y momentos de nuestras sociedades llamadas democráticas. También en Europa, y con los mejores argumentos. Puede ser incluso el mejor argumento esgrimido como “democrático” para imponer una acción con toda suerte de técnicas de modificación de conducta, desde las más suaves hasta las más violentas. Pasar de esta acción, de estilo “TCC en masa”, al siguiente paso es una cuestión de grado: “A través de la votación no cambiarás nada en este país, ¿verdad? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Desafortunadamente, solo cambiará el día en que comencemos una guerra civil aquí adentro. Y haciendo el trabajo que el régimen militar no hizo: ¡matar a treinta mil! ¡Comenzando con FHC [Fernando Henrique Cardoso, presidente en ese momento]! Si algunos inocentes mueren, bien, en cada guerra mueren personas inocentes.” La declaración vuelve a ser del recién elegido presidente en las elecciones brasileñas, pero resuenan también muy cerca, demasiado cerca, del lugar en el que estoy ahora, a este lado del Atlántico. Que este discurso amenazante pase al acto es sólo cuestión de seguir las consecuencias de la certeza subjetiva que lo anima. Por el momento sólo hace falta que se alimente a sí mismo con más palabras que matan, incluso si se presentan con la suavidad del amor a la unidad de la patria que motiva el odio al diferente.

Tal como señalaba Gil Caroz en un texto reciente: “Brasil no es Europa, el fenómeno Bolsonaro no es equivalente al fenómeno Le Pen, y los contextos son diferentes. A pesar de ello, podemos considerar que los eventos de Brasil constituyen la verdad de un movimiento de civilización que está barriendo Europa como un incendio. Es la cúspide de una caída de la autoridad vertical, que llama a la puesta en orden del mundo a través de la masacre: o eres como yo, o mueres.” (2) Conviene situar los discursos que han contribuido a producir en Brasil esta coyuntura mortífera, que han sostenido y alimentado un sentido que se contagia como un reguero de pólvora. Es la combinación del discurso religioso del Evangelismo, ese falso “humanismo” que también alimentó a Trump en EEUU, y del poder de la dictadura militar que ha atravesado indemne las últimas décadas (3), una dictadura caída de la representación del poder del Estado, pero que no había desaparecido del poder político efectivo. Así, son las favelas las que han votado a Bolsonaro, pero también capas ilustradas de la población, no sólo los lobbies y los poderes fácticos minoritarios cuantitativamente. Sin estos dos soportes Bolsonaro no hubiera ganado las elecciones: sentido religioso —lo hay por todas partes— y poder armado del ejército en nombre de la Ley.

¿Cómo responder a los discursos que matan sin alimentar su sentido, su sentido mortífero? En este punto, la polarización impide toda equidistancia en nombre de una imposible harmonía**universal. El error de buena fe seguirá siendo, también aquí, el más imperdonable cuando se trata de responder a este peligro mayor contra la humanidad. No será en nombre de un Humanismo ya periclitado, esa “humaniterería” (humanitairerie) con la que Lacan decía que no hacemos más que revestir nuestras propias exacciones, las de nuestro propio modo de gozar (4). Más bien un in-humanismo como el que el psicoanálisis encuentra en el ser hablante habitado por la pulsión de muerte.

Concluyamos: hay discursos envenenados con sabor a miel, también en nombre del amor. Digámoslo entonces con las palabras de la canción. Recuerden: with his words, killing me softly with his song…

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

**Algunos lectores me han señalado que “harmonía” es un error ortográfico por “armonía”. El hecho es que el Diccionario de la RAE da por buena la “harmonía”, aunque desaconseja su uso por arcaico. Yo prefiero aquí el arcaísmo de la harmonía, con esa marca del silencio necesario para que la música fluya, “in a silent way”…

Texto publicado como preparatorio del Foro de Zadig en Bruselas “Los discursos que matan”, 1 de diciembre.

Foto seleccionada por el editor del blog.

(1) “Es sin embargo muy demostrativo que el poder no descanse nunca sobre la fuerza pura y simple. El poder es siempre un poder vinculado a la palabra.” Jacques Lacan (1975), “Conférence à Genève sur le symptôme”, La Cause du désir nº 95, Paris 2017, p. 9.

(2) Gil Caroz, “Nuestra verdad brasileña”, en los textos de preparación del Fórum europeo “Discursos que matan” de Bruselas, 1 de diciembre de 2018.
(3) Para un análisis de esta coyuntura, ver Aldo Cordeiro Sauda y Benjamin Fogel: “Bolsonaro’s Most Dangerous Supporters”, en el periódico digital Jacobin del 18 de octubre de 2018.
(4) Jacques Lacan, « Télévision », Autres écrits, Éditions du Seuil, Paris 2001, p. 534.

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