Autoridad auténtica

 

Ana Lia Gana*

 

La palabra crisis no es del campo psicoanalítico, no pertenece a sus nociones propiamente doctrinales. Si nos remitimos por ejemplo a Hannah Arendt, quien aporta una perspectiva fundamental para leer la política de nuestro tiempo, ella habla de la crisis como un momento en el que se desploma lo viejo y donde surge la posibilidad que algo nuevo pueda crearse. Es en este sentido, un momento fecundo, a condición de saber coger la oportunidad que una crisis abre.

Si en el contexto de nuestra sociedad, en la cual más que nunca se habla de un descrédito de los políticos, de una desconfianza generalizada, es precisamente porque la autoridad también está en crisis. Y aquí cabe preguntarse la relación que puede establecerse entre autoridad, autoritarismo, aunque ambas se articulan al poder, hay que ver en que son diferentes, si la autoridad se asienta en la responsabilidad, el autoritarismo hace un uso del poder. Cómo no tomar en cuenta lo que Lacan dice: “…  la impotencia para sostener auténticamente una praxis se reduce, como es corriente en la historia de los hombres, al ejercicio de un poder”.

A diferencia de lo que postula Hannah Arendt, hoy en día, “Crisis” no se usa como concepto sino más bien como una palabra que sirve para imponer un orden, con el propósito de hacer aceptar medidas y restricciones que la gente no tendría porqué aceptar. “Crisis” significa hoy ¡debes obedecer!

Esto lo explica muy bien L. Carrol en “Alicia en el País de las maravillas”, cuando nos presenta a ese personaje con forma de huevo, Humpty Dumpty, es un lógico matemático que discute con Alicia. En una de estas discusiones Alicia, le interroga: “La cuestión es si puede usted hacer que las palabras signifiquen cosas distintas”. La respuesta de Humpty es contundente: “la cuestión es quien manda, nada más”.  Aquí se ve hasta que punto la lengua ejerce un poder.

Como bien lo deja patente este lógico matemático, este personaje que es Humpty, el discurso ordena una forma de lazo social, según que lo comande, y de esta manera orienta el goce.

Si echamos una mirada sobre nuestra reciente historia, podemos decir que, hasta la primera Gran Guerra Mundial, había un orden que imperaba y que no carecía de autoridad. Esta principalmente se asentaba en la familia, con el paterfamilias ocupando un puesto jerárquico, de manera tal que en el seno de lo íntimo se localizaba una autoridad.

Era una época en la que la estabilidad de la familia se apoyaba en el derecho al linaje, en la transmisión de los bienes y en la salvaguardia del patrimonio y el honor. Esta estabilidad se sostenía precisamente por este linaje que funcionaba como una autoridad.

Una buena metáfora de lo que ahora está sucediendo, es el título de un artículo aparecido en El País, de un sociólogo, que rezaba: Sálvese quién pueda. Si en medio de una catástrofe antiguamente se decía que primero debían ser rescatados, los niños y luego las mujeres, parece que en la actualidad solo queda decir: sálvese quien pueda.

¿A qué debemos este desmoronamiento de la autoridad? El psicoanálisis sostiene una tesis, que proviene de su lectura de lo social, pero que fundamentalmente verificamos todos los días en nuestra clínica: Lo que ha caído, arrastrando muchas cosas tras de si, es el crédito antiguamente concedido a la función del padre.

Al decaer la forma tradicional de la familia, hoy la cuestión de la autoridad queda eclipsada, incluso borrada, al mismo tiempo que se legitima, en la estructura jurídica de los países llamados democráticos, la igualdad de los derechos sea entre hombres y mujeres, entre niños y padres o entre las generaciones.

Estamos en una sociedad en la que la diversidad de los lazos ha venido a ocupar un lugar antinómico al que imperaba en la época de la tradición. Se constata que en la sociedad actual hay un discurso dominante que nace no de una autoridad auténtica sino de un autoritarismo, cuya consecuencia las vemos en el empuja a los niños y a los jóvenes a lo peor.

Un fenómeno actual por ejemplo, es que algunos jóvenes practican lo que han dado en llamar el Parkour. ¿En qué consiste esta práctica?  Ellos deslizan sus cuerpos por el mobiliario urbano, por las barreras arquitectónicas, saltan, brincan, se contornean y encuentran la manera de hacer pasar la agitación de sus cuerpos por la ciudad, como si de un gimnasio se tratara. En algunos periódicos ha aparecido la noticia, el Otro social ha calificado esto como un acto vandálico. Así quedan presos de una nominación predicativa del discurso del amo, que se sirve para su existencia de una lengua unívoca y de un cierto léxico que no es sin consecuencias, pues quedan fijados a una asignación permanente y a una exclusión segregativa. De esta manera, quedan reducidos a una mancha que hay que limpiar. Estas “autoridades” que rigen y reinan en la sociedad actual, denigran las fórmulas que los jóvenes inventan para hacer pasar su goce al exterior del ámbito familiar, cuando los jóvenes buscan un reconocimiento. Lo que se produce entonces es la caída del respeto, así los jóvenes no respetan porque no se sienten respetados.

El psicoanálisis hace una lectura de la época  y está advertido de la profunda transformación que han sufrido los lazos sociales  por la incidencia de la ciencia y de su aplicación técnica, lo que ha sobrepasado ampliamente algunas de las limitaciones naturales del ser humano, afectando la procreación y los lazos tradicionales.

Esto que en Psicoanálisis llamamos “caída o declinación del Nombre del Padre” es una reflexión que se encuentra tempranamente en Lacan. En la década del 30 en “Los complejos Familiares”se refiere de la siguiente manera ante aquello que entonces él denomina “declinación de la Imago paterna”: “Cualquiera que sea el futuro, esta declinación constituye una crisis psicológica. Quizás la aparición misma del psicoanálisis debe relacionarse con esta crisis. (…) Nuestra experiencia nos lleva a ubicar su determinación principal en la personalidad del padre, carentes siempre de algún modo, ausente, humillada, dividida o postiza”.

La declinación de la función del nombre del padre, a partir de la lectura de Lacan, resulta ser de carácter fundacional para el psicoanálisis, constituye incluso un punto de superación a la teoría freudiana, planteando la existencia de los nombres del padre en plural. Esta pluralización de los nombres del padre se halla en consonancia también con la existencia de múltiples autoridades.

Podemos tomar como ejemplo la adolescencia, momento lógico éste en el que se juega la separación de la autoridad de los padres. La actividad fantasmática de los adolescentes toma como tarea fundamental deshacerse de sus padres, en adelante despreciados, ya sea bajo el modo de sueños diurnos, de lecturas, de escritura de diarios íntimos o de juegos diversos.

Es en este momento de separación de la autoridad de la familia como fuente de las creencias, que los adolescentes se encuentran desasosegados, desgarrados entre la nostalgia del pasado, y ante la dura condición de quien debe reconocerse vivo en el presente en ese hábitat que es lalengua, escrita todo junto, como lo hace Lacan.  Lalengua es un neologismo que inventa Lacan para nombrar el sustrato a partir del cual cada uno a su manera elabora la lengua común, aquella en la que el sujeto debe consentir entrar si quiere poder decirse ante el Otro, ya que es en el encuentro con ese Otro donde se encontrará el auxilio de un discurso establecido.

El joven podría representar ese paradigma de la modernidad que se constata: la autoridad está en crisis, la autoridad de la tradición ha caído y con ella su función de regulación. Los jóvenes ya no tienen la misma relación con la autoridad, con el saber y con el lenguaje. El saber empieza cuando uno tiene curiosidad por saber cómo funciona lo que provoca el traumatismo en todo ser humano, esto es, la sexualidad, pues para esto no existe saber en el Otro. Y es allí donde se construyen ficciones.

Y si el ideal puede quedar desbaratado con la irrupción pulsional de la metamorfosis de la pubertad, lo que toma el primer plano es esa otra cara del ideal: el superyo, que empuja al goce. La nueva autoridad es esta instancia de goce. Ya que no hay un saber en el Otro sobre lo que es ser hombre o mujer, el adolescente queda confrontado a la no relación sexual, no obstante, hay goce. Un goce que es propicio de quedar enganchado a las propuestas del mercado, un goce adictivo, que transforma a los jóvenes en adictos a las pantallas, desde los videojuegos a Internet, adictos a las sustancias, a las compras compulsivas. Así como también a la exigencia de control de su cuerpo, a hacer gimnasia, medir lo que come, etc.

Inmersos en el mundo virtual, mundo que les posibilita a golpe de ratón disponer del saber con la sola demanda formulada sobre la pantalla, que ya no es más el objeto del Otro. Antes este saber estaba depositado en los adultos, en los educadores o en los padres. Por eso mismo, antes el saber era un objeto que había que buscar en el otro, había que extraerlo del Otro por vía de la seducción, de la obediencia o de la exigencia, lo que implicaba pasar por una estrategia con el deseo del Otro. Hoy en día, por tanto, hay una autoerótica del saber que es diferente de la erótica del saber que prevalecía antiguamente, porque aquella pasaba por la relación con el Otro.

Sabemos que Freud renunció a la sugestión hipnótica por su carácter autoritario precisamente, pero propuso para el conjunto de fenómenos vinculados a la transferencia, el instrumento de lectura que era el padre, como una clave de todo lo que se producía en la transferencia. Pero Lacan dijo, hay un mas allá de la posición paterna, llegando así a un tipo de relación con el saber analítico, sin garantía, desde la autorización que proporciona la propia enunciación, lo que Lacan llamaba el bien-decir.

Lacan trocó la lectura de la tragedia, del mito edipico, del padre, por el banquete de los analistas. Leer el banquete es leer un diálogo que se sostiene más allá de toda garantía, que se sostiene por la pregunta insistente de Sócrates. Podía interrogar a cada uno sobre el deseo y los juegos del deseo que circulaban en la asamblea. El analista esto lo hace a sabiendas.

El analista viene a ocupar el lugar del que se supone que tiene el saber sobre el deseo, esa suposición es necesaria para la puesta en marcha de la tarea del analizante, tarea que implica consentir con la regla fundamental de la “asociación libre”, a la espera que de su palabra y de la interpretación del analista pueda emerger cierto saber sobre el deseo que lo causa.  Esta dimensión de la transferencia tiene un carácter epistémico, es lo que Lacan denomina el Sujeto-supuesto-Saber. Un analista puede encarnar esa función del Sujeto-supuesto-Saber para su analizante, porque su propia experiencia analítica le ha enseñado: que el partenaire es siempre sintomático, que la relación sexual no se escribe, y que sólo quedan las contingencias de los encuentros.

Si hablamos del declive de la autoridad del padre, ahora con Lacan podemos decir que la autoridad autentica emana de lo simbólico. Ya no se trata ciertamente de un mundo regido por el nombre del padre, sino de un mundo regido por la estructura elemental de lo simbólico. Es lo simbólico el padre del hombre, esto es decir que la lengua es el padre.

La cuestión de la autoridad autentica, es un asunto de presencia y depende de como la lengua le fue ofrecida al sujeto, como, en su lugar en la familia, el goce, el saber y el objeto a, le fueron presentados. A esta presencia responsable del Otro, de estar implicado a título de su propio deseo, se añade la parte de invención inherente a cada ser humano por el simple hecho del lugar de la lengua, que es inconsciente.

¿Están los políticos a la altura de encarnar esta autoridad autentica? Saber sobre el deseo propio que los causa, de qué deseo se trata; asumir una presencia responsable en la plaza pública e inventar un lugar mas digno para los ciudadanos, sabiendo que los lazos son de discurso, que ese discurso tiene efectos, siendo el respeto una consecuencia o no del mismo y un semblante de autoridad autentica.

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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