Hipótesis para pensar la situación de Brasil (y toda América Latina) hoy

 

Marcela Ana Negro*

 

He mencionado en otro texto que se hace necesario ver que existen distintos tipos de líderes, dependiendo de la posición que tomen en relación a su palabra (posición ética) y a sus liderados. Hablé en aquella ocasión de cuatro posiciones que puede asumir un líder: como ‘ideal’, como ‘superyó’, como ‘nombre que da confianza’ y como ‘causa de deseo’.

Hoy Brasil se encuentra frente a una encrucijada en la que conviene hacer esa distinción, y que requiere de la responsabilidad de su pueblo en la toma de posición en el ballotage de fines de octubre, porque se abren dos caminos totalmente opuestos. Lula se ha transformado en un ‘nombre’, Bolsonaro encarna el ‘superyó’ más feroz.

¿Cómo es que un líder como Bolsonaro cobra peso? ¿Por qué el resurgimiento del fascismo? ¿A qué se debe su aparición en América Latina?

Tanto el fascismo como el neofascismo surgen como respuesta a la caída de coordenadas simbólicas que orienten al sujeto, y como respuesta radical del sujeto apelando al peligroso ‘gran hombre’ como solución a su desamparo.

Para ello, tuvo que haber antes algo que empujara al hombre a ese estado de desamparo. Actualmente, el neoliberalismo como expresión política del avance del poder de las corporaciones financieras se caracteriza por algo semejante al desvalimiento: lleva al hombre a su máxima división. Tener que acostumbrase al cambio permanente, donde el cambio siempre es del orden de la quita de derechos y de bienestar, es siempre un cambio que es pura pérdida. Pérdida de la red simbólica de la que uno se sostiene.

En América Latina, donde se ha dado un proceso muy particular, por el cual surgieron casi al unísono varios líderes progresistas, esta pretensión de dominancia de los mercados se hizo inviable. La respuesta no se hizo esperar: se armaron “golpes blandos” con la complicidad de los grandes medios y el poder judicial.

Para lograr destruir las figuras de los líderes progresistas que se habían ido fortaleciendo en la medida en que habían sostenido lo que habían prometido: un reparto de riquezas más equitativo, el neoliberalismo usó una artimaña: quebrar la confianza en estos líderes cuyo valor estaba en la ética que sostenían (no vengo a dejar mis convicciones en la puerta – dijo uno de ellos), de corruptos, es decir, poniendo en cuestión el punto que los validaba.

La acusación es respecto de la corrupción económica, pero apunta a evocar en la gente común un efecto que anida en la significación de la palabra: la podredumbre. Acusándolos de corruptos, los acusan de mucho más que de haber robado plata del estado. No les hace falta decirlo, la palabra lo evoca. La acusación de corrupción política esconde un afán de identificar a esos líderes con la corrupción en general, es decir, asociarlos al peligro del desorden y debilitamiento simbólico. Es lo que la palabra evoca, lo que los poderosos usan: corrupción como sinónimo de podredumbre, depravación, descomposición, vicio, deshonestidad. No se los acusa de que en su gobierno hayan tenido funcionarios corruptos o hayan mantenido prácticas que son típicas de la política y que son prácticas corruptas, se los acusa directamente a ellos de la corrupción más debocada, más ilimitada (en Argentina, a Cristina Kirchner se la acusa de 4 asociaciones ilícitas constituidas para ejercer la corrupción). Es LA corrupción, con mayúsculas. Indiscriminada, ejercida sobre todo. De este modo, empujan al hombre común más y más al abismo del desamparo y la orfandad por hacerle ver que aquel en el que había creído era lo más vil.

El objetivo de la estructura neoliberal es que al hombre solo le quede una salida: identificarse al empresario de sí mismo y trabajar incesantemente para el sistema.

Sin embargo, la consecuencia inesperada es que, a la par que se produce esta identificación en el modo de goce (el hombre identificado al recurso humano), ella se acompaña del resurgimiento del gran hombre, en el sentido de aquel que se presenta como el que es capaz de reencauzar el derrumbe, dominar con pulso férreo y poner orden de forma violenta apelando al odio y llevando a la sociedad a lo peor. Estos líderes son afines a los intereses del mercado (en Argentina, porque el CEO que gobierna tiene negocios con los Fondos Buitre que manejan el mercado y por lo tanto les sirve; en Brasil, porque el fascista que amenaza llegar a presidente propone políticas económicas afines a las del mercado: se apoyan mutuamente).

No por inesperada deja de ser bienvenida por el neoliberalismo en la medida en que este movimiento fascista hará el trabajo sucio que se necesita: la segregación (incluso la muerte) de los que sobran.

*Psicoanalista de la AMP (EOL)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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