Risas y mofas

 

 

Luis López Salvador*

 

Llevo años investigando la problemática del mal en la estela humana y creo que la maldad, una de sus variantes, es un aspecto que conviene seguir reflexionando para así, poder vacunarnos de su enigmático hechizo.

Es evidente, por otra parte, que la finura de esta maldad, que se infiltra en el pensamiento o el comportamiento, es muy variable, pero conviene prestar atención a formas sutiles, a veces, aparentemente, de poco valor, por lo que éstas pueden mostrar como enseñanza.

Tomemos, para ello, la risa y la mofa o burla, como ejemplos.

Reírse de los demás es bastante usual y a veces surge de modo inesperado, inconsciente. Las redes sociales se nutren de escenas humanas que convocan la risa, y su divulgación viral adquiere, precisamente, como su propio nombre indica, un carácter de difusión masiva gracias al poder infectivo o morboso que comporta.

Además, son muchas las personas que se ven asaltadas por una pequeña sonrisa ante el infortunio o el simple accidente, casual, del prójimo, sin percatarse de lo que en ese rictus nimio se pone en juego.

Pero es un hecho: tanto la desgracia como el infierno se tienden a situar en el otro, como un signo de pura supervivencia o de satisfacción del ego. Esta risa sería así, el modo más primitivo y hechicero de preservar la integridad personal, tanto como de alimentar esa creencia ilusoria de que aún se está a salvo, vivo, sin desdichas.

Al fin y al cabo, si es a nuestro semejante a quien le sucede la desgracia, de momento, uno puede sentirse libre de la fatalidad y del porvenir de la adversidad, y de eso se alimenta la fina sonrisa.

No cabe duda de que esta risa pasiva, mágica, oculta también algo más, esto es, la sensación de impotencia ante ese destino azaroso que puede irrumpir en cualquier momento, en nuestra existencia, siendo la propia risotada el efecto de descarga, de tal excitación temerosa. De ese modo, ¡qué sea el otro el que porte la desdicha mientras uno se ríe de su adversidad!

Ahora bien, esta risa puede verse infiltrada, a veces, por un goce más opaco que se satisface con la caída, el bulo maligno o la destrucción del prójimo —bien sea por envidia, celos o la pura satisfacción de la pulsión de muerte—, adquiriendo aquí este regocijo activo un matiz mucho más siniestro y perverso. Carcajada contagiosa que sintoniza con todos esos oscuros deseos que yacen en las profundidades del alma humana, con el único fin de ensombrecer nuestra tenue tranquilidad.

Sin embargo, la mofa, y la risa que se precipita con ella, tienen un tinte peculiar, porque ya no se trata del asalto espontáneo de la sonrisa, sino del trabajo en pos de una hilaridad gracias a ese rasgo del otro que resulta intolerable.

Da lo mismo que sea su raza, creencia, sexo, anomalía física, particularidad psíquica, conducta sexual o comportamiento singular, la burla busca la risa de todos a partir de aquello que resulta profundamente insoportable para uno.

Por otra parte, conviene conocer, que las mofas suelen ser el primer atisbo de discriminación o de segregación, previo a muchos comportamientos violentos; aspecto que nos debe poner siempre en guardia en el ámbito institucional.

Además, a diferencia de la risa pasiva individual, anteriormente citada, que se vive más en solitario, las bromas malignas se gestan en grupo y precisan de la complicidad de cierta colectividad, aunque siempre exista un líder o cabecilla que arrastra, bien por temor, seducción o sintonía fantasmática, a todos los demás.

Porque en la chanza se precisa de un escenario en el que la víctima es burlada, en presencia del grupo, precisamente, por ese rasgo peculiar que no encuentra asidero en la comunidad. Ahora bien, lo que la camarilla desconoce, y por eso trata de ocultarlo bajo la burla y la risa, es su propia ignorancia sobre ese mal que los aqueja en cada uno de forma particular.

Si verdaderamente pudieran rozar, aunque sólo fuera por un instante, toda esa sutileza que se fragua en nuestros corazones nunca surgiría la risotada ni mucho menos la burla, sino más bien el sentimiento de pena, en el caso del infortunio, o de comprensión, allí donde la diferencia viene a mostrarnos lo más singular que cada uno posee.

Por eso, si la intolerancia se nutre del rechazo de ese rasgo que uno es incapaz de situar en su ser, la tolerancia surgiría allí en donde la empatía cumple verdaderamente su misión, al reconocer, en cada uno de nosotros, la fragilidad e imposibilidad con la que nos confrontamos en la vida.

Pero también, al admitir ese matiz de fortuna que nos ha gestado y que nos permite disfrutar, por momentos.

Si esto es así, y en último extremo cada uno de nosotros somos fruto de ese cierto azar que comanda nuestra existencia, de qué deberíamos reírnos pues.

*Psicoanalista de la AMP (ELP).

Foto seleccionada por el editor del blog. (Esculturas de Yue Minjun en Vancouver)

Anuncios