¿Por qué todos somos únicos (e inclasificables)?

 

Enric Berenguer

 

Las transformaciones de fondo de la civilización son a menudo invisibles para quienes en ellas vivimos sumergidos. Los mortales somos hijos de nuestra época y, en realidad, cada época de la historia de la humanidad ha sido una época de transición. Las épocas fijas, estables, las categorías permanentes como “el pasado”, “la tradición”, el “antes” y toda una serie de definiciones con las que proyectamos desde hoy cómo eran las cosas son simplificaciones, que usamos para oponerles de un modo simplista lo que ahora son o deberían ser. Es difícil evitarlo.

Paradójicamente, vivimos en tiempo de ebullición que, mientras destruye afanosamente unas categorías, busca afanosamente otras, nuevas formas de fijar las realidades humanas y, más en particular, las de cada uno. Detrás de esta pasión se aprecia el deseo por encontrar, esta vez sí, lo verdadero. Esto se manifiesta con particular fuerza en algunos campos en los que la vida individual se cruza de un modo difícil de distinguir con las tendencias de la época. Por ejemplo, en la forma de plantear, a partir de supuestos descubrimientos científicos, las “verdaderas enfermedades”, los verdaderos trastornos, la verdadera identidad de género o sexual, la verdad verdadera en todos los campos, a medida que crece la sensación de que los modos de pensar las cosas antes no son los adecuados para lo que ahora se parece descubrir.

Pero llama la atención que el deseo de deconstruir antiguas clasificaciones o definiciones muchas veces da lugar a un empeño por volver a introducir categorías, nuevos nombres a los que identificar las cosas que vemos o vivimos, también lo que creemos que somos o aspiramos a ser.

Uno de los campos en los que ciertas etiquetas supuestamente fijas del pasado están especialmente en cuestión es el de las clasificaciones de género. Es un fenómeno cada vez más común el de personas que se muestran disconformes con el género que les fue atribuido o que viven como algo que se debe resolver de un modo definitivo cierta discordancia en el cuerpo que les ha tocado en suerte. Las consultas reciben cada vez más demandas en este sentido, respondiendo a formas de malestar que a menudo reciben como respuesta el sometimiento a un protocolo, como si el malestar por no poder entrar en una definición se arreglara con otra definición que recae en una autoridad, esta vez no ya la de los padres o la naturaleza, sino de la ciencia.

Esto es un fenómeno de época y seguramente tiene algo de inevitable. Más allá de lo específico que está en juego en cada caso, de lo que se trata hoy día, lo que nos afecta a todos, es que el sujeto contemporáneo es un sujeto profundamente desidentificado, que ha visto caer toda una serie de referentes que antes parecían inconmovibles. Y ahora, por un lado, vive la esperanza de poder ser aquello que siempre sintió que se le negaba, pero también la angustia de tener que formularlo en términos que a veces, tras un primer momento de sosiego, vuelven a sentirse como inadecuados para captar la esencia de lo que verdaderamente se es.

En “Cómo se construye un caso” (NED ediciones) cité a Masha Gessen, quien en un interesante artículo publicado en The New York Review of Books, muy bien titulado “To be or not to be”, hablaba de la angustia de tener que elegir. Así, en relación con el proceso de su cambio de género, en un diálogo muy largo y difícil con la medicina, que según él se mostraba incapaz de acabar de resolver la particularidad de su modo de vivir su cuerpo y su sexualidad, decía: “La llamada a inventar la propia vida –y hacerlo continuamente– puede parecer insoportable”. Reconoce en esa tarea algo ineludible, pero no exento de enormes dificultades, sin soluciones fáciles. En todo caso se trata de soluciones que, nos dice, nadie puede ofrecer, mucho menos prometer. Y termina planteando que, finalmente, se trata de admitir que se habita un cuerpo, modificado o no, del mismo modo que un inmigrante habita un nuevo paisaje.

¿Por qué no partir de que no hay ninguna solución prêt-à-porter válida? ¿Por qué no admitir que ninguna definición del género, como ningún diagnóstico –o en otros ámbitos la opción de una identidad política– será capaz de responder a la pregunta a aquello que nos hace angustiantemente únicos y, por tanto, cargados con una responsabilidad que no podemos delegar ni en la ciencia ni en ningún otro discurso, del mismo modo que tampoco podíamos antes delegarla en el padre o en otra figura de autoridad?

En realidad, todos somos un caso único. Si algo puede aportar el psicoanálisis al sujeto de esta época, es la plena conciencia de esa unicidad y ayudarle a hacer con ella lo mejor posible. Por supuesto, esto no supone que no pueda hacer uso de cierto lenguaje que le ofrece el Otro social. En realidad, como el sujeto siempre pasa por el Otro para responder a la pregunta por su ser, esto es inevitable. Pero la cuestión es cómo usares palabras, esos referentes, sin acabar perdiéndose todavía más. Se puede llegar a hacer todo ello un (mal) uso que, paradójicamente, acabe aplastando la singularidad de cada cual de un modo mucho más eficaz aún que las antiguas definiciones, en las  que por otra parte nadie  llegó a creer tanto como ahora se insinúa.

Como psicoanalistas, partimos de que lo más importante en cada uno es lo inclasificable. Esto es lo que hay que preservar a toda costa. Esto es lo que ayudamos a construir. Caso por caso.

*Psicoanalista de la AMP y de la ELP

Publicado en https://www.lavanguardia.com/vida/20180914/451789315372/por-que-todos-somos-unicos-e-inclasificables.html

Foto seleccionada por el editor del blog

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