“Shame!”

Noticias semanales sobre la infamia

 

 

Gustavo Dessal*

 

“Shame!” (“¡Vergüenza!”), le gritaron a coro los comensales a Kirstjen Nielsen, jefa de la Secretaría de Seguridad Territorial de los Estados Unidos, cuando hace pocos días tuvo la desfachatez de comer en un restaurante mexicano al tiempo que se desarrollaba el escándalo de los niños de inmigrantes detenidos[1]. “Mientras los niños no coman tranquilos, tú no comerás tranquila”, grita uno de los clientes en el vídeo que rápidamente corrió por las redes sociales. Otros amenazan con seguirla y no dejarla en paz en ningún sitio público. Cumplieron su promesa rodeando su domicilio particular. El escrache, invento argentino, se globaliza.

Una ola de indignación recorre los Estados Unidos y el mundo entero[2]. Todavía subsisten en la memoria colectiva las sobrecogedoras imágenes de los niños judíos detenidos por los alemanes. Ahora los americanos deben tragarse su propio Dasein. No es la primera vez, ni será seguramente la última. De momento, no conducirán a los hijos de los inmigrantes a las cámaras de gas, pero hay suficientes actuaciones vergonzosas que han desatado una cólera incendiaria. Los funcionarios a cargo de los menores detenidos y cautivos en jaulas tienen orden de no tocarlos, ni abrazarlos, ni permitir el contacto físico entre ellos[3]. ¿La razón? Aquí debemos añadir la paranoia americana de los abusos sexuales. Las asociaciones de psicólogos, psicoterapeutas y psiquiatras han puesto el grito en el cielo, inundando los medios de prensa, radio y televisión, además de las redes sociales, advirtiendo sobre los gravísimos efectos psíquicos en los niños de semejante deprivación afectiva (una crueldad disfrazada de argumentos basados en la protección de los menores), que se suman a los que están siendo causados en sus padres[4]. El caos ha recordado esta semana al de la desastrosa gestión del presidente Bush cuando el huracán Katrina. Ante la presión de la opinión pública, incluida la de Laura Bush (esposa del expresidente, quien calificó los hechos de “inhumanos e ilegales”[5]) y la comparecencia pública de Melania, la esposa del mismísimo Monstruo, la Bestia hizo un pase de manos y ordenó cesar las medidas de separación de los niños de inmigrantes. Todos los medios coinciden en que reunificar a las familias de los más de 2500 niños prisioneros en campos de concentración repartidos por todo el territorio es una tarea que puede durar mucho tiempo y que en numerosos casos será imposible[6]. El desastre administrativo es de proporciones mayúsculas y los enredos burocráticos entre las leyes vigentes, el decreto sorpresivo del Pato Loco, los distintos organismos oficiales a cargo de la vigilancia y control de fronteras y los jueces que comienzan a intervenir, se convierte en una catástrofe humanitaria de proporciones crecientes. Como si fuera poco, el New York Times revela el gigantesco negocio de miles de millones de dólares para los contratistas que gestionan los centros de reclusión [7].

El súbito decreto de suspensión de la política de separación de niños y familias no supone un alivio inmediato. Funcionarios de la administración pública, abogados y diversas fuentes consultadas, ven poco probable que la mayoría de los niños puedan reunirse con sus padres[8], al menos en un plazo inmediato. En algunos casos, el rastro se pierde en el país donde supuestamente nada escapa a la vigilancia y control absolutos.

Esta política de “tolerancia zero” es claramente utilizada como un arma disuasoria (así fue calificada por su máximo defensor, Jeff Sessions, uno de los más perversos asesores de la Bestia, que además la justifica con versículos tomados de la Biblia[9]) contra el flujo migratorio. De la misma manera, pero con propósitos opuestos, la califican otras voces, el sector del pueblo americano que todavía conserva algunos valores de la decencia.

¿Ha perjudicado todo esto al Gran Imbécil? ¿Acaso el Lunático -a quien docenas de asociaciones y colectivos psi americanos califican de enfermo mental incapacitado para ejercer su tarea- es simplemente un maníaco que se mueve según los impulsos de su goce desamarrado?

La respuesta no es tan sencilla.

Por una parte -y aunque en su libro Fire and Fury[10] el periodista Michael Wolff dedica magníficas páginas dignas de un clínico avezado a describir los rasgos psicopatológicos de Donald- resultaría demasiado simplificador (y en el fondo hasta serviría para tranquilizarnos) concluir que estamos ante la política incoherente y desorganizada de un loco. Las encuestas lo reflejan. Solidarios y apenados por las violentas críticas al presidente, que van en aumento hasta límites de indignación que superan lo sucedido en Charlottesville, sus votantes lo apoyan cada vez más. ¿Es Trump un idiota que se les ha ido de las manos al GOP (Great Old Party, como familiarmente se denomina a los republicanos), indómito e impredecible incluso para sus asesores más cercanos, o un tipo increíblemente astuto que sabe muy bien lo que se propone y lo consigue mediante un accionar que puede parecer caótico y confuso pero que en verdad responde a una estrategia muy bien calculada, digna de un Goebbels? Las analogías son inevitables. Ambos, Trump y Goebbels, apostaron a una fórmula que resultó ganadora: todo lo que en un principio puede resultar escandaloso, inmoral, indecente, inconcebible, inimaginable, acabará por naturalizarse. Solo es preciso encontrar el modo de que las masas se acostumbren, sean bombardeadas con mensajes sistemáticos, asuman la monstruosidad como una manifestación de hechos que finalmente por su repetición misma acaban perdiendo la carga moral y emotiva hasta convertirse en parte del paisaje de la vida cotidiana, del mismo modo que no dejamos en entrar al cine abriéndonos paso entre quienes duermen en las calles. La diferencia entre Goebbels y Trump o, mejor dicho, la distinción entre los paradigmas políticos que representan viene dada por el contexto histórico. La hipermodernidad ha impuesto la ley de la transparencia, razón por la cual mientras los alemanes trataban de ocultar lo que sucedía con los deportados, Trump & Co. obra a la luz del día y sin disimulo alguno. Los exabruptos twitteros del Supuesto Tarado, los insultos, las expresiones de obscenidad y machismo trasnochado, todo eso tiene un propósito que funciona: el escándalo es publicidad, el escándalo dispersa el significante como ráfagas de ametralladora y los constantes cambios de sentido, marchas, contramarchas, interpretaciones y re-interpretaciones, generan un estado de confusión crónica y por ende un deterioro cada vez más irreversible de la verdad, ese antiguo y caduco concepto prometido a su extinción. Se trata de que un escándalo borre velozmente las consecuencias del anterior, creando un estado de caos ideológico que se vuelve poco a poco un estilo de gobierno. Con la crisis de la inmigración, la triunfante alianza entre Trump y Netanyahu queda neutralizada. Nadie se acuerda hoy de la nueva embajada americana en Jerusalem, ni por supuesto de los palestinos abatidos por francotiradores del ejército israelí y sus colaboradores. Trump ha utilizado a los niños como sus pequeños rehenes (tal como lo explica muy bien el columnista Frank Bruni[11]) para forzar sus intereses y doblegar a la oposición. También para lanzar cortinas de humo y aprovechar una de las mayores características de los media contemporáneos: la volatilidad. Las noticias vuelan, pasan por delante de nuestros ojos y sufren el proceso Snapchat, la aplicación de mensajería móvil que refleja perfectamente uno de los aspectos principales del lazo social actual: la foto desaparece al cabo de unos minutos. Paradójicamente, los Big Data que constituyen la Gran Memoria Universal sirven a los fines de que todo quede olvidado de inmediato. La cumbre Trump-Kim sepultó las masacres en los colegios americanos y el incendiado debate sobre las armas. La crisis inmigratoria hace desaparecer las imágenes de la barbarie contra los manifestantes palestinos y la próxima semana una nueva ignominia pasará a primer plano, eclipsando el impacto de los niños centroamericanos enjaulados.

El Trumpismo no es un accidente político. Es La Nueva Política. Tal vez desemboque en un estrepitoso fracaso, como lo fue la guerra de Vietnam, pero mientras tanto es un éxito, perfectamente reflejado en el mensaje de la chaqueta que Melania Trump utilizó esta semana en su visita a Texas, cuando quiso comprobar la situación de los niños en los centros de detención. Ella también tiene su reverso. Mientras sus palabras mostraban un moderado mensaje de desacuerdo a la política de su marido, su espalda decía algo muy diferente. ¿Fue intencionado o no que su prenda (una cazadora de Zara de 39 dólares) llevase en la espalda el mensaje “I don´t care? ¿Do U?” (“No me importa. ¿Y a ti?”)?[12] Nueva polémica servida en bandeja. Hay opiniones para todos los gustos, pero la mayoría de los periodistas se niega a aceptar la idea de que se trata de un detalle sin importancia[13] y en cualquier caso es una indudable muestra de inmoralidad. Pero lo más grave es lo que late en el fondo de esta anécdota, que al mismo tiempo hace sospechar de algo nada anecdótico.

Hay límites que, cuando se sobrepasan, suelen despertar reacciones de indignación colectiva. La fotografía de Aylan, el niño sirio ahogado en una playa de Turquía detuvo el corazón de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. La fotografía de la niña hondureña llorando junto a su madre que está siendo detenida puso a gran parte de la sociedad americana en pie de guerra contra la política de Trump. John Moore, el fotógrafo autor de la instantánea[14], explica cómo a toda velocidad logró una composición que consigue despertar en el observador la perspectiva óptica de un niño pequeño. La extraordinaria mirada de este fotógrafo disparó un fenómeno de empatía e identificación. Moore lo expresa con absoluta sencillez. “¿Quién no ha experimentado alguna vez la angustia de perder a sus padres durante un instante en el supermercado?”.  El horror que ha sacudido las conciencias de una gran parte de los americanos se enfrenta a la terrible posibilidad de que, en la espantosa lucha entre Eros y Tánatos, el mensaje de la chaqueta de Melania acabe por imponerse. Eros y Tánatos, la Indignación y la Indiferencia, entablan un combate.

El combate entre la nueva política, por un lado, y por otro la desesperada y lúcida llamada a la vergüenza que Lacan lanzó[15] cuando comprendió que Auschwitz no era la culminación de una pesadilla, sino tan solo el comienzo.

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Foto seleccionada por el editor del blog.

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=JzQ0vTxQPSs

[2]

https://www.npr.org/2018/06/22/622475099/children-heard-crying-in-detention-center-audio-recording?t=1529849118294

[3] https://www.theatlantic.com/family/archive/2018/06/family-separation-no-hugging-policy/563294/

[4] https://www.bbc.com/news/world-us-canada-44528900

[5]

https://www.newyorker.com/news/our-columnists/laura-bush-shames-donald-trump-and-the-republican-party-over-border-policy

[6] https://globalnews.ca/news/4285109/donald-trump-immigration-reunite-parents-children-u-s-border/

[7] https://www.nytimes.com/2018/06/21/us/migrant-shelters-border-crossing.html?emc=edit_nn_20180622&nl=morning-briefing&nlid=7716929920180622&te=1

[8] https://www.theatlantic.com/politics/archive/2018/06/how-will-kids-find-parents-trump-executive-order-family-separation/563264/?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=atlantic-daily-newsletter&utm_content=20180621&silverid-ref=MzgyMTk2OTI1NDI1S0

[9] https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/jun/19/jeff-sessions-biblical-heresy-immigration

[10] Fox, M. Fire and Fury. (Mac Millan Editors, New York 2018)

[11] https://www.nytimes.com/2018/06/19/opinion/donald-trump-immigrants-children.html

[12] https://www.theguardian.com/us-news/video/2018/jun/22/melania-trump-wears-i-dont-care-jacket-en-route-to-child-detention-centre-video

[13] https://www.nytimes.com/2018/06/21/style/zara-jacket-melania-trump.html

[14] https://www.cbsnews.com/news/getty-photographer-describes-photo-crying-child-seperated-from-family-border-2018-06-18/

[15] Lacan, J. El reverso del psicoanálisis. Lección XVI del 17 de junio de 1970. Paidós, Barcelona 1992

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