Zadig, tocar nuestro real

 

Gustavo Stiglitz*

 

Hoy mi hijo, que es economista y se dedica a la política, me explicó en el desayuno qué es lo que le apasiona de ella. Me dijo: “ yo estudié economía, historia, filosofía, pero con la política las toco, las vivo en cada situación que se presenta.” El entusiasmo y “la adrenalina”, no estaban ausentes en su decir.

Me transmitió, de una manera no analítica, que tenía la sensación de bordear cierto real.

Esto me sugirió que el invento Zadig de Jacques Alain Miller, también es el intento de bordear el real de la no relación, al nivel de lo social, que tanto Freud como Lacan formalizaron cada uno a su manera.

Zadig no se confunde con la AMP ni con sus Escuelas, pero constituye una extensión de las mismas al nivel de la opinión, nos dice Jacques Alain Miller en el texto fundacional de la red, Campo Freudiano, Año cero.

La cuestión es clara, pero no sencilla.

No se confunden, pero no son absolutamente ajenas.

Hay también, entre Zadig y las Escuelas, una relación de no relación y en la búsqueda de lo verdadero en juego nos encontramos con un embrollo en el que anida un real. El de las relaciones del psicoanálisis con la política.

Zadig es el esfuerzo por llevar hacia el campo social lo que el psicoanálisis como experiencia individual enseña a cada analizante, arreglárselas con su real singular, lo que es puesto al trabajo en la comunidad Escuela a partir del dispositivo del Pase.

Miller parte de Freud: “En la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, “el otro”, como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado”.[1]

Lacan retoma esta temática con su concepto de inconsciente político,[2] indicando que los fenómenos de segregación, extranjeridad, odio, rechazo, a nivel de lo social, tienen su fundamento en la radical extranjeridad que nos habita como seres hablantes y que denominó Extimidad.

Ese Otro que me agita desde lo más íntimo mío,[3] es una inyección, ¿por qué no “infección”?, de lenguaje en el cuerpo, sin la cual el parletre no podría advenir.

Lacan no se priva de utilizar significantes como “punto de inseminación”[4] del orden simbólico, “instilar” un modo de hablar [5], “incorporación” de la voz.[6]

Como si un virus que los infectólogos llamarían “Otro-virus”, se introdujese y pusiera en marcha la maquinaria del ser hablante. Este, nace “infectado” y esa infección permanece allí latente, agitando al acontecimiento que llamamos ser hablante.

Zadig también existe a partir de la infección, y tiene como objetivo contagiar al discurso del amo político con el virus de la extimidad.

El virus de la extimidad no agrega sustancias tóxicas en los tejidos del cuerpo social, ni produce tumores. Más bien al contrario, introduce vacíos, inconsistencias.

El problema es que éstos generan reacciones de defensa tan o más virulentas que con los virus comunes.

La más conocida de estas reacciones es el no querer saber. No querer saber de la diferencia, del disenso, de la otredad en general. Este rechazo puede llegar al odio a lo otro que, a partir del concepto de extimidad reconocemos como proyección del odio de sí.

Tomaré de Anna Aromí[7] un significante que nombra uno de los modos en que se da entre nosotros la reacción de defensa al virus de la extimidad, ese odio: Polarización.

La Polarización es un velo a la extimidad. El otro es otro porque está del otro lado, incluso, está del lado malo. Paralelamente, la ilusión de que los que estamos del mismo lado “nos entendemos”, crece.

La polarización, dice Aromí, es el pantano del sentido. El sentido como defensa, como tratamiento de lo real.

Así que el problema no es ese éxtimo que infecta mi yo, y que yo no soy, sino el tratamiento que se le da.

Como con los virus de las computadoras que generan las producción de antivirus que se vuelven obsoletos rápidamente ante los nuevos virus entrando en una carrera al infinito, un argumento siempre llama al argumento contrario para desacreditarlo y así se polariza la situación.

Se tratará entonces, de hacer surgir las inconsistencias propias del discurso cuando éste es elevado al rango de verdad absoluta, incontestable, al servicio de la política, que siempre es bio política en el sentido de que dispone de los cuerpos.

A modo de ejemplo, a nivel de las políticas en salud mental, tenemos el caso belga.

Tengo entendido que nuestros colegas belgas, en sus conversaciones con las autoridades de la salud mental lograron introducir la idea psicoanalítica de “lo incurable”.

Este concepto agujerea irremediablemente la idea de salud entendida como normalidad y consecuentemente relativiza la autoridad de las estadísticas, dejando un espacio abierto en donde inscribir lo singular. El sentido de “normalidad” se vuelve inconsistente.

Al nivel de la clínica y la práctica psiquiátricas contemporáneas, que se quieren científicas y basadas en la evidencia, me referiré a un pasaje de una conferencia de Eric Laurent sobre autismo.

Se trataba de la hipótesis aparentemente diáfana según la cual, si la depresión mejora con la administración de antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) en el espacio interneuronal – cosa que por otra parte no siempre ocurre – se deduce de esto que es el aumento de los niveles de ese neurotransmisor el que mejora los síntomas depresivos y que, por lo tanto, el déficit del mismo sería su causa.

Es la construcción que hace la psiquiatría biológica. Si aumentando los niveles de la sustancia X, el síntoma mejora, la causa del mismo es el déficit de sustancia X.

Se trata de una construcción que vela el hecho de que todos sabemos que los antidepresivos mejoran los síntomas depresivos, pero nadie sabe a ciencia cierta por qué.

Ahora bien, ¿qué diferencia habría en afirmar que, si tengo fiebre es porque hay un déficit de ácido acetil salicílico en mi sangre, ya que su ingesta baja la temperatura corporal?

Con esa pequeña gran pregunta se daba por tierra con el argumento incontestable, que lo único que tiene de incontestable, es que está al servicio de la industria farmacéutica que se beneficia de la desubjetivación del síntoma y de la uniformidad del malestar.

En este sentido el discurso analítico es muy potente a la hora de develar ciertos semblantes, de despejar pantanos de sentido – a veces con efectos indeseados, como ocurre con toda práctica – y hace vacilar las verdades absolutas.

 

Zadig y la Conversación

En un análisis es cuestión de trabajar para localizar, cernir y hacer algo con ese exterior íntimo que se formó con lo visto y oído desde el nacimiento.

Cada ser hablante es como la dafnia, ese animalito que Lacan nos presenta en el Seminario La angustia, que se orienta a partir de un grano de arena exterior que aloja en su interior.

Por eso la figura para pensar al ser hablante es el Toro, en donde el exterior y el interior más íntimo están en una relación de continuidad.

Esto es fundamental para opinar de la cosa pública y para conversar con los otros.

Jacques Alain Miller hizo de la noción de Conversación un concepto que implica que los otros tienen algo que decir.

Por lo tanto, para entrar en conversación es necesario deponer en algún grado el narcisismo y las identificaciones, envoltorios de lo éxtimo.

Es un concepto que nos guía, incluso en la práctica con el autismo.

¡Tratemos nuestro autismo para entrar en la Conversación! Esta podría ser una máxima en Zadig.

En este sentido – intenté en otro texto ensayar esta idea – la extensión al campo de la opinión, del trabajo en las Escuelas de psicoanálisis de la Orientación Lacaniana, es como la continuación de lo analítico por otros medios.

Cité también una referencia de Lacan que no por temprana (Seminario 1) es de menor actualidad, cuando al final de la clase Más allá de la Psicología, se pregunta: «¿Deberíamos impulsar la intervención analítica hasta entablar diálogos fundamentales sobre la valentía y la justicia, siguiendo así la gran tradición dialéctica?»[8]

¿Será esto una ilusión?

Freud se refirió en su texto de 1927, El porvenir de una ilusión, al “… hecho asombroso de que, en general, los seres humanos vivencian su presente como con ingenuidad, sin poder apreciar sus contenidos; primero deberían tomar distancia respecto de él, vale decir que el presente tiene que devenir pasado si es que han de obtenerse de él unos puntos de apoyo para formular juicios sobre las cosas venideras.”

¿Qué es pensar y vivenciar el presente “como con ingenuidad”?

Ser ingenuo ante la cosa pública es, por ejemplo, no tener en cuenta el régimen de la pulsión y la topología de la extimidad.

Hay otras ingenuidades, pero sólo nos ocuparemos de estas.

En el mismo texto continúa Freud: “…la vida humana…abarca todo el saber y poder hacer que los hombres han adquirido para gobernar las fuerzas de la naturaleza y arrancarle bienes que satisfagan sus necesidades; por el otro, comprende todas las normas necesarias para regular los vínculos recíprocos entre los hombres y, en particular,la distribución de los bienes asequibles. Estas dos orientaciones de la cultura no son independientes entre sí; en primer lugar, porque los vínculos recíprocos entre los seres humanos son profundamente influidos por la medida de la satisfacción pulsional…y en segundo lugar, porque el ser humano individual puede relacionarse con otro como un bien él mismo, si éste explota su fuerza de trabajo o lo toma como objeto sexual…”

Hay allí una conexión otra vez, entre lo individual y lo social. Por qué no llamara “«juntura íntima», como llama Lacan a lo que sufre un severo desorden en la psicosis?

La juntura íntima entre la satisfacción pulsional y los vínculos con los otros.

La juntura es un invento que vela, a la vez que hace de lo éxtimo, el fundamento del lazo.

Hay un desorden que tratar en la juntura íntima de Zadig, que emerge por momentos, en algunos lugares (Argentina, España…)  que llamaremos entonces: Polarización.

El primer y más notable efecto de la polarización es la inercia que conduce al freno o incluso al rechazo producido al nivel de las iniciativas.

Recordemos a Miller en Campo Freudiano, Año cero: todo está por inventarse…En el marco fijado por mis primeras decisiones, ¡campo libre a las iniciativas!

En nuestro caso, en Argentina, un nombre que engloba polarización, inercia, freno y rechazo de las iniciativas, un verdadero pantano de sentido, es “la grieta”.

Grietas hay en todas partes.

“Grieta” no es extimidad, es un nombre para tapar lo insoportable que la extimidad destila. Es un sentido fijo que se interpone entre S1 y S2, velando el intervalo real.

Es un nombre que inmediatamente organiza los campos de fuerza y distribuye las posiciones, según un orden.

Podríamos escribir grieta/extimidad, en donde la primera vela a la segunda, estructural.

Es evidente que en la política hay posiciones diferentes, muchas veces opuestas y hasta irreconciliables. Pero también esa diferencia se puede transformar en un nombre del no querer saber…algo más que la evidencia, para tocar el real que nos habita. Saber que los análisis, justamente, promueven.

¿Tendremos que interrogarnos por los análisis cuando no se puede atravesar la evidencia? No lo sé.

Así las cosas, quizá no sea ocioso un llamado a la humildad en Zadig, tal como hemos aprendido con los análisis.

Estos no hacen sujetos nuevos totalmente desprendidos de sus orígenes. Pero sí lo transforman en sus relaciones con las identificaciones, los significantes amo y el goce, reduciendo el padecimiento y conectando de la buena manera con el goce de la vida.

Quizá Zadig tampoco esté llamado a hacer nacer un nuevo orden.

El psicoanálisis no sobrevivió en la vieja Unión Soviética a la revolución de octubre de 1917, empantanado en el sentido de la polarización “proletario-burgués”. Tampoco el régimen neoliberal garantiza su existencia, sino que empuja a su desaparición con su grito vacío de sentido: “Evaluación y eficacia!”.

Quizá Zadig, solo tenga en su horizonte echar cierta luz sobre las oscuridades que las verdades absolutas no dejan ver. No es poco.

La experiencia de las relaciones del psicoanálisis con la política en Argentina pre Zadig, nos enseña que los analistas podemos tener una fuerte presencia e incidencia en la micropolítica (Salud Mental, Educación, Familia…).

Con Zadig podemos abrir la puerta para participar en los grandes debates de la macropolítica.

Sabemos que ahí habrá un límite a la Conversación, porque no todos tenemos la misma idea sobre “la distribución de los bienes asequibles”, ni sobre qué es tomar al otro como objeto y explotar su fuerza de trabajo, como decía Freud.

Pero en el camino, antes de dar paso a lo que solo se juega en las urnas y en las calles, habremos trabajado e incidido sobre lo que es inaceptable de cualquier régimen político: la colonización de las subjetividades y el borramiento de la singularidad.

Si es que somos verdaderamente analizantes, nuestro discurso siempre será subversivo, en el sentido de bordear un real. Tocarlo quizá sea demasiado.

*Psicoanalista de la AMP (EOL).

 

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

 

[1] Freud, S. Psicología de las masas y análisis del yo. 1920. Amorrortu Editores, Vol XVIII.

[2] Lacan, J. Seminario La lógica del fantasma. Clase del 10/5/67

[3] Lacan, J., La instancia de la letra en el inconsciente o la razón después de Freud. Escritos. Buenos Aires: Siglo veintiuno. 2002, p. 540.

[4]Lacan, J. La dirección de la cura y los principios de su poder. Escritos 2. Siglo Veintiuno Editores. Buenos Aires. 2010. Pág 568

[5] Lacan, J. Conferencia en Ginebra sobre el síntoma

[6]  Lacan, J. Seminario Libro 10, La angustia. Ed. Paidós. Buenos Aires. 2010. Pág 299.

[7] Aromí, A. Razón de un fracaso. Texto del 31/1/18, leído en la soirée de la AMP en enero 2018

[8] Lacan, J. Seminario Libro 1, Los escritos técnicos de Freud. Ed. Paidós. Buenos Aires. 1981. Pág 199

 

 

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