La locura ordinaria de los mercados financieros*

 

Gilles Chatenay**

 

 

“Todo el mundo está loco”, pudo decir Lacan. Todo el mundo, y entonces el homo economicus también. Pero de ¿qué locura? Amartya Sen considera que la teoría económica estándar le supone a este ser un “idiota racional”.[1] Es un idiota en el sentido del goce del idiota: el agente económico maximiza sus satisfacciones, su utilidad, sin tener en cuenta a los otros, sus elecciones son aisladas. Y este idiota es racional: sus elecciones son coherentes.

La crítica de Amartya Sen es seductora: de hecho, las elecciones no están aisladas, y sobre todo, ella plantea La gran cuestión de la teoría económica estándar: ¿por qué milagro la competencia de todos contra todos podría llevar a otra cosa que al caos? Pues, de hecho, si los mercados van de depresiones en elaciones, no son todos hechos caóticos. Y además, fundamentalmente, el segundo axioma de la teoría después de este del egoísmo racional de los agentes, plantea que sus decisiones en principio incoordinadas llevan a un equilibrio general. Una Mano Invisible guía los mercados, hay una astucia de la razón en la historia económica, los agentes juegan sus bolas bajo la vigilancia de Otro absoluto que Adam Smith, el autor de la Mano Invisible, pudo también llamar el “espectador imparcial”.[2] Figuras superyoicas que personalmente encuentro un poco persecutorias.

La posibilidad de la existencia de un equilibrio general de mercado ha sido demostrado en 1954 por Kenneth Arrow y Gérard Debreu:[3] el Otro absoluto de la economía podría bien existir. Y, en la realidad, sobre los mercados, los agentes hacen existir la Mano Invisible, hacen existir lo que se llama El Mercado ‒ “no me reprochen de hacer caer los valores vendiendo, al contrario, es El Mercado que lo quiere”.

Discreta paranoia, ¿o neurosis común? Quizás neurosis, porque la teoría se adaptó a una incompletud. Además, el mismo Kenneth Arrow subrayó que las condiciones de posibilidad de existencia de un equilibrio general de mercado no podrían encontrarse en la realidad. En efecto, una condición esencial para eso sería la existencia de un “sistema completo de mercados, permitiendo ‘cubrirse’ contra todos los estados posibles de la naturaleza, ¡de ahora hasta el fin de los tiempos!”[4]

Más allá, me pregunto si este Mercado mítico no sería solamente incompleto, sino además inconsistente. Por ejemplo, puede ocurrir, y a menudo sucede, que una empresa que tiene  ganancias y tiene su cartera de pedidos llena, pasa a lo que se llama los “despidos en el mercado de valores”, y así vaya en contra de su buena salud, al punto de entrar a veces en un círculo vicioso anoréxico. Los mercados financieros pueden regularmente entrar en contradicción con la lógica empresarial. Esto es sugerir una inconsistencia del Mercado en singular, es decir una inexistencia del Otro de la economía.

“Sé bien que el equilibrio general no existe, pero sin embargo para construir mis modelos  hago como si”. ¿Desmentida perversa? ¿Perversión de modeladores? ‒No, porque ellos no apuntan a la angustia del Otro, es el Otro que los angustia.

Del Mercado singular al plural de los mercados, acorto ahora la distancia focal de mi pequeña clínica salvaje, pero que espero divertida, por suponer a los mercados financieros una locura ordinaria ‒que no es decir psicosis.

En lo que se llama la economía “real” por oposición a los mercados financieros, los precios, es decir cifras escritas en monedas, son en parte forzadas por  factores externos a los mercados (escasez de los bienes o abundancia, etc.). No es el caso de los mercados financieros. En estos, las cifras se liberan de cualquier restricción externa, y las operaciones, por cierto, efectuadas en forma muy masiva por mecanismos numéricos, son lanzadas con estas cifras únicas, sobre las anticipaciones de estas cifras. Pero estas anticipaciones no pueden racionalmente basarse más que en la confianza de una “convención”[5] implícita y compartida que, salvo accidente, va a continuar el curso de las cosas como ahora. Sin embargo, ocurre que la confianza esté afectada en esta nueva Mano Invisible, en este Otro numérico absoluto. Los operadores entran entonces en una trampa especular donde sus anticipaciones son anticipaciones de las anticipaciones de los otros operadores: en espejo. Las especulaciones financieras, maníacas o depresivas, manifiestan una regresión tópica al estadio del espejo.

¿Psicosis maníaco-depresiva? Pero tratar de anticiparse sobre las anticipaciones de los otros vuelve a interrogar el deseo de estos. Y en definitiva, apostar sobre una orientación futura del mercado equivale a invocar el deseo del Otro con una gran A: locura histérica.

Último punto. Nombremos las crisis financieras como un síntoma en el sentido psicoanalítico: revelador de la lógica de los mercados. Nosotros vivimos en una época de financiación, esta lógica se impone entonces a todos. El discurso de nuestro capitalismo atañe a la locura histérica.

Texto publicado en la revista Enlaces.

Traducción realizada por María Leonor Solimano

* Trabajo presentado en el XI Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis – AMP “Las psicosis ordinarias y las otras bajo transferencia”, 2 al 6 de abril de 2018.

** Psicoanalista de la AMP (ECF):

[1] Sen, A., “Des idiots rationnels. Critique de la conception du comportement dans la théorie économique”, Éthique et économie, PUF, col. “Quadrige”, París, 1993. A. Sen fue premio Nobel de economía (de hecho “Premio de la banca de Suecia en homenaje a Alfred Nobel”) en 1998.

[2] Cf. Smith, A., Teoría de los sentimientos morales (1759), Alianza, Madrid, 2013, La riqueza de las naciones (1776),  Aliaanza; Madrid, 2011.

[3] K.J. Arrow y G. Debreu (fueron también premios Nobel) “The Existence of an Equilibrium  for a Competitive Economy”, Econometrica,  vol. XXII, 1954, pp. 265-290.

[4] Favereau, O., “Incomplétude de la rationalité, rationalité de l’incomplétude”, intervención en el Coloquio “Los cálculos del sujeto.Economía y psicoanálisis”, septiembre de 2017,  París (de pronta publicación). Sobre la incompletud de los mercados ver Arrow, K. J., “Limited Knowledge and Economic Analysis”,
The American Economic Review, Vol. 64, N° 1, American Economic Association, marzo de 1974, pp. xiii-xiv+1-10.

[5] “[la] convención consiste esencialmente […] en la hipótesis que el estado actual de los asuntos continúen indefinidamente a menos que se tengan razones definidas de esperar un cambio”. Keynes, J. M., Théorie générale de l’emploi et de la monnaie, Biblioteca científica Payot, París, 1969, p. 167.

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