La espiral a la que nos arrastra nuestra época

 

Luisella Brusa*

 

Las migraciones de masa que están ocurriendo nos involucran directamente a cada uno de nosotros, a muchos como clínicos comprometidos en el tratamiento de los sufrimientos de los “extranjeros”, a otros, simplemente como ciudadanos situados ante la continua tragedia de las muertes en el mar y la responsabilidad de responder a la demanda de acogida.

La práctica del psicoanálisis nos enseña que el extraño está también dentro de nosotros. Nos enseña igualmente que esta extrañeza genera síntomas y angustia, una angustia a veces intolerable. Y nos enseña también que la superación de los síntomas y la angustia no depende de la buena voluntad. Si así no fuera, el psicoanálisis no se distanciaría de las TCC y de otras variadas doctrinas normativas.

Los datos acerca de la criminalidad en Italia en los últimos 5 años, evidencian, en todo el territorio, una neta disminución en hurtos y rapiñas (-13% a nivel nacional y -45% en grandes ciudades según los datos del ISTAT). Esto bastaría para quitar realismo a la amenaza de la inmigración reciente. Sin embargo, la llegada de las barcazas es vivida con miedo, como un riesgo para la seguridad.

Lo colectivo, tal como ocurre con lo subjetivo, se ilumina cuando es relacionado con la historia.

Lacan nos enseña a leer en la globalización la declinación de la dialéctica entre universal y particular, la degeneración del universal en universalismo. [1]. Según el Witz de un colega catalán en ocasión del Foro de Turín, sentimos cada vez más estar viviendo en un Estado de (el – tengo) Derecho. Desafortunadamente en este Estado no existen ya los derechos adquiridos. En semejante contexto la angustia social está amplificada y sin forma, el extranjero es el blanco más fácil que podemos imaginar para darle cuerpo.

La globalización renueva la angustia de los momentos de grandes cambios, que leemos en algunos momentos de la historia pasada.

C.B. Mac Pherson en su precioso análisis del nacimiento de la subjetividad moderna, The political theory of Possessive  individualism [2], resalta la angustia social en los momentos iniciales del capitalismo. En el momento en que la economía de mercado introdujo en el lazo social la competencia por la ganancia ilimitada, con una posibilidad destructiva inédita, cada uno se encuentra repentinamente expuesto al riesgo de perderlo todo en cada momento. Es una condición que conviene calibrar muy bien cuando hablamos de discurso capitalista y de la subjetividad plasmada por el nuevo lazo.

Sobre este empuje fueron inventadas las instituciones sobre las que se asienta aún nuestra vida colectiva, soluciones simbólicas que reformularon el marco institucional y aplacaron así la angustia dando a cada uno un lugar: a los protagonistas de la escena política precedente que se sentían amenazados y a los “extraños” que la historia empujaba hacia adelante.

Pero estamos en una nueva fase, la globalización presiona por la desintegración de los conjuntos nacionales en los que estas soluciones se propagaron y escribieron modulándose según la particularidad de los pueblos.

Con la inquietud también resurge la sirena fascista, que se presenta históricamente como la solución más fácil en los momentos de grave angustia social. En Grecia, Italia, Francia, España en cada ronda electoral la espiral por la que somos arrastrados es cada vez más evidente.

En Italia, el antifascismo está escrito en la Carta Constitucional, pero esto también ha sufrido la debilitación simbólica de todo lo que es nacional, operado -en este caso- por nuestra instancia globalizadora más próxima, la UE.

No se puede detener el proceso de globalización más de lo que hubiese podido detenerse la nueva economía de mercado de hace cinco siglos. Sabemos que la nostalgia por el pasado no aporta las soluciones pues los tiempos cambian. Sin embargo, de la velocidad con la que el proceso avanza depende la eventualidad de que la subjetividad pueda encontrar sus formas de adaptación. K.Polany ha demostrado la importancia de las medidas tomadas en la época para frenar los efectos devastadores que la nueva economía del mercado producía sobre el cuerpo social. Y dedujo que “no sería necesaria una gran elaboración para llegar a concluir que un proceso de cambio indirecto cuyo transcurso es considerado demasiado rápido, debería ser ralentizado, en la medida de lo posible, para salvaguardar el bienestar de la comunidad” [3]. No es difícil compartir su conclusión, de que disposiciones de esta índole al comienzo del novecento habrían tenido más posibilidades de evitar el éxito de los fascismos que la que tuvieron las condenas morales. Sabemos que J.M. Keynes, en aquellos momentos, también trató en vano de hacerse entender intentando lo mismo [4].

La experiencia del psicoanálisis nos hace sentir la urgencia de invenciones simbólicas que reformulen el marco de conjunto de la convivencia y de actos que salvaguarden a la comunidad.

Las ideas nuevas, ay de nosotros, son raras y cuando surgen tardan bastante en abrirse camino.

Como psicoanalistas estamos en primera línea para poner el oído.

 

*Psicoanalista de la AMP (SLP)

Traducido por: Luisella Rossi.

Fotografía seleccionada por el editor del blog

[1] J.Lacan, Nota sul padre e l’universalismo, La psicoanalisi n. 33, Astrolabio, Roma, 2003.

[2] C.B. Macpherson,The political theory of Possessive individualism. Hobbes to Locke, Oxford University Press, 2011.

[3] Karl Polany, La grande trasformazione. Le origini economiche e politiche della nostra epoca, Einaudi, Torino, 1974, p. 45-46.

[4] John Maynard Keynes, Le conseguenze economiche della pace, 2007, Adelphi, Milano.

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