Malestares en la civilización y “Segregación”

 

 

Santiago Castellanos*

 

Tras la larga noche del 8 de noviembre de 2016, Donald Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos. La pregunta que nos podemos hacer es ¿cómo es posible que un discurso racista, xenófobo y misógino, que promueve el odio, ha calado en más de sesenta millones de personas?

En Europa se calcula que han sido construidos más de 1.200 kilómetros de vallas y cercas antiinmigrantes desde 2015. Los migrantes que huyen de la guerra o de la miseria más absoluta, que buscan sobrevivir desesperadamente, se encuentran con que no se respeta las leyes internacionales de derechos humanos. El mediterráneo se está convirtiendo en una gran fosa común que engulle a miles de personas que encuentran la muerte. Un gran cementerio submarino de seres humanos sin nombre.

La práctica del psicoanálisis, desde sus orígenes, es una fuente inagotable de información sobre la condición humana. Freud escribe en 1915 el texto “Consideraciones sobre la guerra y la muerte” y se pregunta cómo es posible que las grandes naciones de raza blanca, señoras del mundo, a las que ha correspondido la dirección de la Humanidad no hayan podido resolver de otra manera, que no sea la guerra, sus diferencias y conflictos de intereses.[1] La primera guerra mundial no fue tan solo la más sangrienta y mortífera, también infringía todas las limitaciones a las que lo pueblos se obligaron en tiempos de paz -el llamado derecho internacional-. Freud afirmará que a pesar de que la civilización y la cultura tendrían que producir cierta pacificación y educación de los instintos más agresivos y primarios, “en realidad no hay exterminio del mal.”[2]

En el texto “El malestar en la cultura”, enviado al editor una semana antes del 29 de octubre -el martes negro- en el que la Bolsa de Nueva York cayó en picado y del inicio de la “Gran Depresión”[3], unos años antes del ascenso del fascismo en Europa, afirmará que a los que creen en los cuentos de hadas no les agrada oír la innata inclinación del hombre hacia la autodestrucción, la agresión y la crueldad. [4] En una carta escrita a Arnold Zweig el 2 de diciembre de 1927 escribe que “en promedio, consideradas ya todas las cosas, los seres humanos son una gentuza miserable.”[5]

Este planteamiento de que “la tendencia agresiva es una disposición innata y autónoma del ser humano”[6] será retomado por Lacan desde sus primeros escritos en las décadas de los años 30 y 40 del siglo pasado, en los que nos plantea que el sujeto se constituye a partir de las identificaciones imaginarias y simbólicas en una alienación que es la fuente de la génesis paranoica del yo: o yo o el otro.

En 1967 Lacan subrayará que en un mundo en el que los mercados son más globales lo que retornará es “la expansión cada vez más dura de los procesos de segregación.”[7] De esta manera anticipa la deriva de nuestra época, que lleva las marcas del fracaso de los modos tradicionales de regulación del lazo social. Para Freud la función de la cultura en la civilización tendría el papel de contrapesar el instinto de destrucción y muerte frente al instinto de vida.[8]

Era la esperanza de Freud, pero podríamos preguntarnos. ¿Qué ha pasado? ¿Hacia dónde vamos? ¿En qué momento nos encontramos?

La crisis y la caída de los ideales y valores que ordenaban el lazo social han sido sustituidos por nuevos discursos en los que las identificaciones y nuevas identidades promueven el racismo y la segregación, el aislacionismo y el nacionalismo, el odio a lo “extranjero” o diferente. La creciente tendencia de los populismos xenófobos y neofascistas en Europa es una de las consecuencias de este discurso dominante. Y esto lo podemos afirmar sin ningún tipo de añoranza de épocas pasadas, porque el psicoanálisis no hace de ningún ideal la bandera de su orientación clínica, política y ética.

De la experiencia clínica del psicoanálisis aprendemos que la tensión de Eros y Thánatos, propia de la condición humana, está determinada por los deseos inconscientes que se sitúan del lado de la vida y también del lado del odio y la autodestrucción.

En la experiencia de un análisis, el amor de transferencia permite introducir un cierto límite y barreras a la repetición y la pulsión de muerte. Se trata de la experiencia ética de un sujeto en singular que queda advertido de sus propios tormentos de los que podrá tomar, en el mejor de los casos, una distancia y darle una nueva dignidad a la vida. Una analizante hablaba en sesión, hace unos meses, de la iniciativa de un grupo de vecinos de su lugar de residencia que consistía en una masiva recogida de firmas en contra del Plan del Ayuntamiento de Madrid de construir viviendas sociales en la zona. Decía que era más fácil recoger firmas por ese motivo que para reclamar otras necesidades del barrio. El temor a que personas de otro estrato social e incluso migrantes se alojaran allí había despertado esta respuesta. Ella aclaraba que no había firmado, finalmente se orientaba por una posición ética que supone reconocer el derecho de los ciudadanos a vivir en condiciones dignas.

Es en este sentido que el discurso analítico navega a contracorriente de la tendencia de nuestra época. Bauman nos habla de la degradación líquida del amor y podríamos añadir que el actual discurso neoliberal convierte al ciudadano en una mercancía más que puede usarse al servicio de los intereses del mercado. El empuje a consumir es la otra cara de la moneda en que la que el sujeto mismo es consumido, un objeto más que puede ser usado y desechable. El empuje a gozar sin regulación simbólica, propio del funcionamiento del discurso capitalista, del que Lacan escribirá su matema en Milán el 12 de mayo de 1972, nos conduce no a la rivalidad entre hermanos constitutiva del ser hablante, sino a una guerra de exterminio en la que el odio y la segregación son el producto del mismo. La pulsión segregativa encuentra de esta forma un modo de satisfacción. Para Lacan no se trata de un modelo o sistema económico concreto, sino del funcionamiento de un discurso que determina el lazo social y el goce que lo acompaña. Podemos añadir que ese funcionamiento, para que pudiera realizarse de forma completa, precisa de la anulación de la subjetividad y esa es una reducción imposible, porque siempre quedará un resto que será la fuente de diferentes formas de síntomas. Un resto inasimilable que el discurso capitalista, y el discurso neoliberal hegemónico, no puede eliminar.

Quiero terminar este comentario con el último párrafo que escribe Freud en “El malestar y la cultura”, en el que nos deja planteada una pregunta, dice: “A mi juicio el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y autodestrucción (…) Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre (…) Sólo nos queda esperar que la otra de ambas “potencias celestes”, el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la batalla que mantiene con su adversario igualmente inmortal.”[9]

Dos años más tarde, cuando se publicó la segunda edición del libro en 1931, el partido nazi de Hitler acababa de obtener una sorprendente victoria para el Reichstag, con la que pasó de 12 a 107 diputados, y Freud añade una pregunta al texto: “Pero ¿quién puede prever las perspectivas y el desenlace?”[10]

Esta es la pregunta que nos seguimos haciendo. Ese desenlace no está escrito, pero se hace necesario tomar una posición ética en relación al mismo. El discurso analítico tiene desde esta perspectiva un carácter subversivo porque se orienta por una ética que defiende al sujeto y la civilización frente a las derivas mortíferas y autoritarias que nos pueden conducir a lo peor. Es esa nuestra aportación a la política y al estado de las cosas, aunque no seamos, siempre, portadores de buenas noticias.

 

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Intervención realizada en la Conversación de Madrid “Los fenómenos migratorios: modo de la segregación” (3/3/2018)

Foto seleccionada por el editor del blog (La Lonja de la Seda, Valencia).

[1] Freud, S., “Consideraciones sobre la guerra y la muerte”, en Obras Completas, Tomo II, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, p. 2102.

[2] Ibid., p. 2105.

[3] Gay, Peter., Vida y legado de un precursor, Freud”, Paidós, Madrid 2010, p. 606.

[4] Freud, S., “El malestar en la cultura”, en Obras Completas, Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, p. 3052.

[5] Gay, Peter., Vida y legado de un precursor, Freud”, Paidós, Madrid 2010, p. 598.

[6] Freud, S., “El malestar en la cultura”, en Obras Completas, Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, p. 3052

[7] “Nuestro porvenir en los mercados comunes encontrará su contrapeso en la expansión cada vez más dura de los procesos de segregación”

Lacan, J. “Proposición de 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”. Otros Escritos, Paidós, p. 276.

[8] Freud, S., “El malestar en la cultura”, en Obras Completas, Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, p. 3053.

[9] Freud, S., “El malestar en la cultura”, en Obras Completas, Tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, p. 3067.

[10] Gay, Peter., Vida y legado de un precursor, Freud”, Paidós, Madrid 2010, p. 616.

Anuncios