Las huellas de un exilio

 

Ana Lía Gana*

 

El término inmigrante de reciente uso viene al lugar de otro más antiguo el de exiliado, de tradición griega y romana. Voy a servirme de este término porque tiene resonancias con la subjetividad. En tanto que mi punto de partida para pensar la subjetividad de la época es el psicoanálisis, y esta subjetividad contemporánea está en movimiento a consecuencia de la globalización, a las nuevas comunicaciones, internet, que acorta la distancia entre los ciudadanos del mundo, vivimos entonces en lo que podemos llamar la aldea global a ello se suma el hecho actual de la precarización de los países y las guerras, como la que ocurre en la vieja Siria. Esto ha dado lugar a una diáspora frente a la cual la Unión Europea, ha repartido cupos entre sus países miembros para la acogida de refugiados, como reza un cartel en la fachada del ayuntamiento de Madrid “Welcome Refugiados”. Sabemos que estos cupos no se han cumplido.
Si nos remitimos a épocas pasadas, como podemos ver en la mitología griega, en la obra de Homero, Odisea, su principal personaje Ulises, quién salió de Ítaca, a la que siempre añoraba… con el final que todos conocemos. Así un día uno tuvo que salir de la casa paterna, de la infancia, paraíso perdido, lugar al que no se retorna jamás. El exilio del Otro es algo que debemos atravesar todos y cada uno en tanto sujetos.
El que emigra, sujeto al mismo tiempo como cualquier hijo de vecino, redobla con su movimiento este primer exilio, esto es decir que, en su salida del país natal, se acentúa o se pone en acto aquello que ya le sucedió. Esto es decir que deberá vivir como un exiliado de la casa del Otro, del lugar, del país, de la patria.
El inmigrante redobla con su marcha el primer exilio del campo del Otro, y esto tiene consecuencias, ya que confronta al sujeto con la pérdida de objeto y las vicisitudes de esta. Aunque el hecho de que alguien viva la experiencia de exilio no implica aún que haya inscripción significante. Eso es un proceso que requiere su tiempo. El exilio se va escribiendo en la medida en que el sujeto va situando los objetos perdidos hasta que al final logra situarse en lo que sería la imposibilidad del retorno, o sea en el reconocimiento de que allí hay algo perdido para siempre.
Resta la pregunta por el momento en que se inscribe el exilio, o sea el momento en que el sujeto reconoce que no podrá volver jamás a lugar de donde partió, su origen. Que, aunque vuelva, un retorno le es imposible, «que volver es siempre volver a empezar de nuevo» como decía una analizante.
Ahora bien, el que emigra va a un país extranjero, con un Otro social que tiene su discurso, que lo acoge o lo expulsa, que lo coloca como diferente. Diferencia que puede dar lugar al odio y al racismo. Ya que se ama lo idéntico, lo mismo. La apuesta del psicoanálisis es amar lo diferente.
Freud nos permite plantear una tesis sobre el origen del odio y del racismo: la pequeña diferencia. Si nos internamos en este camino veremos que la misma surge de la diferencia sexual infantil, por lo tanto, frente a un todo portador de un rasgo, lo diferente es lo femenino, lo Otro, lo extranjero.
Esta tesis de la causa del odio en relación con lo diferente se refiere a la presencia de lo diferente en una comunidad de lo mismo. Por ello un inmigrante hace presente para la colectividad de acogida la diferencia. Y habrá que ver que se hace con esa diferencia y como se la soporta. Esta diferencia se refiere a la manera de gozar: “comen cosas distintas, huelen mal, nos quitan nuestro trabajo y mujeres”. Por lo tanto, lo extranjero, es lo enemigo.
Si lo femenino es lo diferente para el hombre, la mujer inmigrante representa lo Otro en un sentido más radical.
Ahora bien, el inmigrante, la persona que llega, porta sus propias marcas, las del Otro del discurso y deberá apropiarse de la lengua del Otro de lo Social, al cual arriba. Allí tendremos distintos posicionamientos, aquel que quiere hablar la lengua del Otro, que quiere ser amable con ese Otro, que quiere entrar en relación con ese Otro. O aquel otro sujeto que tiene una posición de rechazo o de oposición o de un simple usufructuario. Cada uno en ese encuentro reproduce su propia posición.
Hay que interrogar en una sociedad determinada, qué valor se da a los sujetos que acoge. Así vemos actualmente las políticas de cada país en relación con los extranjeros, a los sin papeles. Reino Unido, está aplicando medidas de expulsión y exclusión; EE. UU está pensando una política de otorgar la ciudadanía a los 11 millones de sin papeles no sin determinadas condiciones, pero sabemos que ha levantado un muro para que no entre nadie más. En Argentina no se va a admitir ningún inmigrante más sino cumple determinados requisitos, a la par que se extiende el mensaje de que ellos son los que nos vienen a robar.
El Otro Social lanza determinados significantes, determinadas palabras, que van a ordenar, desde su discurso, la manera de hacer lazo con los sujetos y entre los sujetos. Y desde este discurso se dice lo que se puede o no se puede hacer, es decir que se regula el lazo que se tiene con el inmigrante, con el extranjero, con el exiliado.

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

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