El extraño que yerra

 

Marie-Hélène Brousse*

 

Intrusión

El ser hablante es en primer lugar un cuerpo. Es una de las lecciones que podemos extraer de la lectura de la enseñanza de Lacan. Releyendo sus primeros textos a la luz de lo que Jacques-Alain Miller ha llamado su ultimísima enseñanza, aparece de forma deslumbrante. El primer Lacan reinventa lo imaginario y hace surgir un nuevo complejo apoyándose sobre los avances, entonces recientes, de la etología y de la teoría de la forma; el complejo de intrusión. La buena forma unifica la fragmentación de hecho resultante del funcionamiento del viviente, de sus órganos y de sus sensaciones. Lacan vuelve a ello en 1975 en su conferencia en el Massachusetts Institute of Technology: “Un cuerpo se reproduce por una forma… nosotros lo apreciamos como tal por su apariencia. Esta apariencia del cuerpo humano los hombres la adoran”. Todo el despliegue del estadio del espejo consiste en hacer uno con esta forma, esta imagen que sin embargo es heterogénea a las vivencias del viviente y constituye la matriz del otro como aquél que tiene. La fractura, por ser recubierta, es definitiva. Construye al otro según la estructura de la intrusión y da al yo su color paranoico. El otro es extranjero y es intrusivo: miedo, rechazo y celos, asco u horror. En su texto Lo siniestro, Freud cuenta la experiencia frente al espejo en el que él ve a un anciano, durante un viaje en tren. (1)

Es el otro del animal que marca su territorio, no a sus presas sino a sus semejantes, a los de su especie. El territorio, la propiedad, o por qué el comunismo estaba estructuralmente condenado al fracaso. En función de la dimensión de lo imaginario, lo extraño es en consecuencia estructuralmente intrusivo, abusivo, ladrón, en fin, insoportable. Un analizante contaba recientemente durante una sesión, cómo la instalación provisional de un lugar de residencia para jóvenes migrantes encomendado por la Alcaldía de París a una organización asociativa, y pese al hecho de que todo transcurría notablemente bien, se había producido una petición que exigía su salida. Todos los ocupantes de su inmueble y de los inmuebles vecinos la habían firmado, corroídos unos por la inquietud, otros por el odio. “Márchate”, “cada uno a su casa” variantes del complejo de intrusión y de lo insoportable del otro. Trump es el portavoz planetario que habita en cada individuo, cada especie viviente. Él desvela que el invasor se convierte en invadido, el excluido en excluyente. La invasión y la intrusión son complementarios. El extranjero está ahí. En nuestras puertas, creemos. En absoluto, está en nosotros. El yo es la forma imaginaria del extranjero. El otro es el mismo. La exclusión es pues imposible. La imagen, adorada u odiada, es necesaria, en el sentido vital del término. Ningún muro podrá con él. Tampoco ninguna masacre. El otro es incansable puesto que cada golpe que le doy me daña. Es el punto de imposible de la dimensión de lo imaginario.

Diferencias

La única especificidad de la especie humana es su tipo de lenguaje, sonoro, articulado y que puede pasar a la escritura. Todos los seres vivos humanos son seres hablantes. Emitan palabras o no, habitan el lenguaje. Más bien, como sujetos, el efecto. Pero…hablan lenguas diferentes. El mito de Babel muestra la otra dimensión de lo imposible, consecuencia de lo simbólico, que resulta de ello. Existe el lenguaje, es una forma del Uno, pero hay lenguas. Ésta es, me parece, la raíz de cualquier diferencia y por tanto de lo múltiple. En su espectáculo, Democracy in America, R. Castellucci, hacía decir a los indios, nombre genérico dado por los europeos a los pueblos que vivían en esas tierras en las que ellos mismos acababan de desembarcar: “Sus palabras no son nuestras palabras” y en la película Little Big Man de Arthur Penn (1970) los indios se nombraban a sí mismos con un nombre traducido por “seres humanos” aplicable únicamente a ellos mismos. Podríamos pensar también en el contacto entre los conquistadores y los pueblos autóctonos de América del Sur, buscando por una parte y por otra cómo clasificar al extranjero en una categoría de su propia lengua.

La razón de la diferencia está en la palabra y su doble poder: nominación y metáfora. La nominación por la palabra permite creer en el ser y la metáfora, en el sentido de que se cree siempre, por el poder del discurso, sentido común y que por supuesto es todo salvo sentido común. Malentendido garantizado. Añadamos que la palabra tomada en la combinatoria de lo simbólico se convierte en una clase y que una clase puede funcionar en el campo del discurso del amo, es decir de la dominación, como discriminación.

Es entonces la potencia del lenguaje la que puede garantizar el Uno y lo universal: “todas las lenguas”, “todos los parlêtres”, “todos los hombres”, pero como Lacan lo muestra por la invención de la lógica de la sexuación, este Uno de lo universal exige la existencia del Uno de la excepción. Los derechos del Hombre, palabra que confunde entre seres hablantes y seres machos, conquista de las Luces, exigen pues una excepción. Hasta el final del siglo XIX, esas fueron, por todas partes las mujeres, que estaban excluidas de esos derechos. La diferencia tiene como consecuencia la exclusión, o para formularlo mejor, la exclusión es uno de los tratamientos de la diferencia. Planteemos entonces que el Extranjero, en la dimensión de lo simbólico, es uno de los nombres dados a la diferencia. No sorprende entonces que las mujeres la hayan encarnado prioritariamente en los discursos del amo. El Extranjero es lo femenino. Es la Extranjera. Y ser diferente feminiza. El todo implica un resto, pide como mucho una categoría, “diverso”, que se caracteriza por lo heteróclito. Por la invención de una lógica de la sexuación, Lacan en el seminario Aún, permite salir de la aporía del Uno de la excepción y por tanto de la dictadura del todo y de lo universal: Pas tout (no todo) diferente del “pas du tout” (en absoluto). Eso tiene un coste: la democratización, para decirlo de forma cómica, del uno y su soledad. Jacques-Alain Miller ha desplegado sus consecuencias y ha mostrado que ella constituía el eje mayor de la clínica de la época en la que vivimos, clínica de los unos-todo-solos, a la que intenta oponerse los vértigos de una política llamada de minorías. ¿Por qué “vértigos”? Porque estas llamadas minorías vuelven a caer inevitablemente en la psicología colectiva del Yo. Interpretan la diferencia a partir de la dimensión imaginaria y no escapan entonces de la pareja intrusión/invasión.

Síntoma

¿Cuál es el acercamiento que el psicoanálisis puede aportar al extranjero, el extraño-que-yerra?

Jacques-Alain Miller en su curso del 14 de marzo de 2007 muestra que la fórmula del último Lacan sobre la finalidad del análisis “identificarse a su sínthome” consiste en “reconocer su identidad sintomática”. Añade: “después de haberla recorrido, deshacerse de los desechos heredados del discurso del Otro…identificarse, con una especie de distancia, la de la elevación del inconsciente al sinthome. Un análisis trata en efecto el inconsciente de dos maneras: por el desciframiento de las formaciones del inconsciente cuya interpretación, sin fin, contribuye a alimentar el sentido. Pero, poniendo de relieve que cualquier sentido es un semblante y que la historia de cada uno está hecha de azares y de contingencias, un análisis permite cernir lo que, fuera de sentido, organiza esta historia. Es una marca de goce que, repitiéndose, constituye un axioma. Este axioma anima, orienta a cada parlêtre en la deriva que constituye su vida. Esta consistencia es el elemento de real en cada sujeto hablante. No existen dos marcas semejantes. No existen dos identidades sintomáticas parecidas. Lo imaginario encuentra ahí por tanto su límite, y también lo simbólico. Ese real despejado en análisis permanece ciertamente extranjero en parte, inexplicable, pero ya no da miedo, ni horror. Se nombra.

El análisis es lo que permite un uso, ni intrusivo ni exclusivo de este extranjero que me habita y que soy, a entender con el equívoco en francés entre ser y seguir (NT).

*Psicoanalista de la AMP (ECF)

 

Traducción: Fe Lacruz

 

  1. S. Freud, nota, en la tercera parte de Lo siniestro (traducido al francés por La inquietante extrañeza). 1919

NT:

Ambos verbos: être (ser) y suivre (seguir) se conjugan en la primera persona del presente de indicativo como, je suis.

 

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