CATALUÑA, SÍNTOMA DE EUROPA

 

 

Miquel Bassols*

 

Invitado por el grupo impulsor de la red Zadig de Bruselas. “ La Compañía de Erasmo”, intervine el 30 de enero en un Foro abierto al público con el tema “ El suicidio de los Estados-nación”, dedicado al Estado de derecho, las naciones de Europa y Cataluña.

Intervinieron previamente Alexander Stevens, impulsor de “ La Compañía de Erasmo”, y Antoine Cahen, Secretario de la Comisión Libertades Civiles, Justicia y Asuntos internos del Parlamento Europeo.

El debate fue amplio e intenso, prueba del gran interés que el “ síntoma Cataluña” tiene para nuestros colegas belgas y flamencos.

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El año pasado escogimos la expresión “síntoma Cataluña” para abordar una cuestión, un real, que vuelve de tanto en tanto en la historia de España y que ha producido recientemente algunos movimientos, incluso terremotos, en la península ibérica. Son terremotos, que se han hecho sentir también más allá de las fronteras españolas, y muy especialmente aquí en Bélgica, en las calles de la ciudad de Bruselas en las que 50.000 catalanes se han manifestado hace bien poco, el mes de diciembre pasado, y donde su presidente, Carles Puigdemont, ha tenido que refugiarse de la persecución de la justicia española. Esta cuestión, llamada “ síntoma Cataluña”, ha merecido la creación de una red Zadig propia de Cataluña al lado de la red Zadig-España, propuesta como tal hace un año por J.A.Miller que ha estado siempre muy atento a su singularidad. He de decir que la red Zadig propia de Cataluña, llamada “Rel i Llamp”, ha tenido de momento una actividad muy modesta, incluso silenciosa, como el relámpago del que se espera el sonido del trueno para saber a qué distancia se ha producido. La sorpresa ha sido que, esperando durante este tiempo el sonido del trueno, el “ síntoma Cataluña”, que habíamos pensado como un síntoma propio de España, ha resultado, se ha mostrado según todos los indicios como un síntoma también de Europa. Lo que quiere decir que sus raíces eran de manera subterránea más expansivas, más transnacionales, más translingüísticas y más transidentitarias de lo que podíamos pensar.

Es la hipótesis que quiero considerar esta tarde con vosotros: lo que está pasando hoy en Cataluña es una cuestión que interroga la naturaleza, la definición, la construcción misma de Europa como una unidad política y social. Y si Europa sigue considerando- diremos que de manera “diplomática”- esta cuestión encarnada por el “ síntoma Cataluña” sólo como un “asunto interno” de uno de sus estados-nación, un asunto del que sería mejor desentenderse, entonces esta Europa seguirá ignorando la apuesta que puede hacer de su construcción alguna cosa más que un club prisionero de la caducidad de sus estados –como decía hace poco Ernest Maragall-, una caducidad ante el tiempo lógico de la vida de sus ciudades, de sus regiones, de sus naciones.

Eso toca, en efecto, la propia historia de Europa en el transcurso de lo que consideramos hoy como el declive definitivo del sistema post –westphalia de los “ estados-nación”, el sistema surgido en el siglo XVII que ha configurado la arquitectura europea con tal de restablecer un equilibrio entre las potencias y las soberanías nacionales que fueron tomando esta forma. España encarna de hecho un ejemplo muy paradigmático del fracaso de construcción de un estado-nación, puede ser el mejor ejemplo de este declive porque este declive es su propia historia, el declive de su Imperio precisamente a partir del siglo XVII y de la revuelta de las “Provincias Unidas”( los Países Bajos) contra la monarquía de Felipe II, momento histórico que Blandine Kriegel ha analizado tan bien en su libro,  La République et le Prince moderne1 , como el verdadero origen de la República en Europa.

Podemos decir que España no ha podido constituirse realmente como un Estado-nación que hubiera seguido el ejemplo de sus vecinos, Francia o Italia, o la Revolución francesa o la unificación promovida por Garibaldi y Cavour que crearon su unidad política y social, una unidad fundada siempre, como decía Ernest Renan, en un mito del origen más o menos consistente. España carece de un mito del origen parecido. El resultado, dicho brevemente, es que España no existe. Lo que existe son las Españas como una mezcla heterogénea de naciones más o menos constituidas como tales y entre las cuales la nación catalana ha tenido siempre un lugar de excepción y para la cual se ha buscado, también sin conseguirlo nunca, “ el encaje”, la articulación. La adaptación. “ Las Españas”, es así por otra parte como se conocen en los diversos territorios del Imperio. No haré aquí la historia detallada de esta inexistencia y de este encaje imposible que pueden encontrarlo muy bien descrito por diversos historiadores. Subrayaré nada más la última fórmula que intentó construir esta unidad imposible y que fue nombrada “Estado de las autonomías”. La expresión fue acuñada por el filósofo Ortega y Gasset, promotor entre otras empresas de la traducción al español de las obras completas de Sigmund Freud, en el momento de la segunda República antes de la guerra de España de 1936. José Ortega y Gasset escribió precisamente un libro clásico que lleva el título de La España invertebrada donde expone a su manera lo fallido de aquello que haría la unidad, el Uno de España. Fue también el primero que hizo correr una expresión que indica el intento de encontrar una fórmula para la España democrática de las autonomías. Era el “ café para todos”. Podemos decir que esta fórmula ha intentado regir el real de las Españas después de la muerte de Franco con el régimen del 78, momento de la redacción de la Constitución española, hasta hoy en día: es el Uno del “ café para todos”, ideal de una justicia distributiva guiada por una homogeneización, ideal que hoy claramente ha fallado. Para resumir la historia de las Españas de la transición, una transición de hecho nunca acabada, diré que este “ café para todos” se ha demostrado finalmente como un “ café para ninguno” a fuerza de no haber podido formularse desde un principio como un “café para cada uno”, cosa que hubiera sido muy diferente y mucho más lógica siguiendo la distinción que conocemos en la enseñanza de Jacques Lacan. El “café para todos” borra necesariamente la singularidad y se fundamenta en la segregación de la excepción, excepción que Cataluña siempre ha tenido cierta satisfacción de encarnar, también cabe decirlo. El “café para cada uno” quizá habría podido construir un conjunto regulado por un “no todo”, un “no todo” que velara por la singularidad, más allá del necesario reconocimiento de cualquiera por el otro, momento hegeliano que nunca llegará a configurar una forma política viable.

Digamos pues que la política de Ortega y Gasset del “café para todos”, inspiradora de toda una política sostenida de varias maneras y que la monarquía española ha intentado encarnar también, ha sido el intento de vertebrar España con el Uno del “ para todo x” que define para nosotros, psicoanalistas lacanianos, la lógica fálica masculina, siempre al precio de ignorar el real que lleva a la imposibilidad de constituirse como única. El proyecto federalista, que lamentablemente ha fracasado siempre en las Españas, tal vez hubiera podido partir de otra lógica para tratar este real propio de su historia y con el que se topa una y otra vez el ideal de “una autonomía para todos”. Autonomía de todos ¿en relación a qué o a quién, concretamente? Es aquí donde se abre el vacío del Uno de la España que no existe y que vuelve de tanto en tanto, siempre con resultados trágicos. Encontramos en esta vía el límite de un real que hace objeción a la política, a falta de la función del “ Más Uno” necesario para ordenarlo con una otra lógica, un “ Más Uno” que no ha funcionado nunca en la historia de las Españas. Y cabe decir que el rey actual, Felipe VI, una vez más no ha llegado a tener éxito en la función a cumplir, a hacer semblante al menos, de esta función, muy especialmente en el momento, trágico en efecto, del día 1 de octubre pasado cuando la fuerza indiscriminada de la represión del Estado español cayó sobre la población catalana de un modo que nunca, nunca,  habría sido aceptada en ningún país de Europa. En este caso, como en la persecución y puesta en prisión de los representantes políticos, elegidos democráticamente, y los representantes de movimientos sociales, el único recurso a la Legalidad como argumento, a falta de una verdadera conversación política, no tiene límites. Es en nombre de las Legalidades, incluso de una Constitución española que ya no puede ser respetada por unos y otros, que se pueden sobrepasar todos los límites. Y, lo saben muy bien por el dicho francés, “cuando se sobrepasan los límites ya no hay límites”. Como decía Alexandre Kojêve –en una preciosa referencia, “La noción de la autoridad”, que he conocido gracias a Antoine Cahen- “la legalidad es el cadáver de la Autoridad, o más exactamente su “momia”- un cuerpo que perdura, aunque esté privado de alma o de vida”. “La autoridad- subraya Kojève- excluye la fuerza, el Derecho la implica y la presupone, incluso siendo una cosa diferente a ella”.2

Diagnóstico, pues: El Estado español ha perdido su autoridad política en una parte muy importante de su territorio y no le queda más que la fuerza física y el Derecho del Estado- no el Estado de derecho- para defenderse.

Cabe precisar el momento decisivo que esta pérdida de autoridad del Estado ha hecho síntoma en Cataluña. Coincide concretamente con el crecimiento insospechado del independentismo que en el 2006 era solo de un 15% de los electores catalanes y que ahora, doce años después, es de un 48%. Y cabe suponer que este porcentaje no se parará siguiendo esta lógica imparable.

Hay una discusión sobre la cronología que ha desencadenado y alimentado este aumento progresivo, pero parecen bastante claros los siguientes momentos:

  • Septiembre 2005. El Parlamento catalán aprueba, con un 90% de votos a favor, la propuesta de un nuevo Estatut de Autonomía que parecía entonces una buena manera de reinscribir Cataluña en el Estado español, de encontrar “el encaje”. El presidente socialista del gobierno español, Rodríguez Zapatero, le da su apoyo, el Parlamento español da su acuerdo por mayoría, aunque un sector habla ya de “cepillar”, de pasar el “ribot” ( cepillo de carpintero) a este Estatut, especialmente en lo que concierne al reconocimiento de Cataluña como nación. El proyecto federalista era sin duda, y una vez más, la perspectiva en esta nueva coyuntura que habría gustado a una mayoría.
  • Julio 2006. El Partido Popular lleva a cabo un recurso contra el nuevo Estatuto ante el Tribunal Constitucional. Nadie en España parecía darse cuenta del calado real de esta operación que promovía una progresiva judicialización de la política y una politización del poder jurídico. La conversación política quedará desde entonces en suspenso. Es aquí donde comienza a borrarse de manera manifiesta la separación de poderes que funda el Estado de derecho. Es el momento del desencadenamiento y el retorno de lo reprimido que dará consistencia al síntoma Cataluña.
  • Junio 2010. El Tribunal declara inconstitucional una parte importante del Estatut aprobado por los Parlamentos sin ofrecer ninguna alternativa. El bloqueo de la conversación política, la suspensión de su autoridad en las fuerzas políticas de los Parlamentos, se desplaza con el recurso constante y único a la Legalidad, a una Constitución que, recordemos, seguía sin reformarse desde 1978 y a la cual el Partido Popular de entonces ( Alianza Popular) no había querido dar su pleno acuerdo. Es una paradoja más: aquellos que ahora promueven un recurso constante a la Legalidad de la Constitución no habían dado su pleno acuerdo a la misma Constitución en el año 1978.

La continuación es bien conocida: manifestaciones masivas y pacíficas de catalanes, cada año, en las calles de las ciudades, “declaración de soberanía” en el Parlamento catalán el 2013 –lo que quiere decir el nacimiento de un nuevo sujeto político que se quiere soberano-, hasta los acontecimientos de este último año con el referéndum “ilegal” y las elecciones “legales” al Parlamento ganadas por las fuerzas independentistas. Se puede definir la situación actual como un modo de “golpe de estado recíproco”. Es como el amor que, según Lacan, siempre es recíproco. Aquí las dos partes pueden decir que se trata de un golpe de estado, ya que Cataluña estaba construyendo ya sus propias estructuras de estado. Es de hecho un conflicto de soberanías y de legitimidades, no de identidades que se mezclan en un mismo espacio. Pero todo esto se convierte en una escalada de represión ejercida a todos los niveles por el Estado español contra una nación sin estado –y, pues, sin ejército, sin poder económico propio, etc.– y que tiene una parte de su gobierno y de sus representantes políticos en prisión o en “el exilio”. En otra época el rey Felipe no dudó en asediar y devastar militarmente la ciudad de Amberes como prueba de la famosa “furia española”. Impensable hoy, queremos pensar, aunque la ministra de defensa española ha dado algunas indicaciones en relación a una intervención del ejercito. Por otra parte, aparecen ya sin tapujos ni restricciones algunas demostraciones en las calles de emblemas del nazismo y del franquismo. Inquietante, más aún cuando las fuerzas llamadas progresistas no saben muy bien cómo responder. Ya no se trata , en efecto, de un  “afer interno” de las Españas sino de un afer que toca lo más íntimo de la difícil historia de la construcción de Europa.

Vuelvo para finalizar a la dimensión lógica que, como nos enseña la experiencia analítica, siempre gobierna finalmente. Es la cuestión lógica en juego también en la construcción de esta Europa, puede ser también tan invertebrada aún como aquellas Españas de Ortega y Gasset. ¿Hay otra lógica posible que dé un lugar a la multiplicidad de las soberanías y de las legitimidades que atraviesan la historia? ¿Hay otra lógica que no sea la lógica fálica del Uno que se quiere total y homogéneo? Queda por pensar y desarrollar una comunidad vertebrada con el Uno del “ no para todo x”, lógica del lado femenino, que tenga en cuenta este real de cual Cataluña se hace síntoma.

No llego a ver aún  la dimensión de esta posible orientación en la construcción formal y efectiva de una Europa verdaderamente solidaria con sus principios. Diré, sin embargo, que es con esta otra lógica, me parece, que J.A Miller construyó con nosotros aquella Escuela Europea de Psicoanálisis que ha sido el “crisol de las Escuelas nacionales” –como decíamos entonces– y que ha venido a ser después la Eurofederación de Psicoanálisis que ha dado lugar a una Europa de las regiones, tal como podemos constatar viendo su Anuario actual. Puede ser que aún no tenga la consistencia que quisiéramos. El ideal de una Europa de las regiones parece de hecho cada vez mas lejano dado el miedo actual a una balcanización. Pero tiene un principio lógico de construcción que vale la pena recordar hoy. La Escuela Europea fue creada en Barcelona, como por azar, y fue creada de hecho –no solamente, pero, sobre todo- como el resultado de la imposibilidad de construir una Escuela española como tal, basándose en sus “autonomías”. Recuerdo siempre muy bien aquel momento. Fue nada más tomando como base y teniendo a la vez en el horizonte, el Uno de Europa que cada uno podía reconocer –y no el Uno imposible de las Españas-, que la Escuela Europea fue creada y tomó forma para los españoles, catalanes incluidos. Aquella Escuela tuvo en España una serie de Secciones al lado de otras Secciones europeas, siguiendo el mosaico de su diversidad y, diré más, de su  necesaria incompletud. Encontramos el Uno a partir de lo diverso y lo múltiple, no al revés. Había, en efecto, un Más-Uno en esta construcción, La Escuela de la Causa Freudiana. Esta marca de nacimiento era también el signo de la dificultad histórica para encontrar la unidad de España, una unidad que parece que nada más se pueda imponer siguiendo aquel “ destino en lo universal” emblema del franquismo, una unidad que se destruye a sí misma cada vez que ha querido imponerse excluyendo aquello que la descompleta.

Era ya una manera de hacer de la excepción, de la singularidad, un “para cada uno” que no quería ser un “para todos”. Es un punto a desarrollar, seguramente, pero tal vez podrá esclarecernos un poco las dificultades ante este real del que somos, nosotros europeos de hoy, siempre un poco demasiado la pasión.

 

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

Foto  del cuadro “L’Art de la Conversation” (1950) realizada por el autor del artículo en el museo Magritte de Bruselas.

Traducción del catalán: Margarita Bolinches.

 

 Bibliografía.

1 Blandine Kriegel, La republique et le Prince modern,  LPUF, París 2011

2 Alexandre Kojève,  La notion de l’autorité, Gallimard, París 2004, p.60 et 63

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