Las dos caras del extranjero

Marco Focchi*

La primera ministra inglesa Theresa May es noticia hoy al haber nombrado Ministro de la Soledad a la diputada conservadora Tracy Crouch, para afrontar un problema que en Gran Bretaña se está convirtiendo en una auténtica plaga a nivel nacional. No deja de sorpreder que el país que votó a favor del Brexit, que ha preferido un aislamiento ―dificil de definir como positivo― del resto de Europa y que ha levantado un muro político y legal contra lo extranjero, esté sufriendo a su vez de un aislamiento social. Hablamos de solteros, ya que las estadísticas nos muestran que en Gran Bretaña el 51 % de la población, es decir la mayoría, vive sola y sin pareja. Esto incluye a su vez personas en un estado de extremo aislamiento, ancianos con necesidad de asistencia y sin ningún apoyo, sin hogar, personas con fobias sociales, personas que no tienen con quien hablar.

Vimos ya bajo el mandato de Cameron cómo el gobierno británico mostró una sensibilización hacia los problemas de salud mental cuando el economista Richard Layard se dio cuenta de que tener dinero no es un requisito suficiente para conseguir la felicidad, y que su país sufría un gran índice de depresión. Asi que junto a su gobierno, se tomó la decisión de contratar 10.000 psicólogos cognitivo-conductuales para abordar y taponar esta descomunal pérdida del humor británico.

Hoy nos damos cuenta de que estos trastornos del ánimo están vinculados a las relaciones, intentando buscar la solución por vía burocrático-administrativa.

Es difícil de imaginar las medidas que tomará un ministro de la soledad, ya que el fondo del problema no es de índole administrativa sino, como nos desvela el Brexit, su origen es político y cultural.

En toda Europa se rasga las vestiduras sobre el tema de la inmigración, sobre qué papel darle a lo extranjero. ¡Cuando uno acepta que debe tener un lugar! Porque cuando uno no lo acepta, como vemos, se termina confiando el asunto a un ministerio ad hoc.

Existen diferentes orientaciones: quien levantaría murallas, quien abriría las puertas, quien busca soluciones intermedias y quien hace como Minniti.

En situaciones de emergencia parece que cualquier solución es válida con tal de que nos aleje de la infiltración de lo distinto que amenaza la identidad de la “raza blanca”. Se nos ponen los pelos de punta cuando escuchamos expresiones haciéndose eco de las leyes de 1938. Pero lamentablemente así se expresa quien podría resultar el próximo gobernador de Lombardía, no en el 1938 sino en el 2018. El hecho de que al día siguiente el candidato a gobernador se defienda diciendo que fue un lapsus, a nuestro oído analítico le resulta suficiente para confirmar que se le escapó la verdad.

Se trata, como escuchamos todos los días, de defender una identidad. Dejar entrar demasiados extranjeros amenaza con desnaturalizar una comunidad hasta hacerla irreconocible a sí misma. Así pues, el problema se plantea en cuestión de cantidades. Dejemos el cálculo y los fantasmas que el peso numérico que arrastra consigo –los musulmanes tienen más hijos mientras los italianos casi no los hacen ya, y temas por el estilo– a los administradores y consideremos más bien otro tema.

En su segunda Conferencia en Turín, Miller volvió a tomar el tema de Heidegger de el S1, la enunciación impersonal del común  -de lo que es común en una comunidad- para mostrar cómo consolidar  cimentar y embutir la enunciación subjetiva. Conocemos a dónde nos lleva todo esto: a través de las palabras que nos trasmiten habitualmente los medios de comunicación de masas, disfrazado de objetividad. Vemos la grabación de un desembarco de emigrantes, de enfrentamientos con la policía, de un momento de la batalla en Siria. ¿Qué puede haber más objetivo que aquello que reproduce una cámara de video con su lente imparcial? Sobre todo no debemos nunca olvidar que detrás de una cámara de video hay siempre un hombre que escoge una perspectiva concreta, un montaje que crea una historia y un editor que selecciona las noticias.

La objetividad que se presenta en la enunciación del S1 es el molde que da forma a un conformismo que nos presentan como neutral, pero que construye nuestra identidad con cortes, por exclusiones,  como un collage.

Así que atención a lo que excluimos, porque esto también, o sobre todo esto, se convierte en la fábrica de nuestra identidad, o al menos en el fondo condicionará nuestras elecciones, por heréticas u ortodoxas que sean.

El odio es, en este sentido, el gran constructor de nuestra identidad. Se manifiesta claramente en la red (internet) con el fenómeno de los hater, los odiadores. Hace una caricatura irresistible Crozza, uno de nuestros comentadores político-sociales más influyentes. Ya que la red, desde el punto de vista jurídico, es todavía en gran parte una especie de Far West, el odio, el insulto, la humillación se pueden practicar sin apenas límites en el espacio virtual. Veamos cual será el resultado. Es extranjero –con otras palabras alguien con quien es imposible cualquier tipo de diálogo– quien no piensa como yo, es un extranjero quien vota al partido que no soporto, es un extranjero quien se pronuncia a favor de las vacunas cuando yo soy contrario.

Aquí vemos cómo se perfilan dos figuras del extranjero: aquel con quien es imposible cualquier mediación, aquel que disfruta de una manera insoportablemente distinta a la mía, aquel que es una raza distinta porque disfruta de manera distinta. En este sentido, el primer modelo de extranjero es el Otro sexo, que como sabemos es siempre el sexo femenino. El racismo comienza siempre en el sexo, como nos muestra muy bien el último film de Kathryn Bigelow, Detroit. Y termina también en el sexo, como muestra la creación del ministerio de la soledad, ministerio con la misión de reparar los efectos de la defensa más extrema hacia el Otro sexo.

 Es en cambio en la otra cara del extranjero donde se puede aprender la lengua, la cual tal vez tenga términos intraducibles pero que pueden resultar interesantes enriqueciendo nuestro vocabulario, y mucho más. Pensamos en mana, voodoo, samovar, flâneur, poker, bricolage, que introducen términos nuevos porque introducen actividades o cosas nuevas que vienen a formar parte de nuestras vidas. Y es más interesante decir que vienen a formar parte de nuestras vidas que no de nuestra identidad.

Por otro lado hace falta decir que nosotros europeos, a partir de finales del siglo XIX, no hemos sido un buen ejemplo de este diálogo con el extranjero, y en estos momentos recogemos lo que hemos cosechado.

*Psicoanalista de la AMP (SLP)

Traducción: Eduardo Dorrego

Revisión: Marta Maside

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