Cataluña infeliz: ¿quieres lo que deseas?

 

 

Vicente Palomera*

 

 

Catalunya es real. Existe su cultura, su pueblo, su lengua. Son productos de una evolución histórica concreta y perfectamente narrable. También son reales las aspiraciones políticas —sean las que sean— de los ciudadanas y ciudadanos catalanes que sienten esa cultura, historia y lengua como propias. O que las adoptan como vehículos de reivindicaciones más propiamente democráticas.

Lo que no es real, en cambio, es el llamado “Procés” (proceso) enarbolado desde hace varios años por el partido anteriormente conocido como Convergència Democrática de Catalunya (hoy PDCat) en un intento por aprovechar alevosa y descaradamente, el impulso de esas aspiraciones ciudadanas, un impulso despertado por el rechazo del nuevo Estatut en 2010. Ese intento de aprovechamiento y neutralización tiene un único fin: la supervivencia de una clase política ante lo que es una crisis de Régimen. Lo sorprendente es que el truco le ha funcionado. El Procés ha servido para minimizar el desgaste político de la austeridad. De hecho, en plena crisis económica mundial el catalán es “el único gobierno de España, si no del Sur, que consigue apropiarse y utilizar, en medio de la mayor crisis económica que hemos conocido en los últimos años, el marco y la palabra democracia. Han sabido construir un relato y manipular las palabras con la habilidad con la que lo hizo Marine Le Pen (véase lo que escribí en “Keine Rosen ohne Dornen”, “Pas de roses sans épines”).[1]

En este caso es la democracia compitiendo con una idea gastada y decadente de democracia, la española. Que, por otra parte, no se diferencia en nada de la catalana.

El llamado Procés de hecho, es exactamente lo opuesto de lo que dice ser. Es simulacro puro. Donde promete avances, afianza el estancamiento. Donde invoca la democracia, promueve su erosión. Donde se viste de socialdemócrata, implementa austeridad y privatización. El Procés es una enorme promesa vacía cuyo cumplimiento queda infinitamente postergado.

La asombrosa supervivencia de la clase política catalana, en particular de Convergència —el partido catalán del Régimen del ‘78 por antonomasia—, se debe a su prodigiosa capacidad de reinvención. Una reinvención que, sin embargo, ha sido casi siempre puramente retórica. Impresionante, sin duda, pero como lo puede ser un espectáculo de prestidigitación. En gran parte, ha consistido en la sustitución de conceptos dotados de alguna realidad legal o histórica —referéndum, por ejemplo— por otros que se le parecen pero que legalmente no existen como tales: por ejemplo, consulta.

Hemos asistido a la metamorfosis de Artur Mas, que se convierte de político aburrido en líder eléctrico.

¿El pueblo catalán quiere la independencia, o quiere manifestarse por ella? ¿Quiere lo que desea? Quizás, y hasta la fecha, la sociedad catalana ha querido querer manifestarse por la independencia (el 47’8% votó a favor). Pero resiste la tentación de predecir el futuro.

Una nota histórica: después de la invasión napoleónica, en 1808, el emperador desvinculó Catalunya del Estado español gobernado por su hermano José. Como en el siglo XVII, por tanto, Catalunya estuvo independiente durante un breve tiempo, antes de ser anexada a Francia. Este hecho de la independencia primero y la anexión después es el único, que señala que quizás Cataluña algún día será independiente. Quizá en un futuro no muy lejano, cuando el Estado no sea un hecho determinante, que es hacia donde evoluciona, como se está viendo en esta crisis en la que Estados como Grecia, España, Portugal, Italia han verificado que tienen una soberanía y una capacidad de movimientos limitadas.

Noviembre de 2017.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

[1] https://www.pipol8.eu/2017/04/04/pas-de-roses-sans-epines/?lang=es

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