Es la política…

 

Gustavo Stiglitz*

 

En el año 2010 -ha pasado un tiempo como para que pueda volver sobre el asunto de otra manera- el día anterior al congreso de la AMP en que presentaría mi primer testimonio como AE, Jacques Alain Miller preguntaba qué era lo que nos interesaba trabajar como AEs de la Escuela Una. Dije que me interesaba el uso posible de los testimonios de final de análisis fuera de la Escuela.

Aún hoy recuerdo la carcajada general y el chiste que la generó, lo que me indicó que algo no había pasado al Otro y, por otro lado, que algo había pasado y no lo sabía.

El efecto de Witz que se produjo me dejó en estado de perplejidad, sin interpretar el retorno de mi propio mensaje en forma invertida.

Solo al día siguiente, leyendo el testimonio me di cuenta de que ese interés por el afuera era parte fundamental en mi historia, mi fantasma, mi síntoma y mi estilo. Incluso como pasador, trabajando en el dispositivo del pase, lugar central en la Escuela, no me separaba de esa sensación de estar un poco por fuera de la comunidad analítica.

¿Qué era eso? Porque tampoco era sentirse excluido, no. Eso ya había caído.

El atravesamiento del fantasma de exclusión había develado un goce solitario articulado en una escena infantil cuya fixión fue conmovida. Un nuevo uso, sinthomático, del goce opaco fue posible, con sus límites, por supuesto.

Mi interés por transmitir fuera de los bordes del Campo freudiano la experiencia del fin de análisis fue a parar el freezer.

 

La interpretación Zadig

 

La incipiente experiencia Zadig, siete años después, es la ocasión para volver del frío.

Revisitar esos bordes permite leer en ese gusto por los márgenes ⎯reverso de la exclusión⎯ una posición que trataba, en lo posible, de evitar tomar partido.

“Me dejan afuera” como el reverso de “no me incluyo”.

Hoy retomo el tema de llevar el psicoanálisis fuera del Campo freudiano, no por la vía de transmitir la experiencia del fin de análisis, sino sirviéndome de ella y habiendo entendido algo más, qué quiere decir que el inconsciente es político.

¡Era la política!! ¿Tendré que agregar: “Estúpido”?

No lo creo. Ya que llevar el psicoanálisis a la política, si es que es realizable, no es sin lo que la experiencia del final de análisis enseña como experiencia de cuerpo: que no hay Otro del Otro, que no hay identificación que suture totalmente esa brecha.

Lo que hay es el inconsciente como puente entre Unos, cada uno con su goce, y la pulsión.

Inconsciente transferencial como tratamiento del inconsciente real.

La pulsión, autista en su fundamento, se vuelve el fundamento del lazo sinthomático, como en la transferencia.

La práctica del pase en la Escuela, interviene en el horizonte de los análisis en curso, es decir que la clínica y las consecuencias del final de análisis inciden en los analizantes antes de su final efectivo.

La propuesta de Jacques-Alain Miller, de la que Zadig es efecto, de llevar el psicoanálisis a la política es consecuencia de tomar al pie de la letra, y a partir de allí dar un paso más, la idea de Lacan de que el inconsciente es político.

Esto implica una articulación indisoluble entre lo más singular de cada uno, eso que se aísla en un análisis y el modo de implicación subjetiva en el tejido social.

Dicho de otro modo, en un análisis se pone a punto la articulación pulsión-discurso y goce del otro.

 

Por la vía catalana

 

La Red Zadig está dando sus primeros pasos en la tarea de llevar el psicoanálisis a la política, lo que implica la pregunta: ¿Qué puede aportar el discurso analítico a la política? Tanto a nivel de los factores locales como de aquellos más universales, como la cuestión del Estado de derecho y la libertad de palabra.

No es casual que sea desde Catalunya -en el momento de escribir estas líneas se espera tenga lugar el referéndum por la autodeterminación- desde donde llega el significante “síntoma”. El síntoma Catalunya.

No es casual que venga desde una tierra en donde desde hace mucho tiempo una grieta entre el universal español y la particularidad local acecha a un pueblo y, cada tanto, surge una erupción.

Resta saber cómo se posiciona cada uno, en su singularidad, ante esa grieta.

Porque grietas hay por todas partes. Y si no la hay, es que está velada por una ideología o por un fantasma, que funcionan parecido (1).

Propongo pasar del síntoma Catalunya, al síntoma x, siendo x todo lugar en que el psicoanálisis pueda leer el síntoma social propio del lugar. El síntoma como solución al real local y como padecimiento que la misma solución porta.

Si bien la globalización tiende a borrar las particularidades locales, éstas y el modo singular en que cada sujeto responde, se mantienen.

 

Una lectura

 

Ya decía Platón, que estamos enamorados de nuestro pensamiento.

¿Quién no confirmó esto en algún tramo de su análisis?

Estamos con Simone Weil y su idea de la luz del pensamiento propio, frente al dogma del partido político. Por eso nuestra Red no tiene relación con los partidos políticos desde su interior y a la vez aspira a incidir en ellos.

Pero cuidado, enamorarse demasiado del pensamiento propio aísla y aleja del otro. Lo vuelve extraño y extranjero acercando a los bordes del odio de sí mismo en el otro.

Podemos tomar otro par, el de Pascal Quignard: pensar o pertenecer (2).

“Prefiero no pensar y pertenecer”, exclamó el Rey Rachord cuando, a punto de ser bautizado, supo de boca del sacerdote que todos sus antepasados estaban en el infierno.

“Es más santo seguir a la mayoría que a la minoría”, era su lema. Conforme a él, murió y fue al infierno con la mayoría… de los suyos. Porque la mayoría de su ejército no lo siguió y continuó perteneciendo al mundo de los vivos.

Es un resultado justo, cada uno perteneciendo a la mayoría que eligió. Todos engañados creyendo que seguían pensamientos. ¡Enamorados! Cuando en realidad, éstos venían a secundar, argumentar, sus elecciones…de goce.

Un tipo de elección de goce que constato en el síntoma argentino (¿?), es la de “el otro quiere mi mal, y trabaja, calcula, diseña, para lograrlo”.

No es muy original, es verdad. La paranoia es una de las pocas elecciones posibles para el ser que habla. Por otro lado, la elección de algunos, bien puede generar el mal para otros.

Pero hacer de cada hecho, de cada contingencia, de cada traspié y por qué no, de cada cálculo, el signo de un plan prediseñado de cabo a rabo, para conseguir mi mal, es algo que caracteriza un gran número de puntos muertos en las conversaciones.

Estas se reducen a menudo a un “análisis”, crítica y rechazo de los semblantes del “enemigo”, impidiendo tocar el real en juego.

Lo cual, analíticamente, debería llamar nuestra atención puesto que abole cualquier diferencia, cualquier contingencia y cualquier manifestación de la castración.

Paradójicamente, la cosa se desliza así hacia un mundo, aparentemente, sin real, sin castración.

Solo aparentemente, porque bien sabemos que rechazar la castración, se paga con el retorno feroz de un superyó desencarnado que imperativamente impone el goce mortífero del Uno totalitario, como es el caso de las juventudes radicalizadas que se autoinmolan.

Así como nuestros colegas catalanes están intentando leer el síntoma Catalunya, leamos analíticamente el nuestro, antes que inmolarnos.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (EOL).

 

  1. Como muy bien expuso Luis Tudanca en la apertura que compartimos de las últimas Jornadas de la EOL.
  2. Quignard, P., Morir por pensar, Ed. El cuenco de plata, Buenos Aires, 2015.

 

Publicado en https://www.lacanquotidien.fr/blog/2017/10/lacan-quotidien-n-743/

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