Presencia del psicoanalista en la política

 

Xavier Esqué*

 

I

Los psicoanalistas se implican en la política del mundo. El malestar en la civilización siempre fue de su interés, pero ahora los efectos del discurso de la ciencia y el capitalismo sobre la subjetividad humana podrían llegar a comprometer la existencia misma del psicoanálisis. Es desde esta perspectiva que el psicoanálisis se encuentra doblemente interesado por la democracia y sus formas.

Si la política se juega por identificación hacer existir el psicoanálisis en el campo de la política no puede entenderse sin un trabajo de desidentificación. ¿Cómo mantenerse sino suficientemente despegado de los S1 que vienen del Otro para evitar que la acción del analista se encuentre atenazada por las exigencias del discurso del amo? El discurso analítico no puede dejar de cuestionar el campo de las identificaciones, ni el de los ideales, ni los nuevos significantes-amo, porque él no ignora lo real, no ignora el goce presente en todo lazo social, el goce que vive en cada discurso. Por eso el discurso subversivo del psicoanálisis solo la forma democrática permite acogerlo. La libertad de palabra es esencial porque estando en el fundamento mismo de la clínica psicoanalítica se encuentra anudada al deseo del analista.

Pero hay momentos en la historia de un país en que esta cuestión se hace particularmente difícil: son momentos de crisis, de confrontación, los significantes del Otro caen sobre uno con el peso de una exigencia a pronunciarse, a tomar partido, y además eso se presenta siempre de modo perentorio. En estas condiciones la angustia hace presente el real de la vida.

¿Suspirar por una posición de neutralidad? No es eso. Ni la posición neutral ni la toma de posición ideológica partidista son congruentes con el discurso analítico. La primera no es acorde con una de las primeras orientaciones políticas de Lacan de que el analista debe estar a la altura de la subjetividad de su época. El analista no puede sustraerse, inhibirse, de lo que pasa en el mundo. Tampoco la posición neutral es acorde con la posición del analista como agente provocador de una política del síntoma, que es la del psicoanálisis.

Tampoco se trata de que el analista se avenga a poner el saber analítico al servicio del discurso del amo, el recorrido de esta posición no tiene más salida que la del analista maniatado.

Ambas posiciones podrían responder a lo que Freud en Análisis terminable e interminable denominó “saldos lamentables” de los análisis de los analistas. Pero no se trata de idealizar el final del análisis, no hay final sin saldo, y de algún modo podríamos decir que no hay saldo que no sea lamentable, la cuestión es cómo poner este resto al servicio de la causa psicoanalítica y no al servicio de la causa partidista, o al servicio de una mal entendida extraterritorialidad. Lacan plantea que un análisis llevado hasta el final le confiere al analista “saber ser un deshecho, pero agrega que si eso no lo lleva al entusiasmo “puede haber habido análisis, pero analista, ninguna probabilidad”.

La causa analítica entonces es el buen tratamiento del no quiero saber de cada uno -un no querer saber sobre la imposibilidad- y en esta perspectiva es un antídoto contra la segregación. Este no querer saber si no se trabaja analíticamente, aún después del análisis, mediante la transferencia de trabajo, puede terminar derivando en momentos de crisis en odio y hostilidad, manifestaciones del rechazo de lo distinto, de lo Otro.

II

Viniendo de Catalunya, de España, comprenderán que hable de lo que ocurre en mi país. Mi país… ¿España? ¿Catalunya? Aquí nos encontramos con la dificultad de nombrar un real. Es un problema que viene de muy lejos, pero que en lo más reciente de nuestra historia, en 1978, hubo que hacer encaje de bolillos para escribir negro sobre blanco ese real en la constitución española.

Catalunya es un país sin estado que conforma un territorio determinado por una lengua y cultura propias. No es una región, como en Europa muchas veces por pereza se suele pensar. Este problema, en 1978, encontró entre ruido de sables militar de fondo una salida con el estado de las autonomías. El llamado “café para todos”.

Un año antes se había reinstaurado el gobierno de la Generalitat de Catalunya con el presidente que venía del exilio. El compromiso de los catalanes con esta nueva vía que se abrió fue abrumador, más del 90% de los catalanes votaron un año después la constitución española, un porcentaje incluso mayor que el de Madrid. Catalunya se comprometió a fondo con la nueva democracia, fue clave en la victoria de Felipe González en las elecciones españolas, dio estabilidad a su gobierno, un gobierno que realizó las más grandes y más modernas transformaciones democráticas del estado. Catalunya lideró y trabajó con ahínco para que España ingresara en Europa.

Entonces, ¿cómo se ha llegado hasta aquí?

El recorrido del pacto del 78 ha llegado a su fin, es un hecho. ¿Las causas? Por una parte, las políticas internas del país; por otra, cambios de época, nuevas paradojas de la civilización.

Con el segundo mandato de Aznar de mayoría absoluta (2000-2004) se inició una dura política de recentralización. El pacto del 78 lo empezó a quebrar la derecha española, y esto se hizo evidente en el 2006 cuando acudieron al Tribunal Constitucional para revocar un nuevo estatuto de autonomía que en las urnas, en el parlamento catalán y en el parlamento español se había votado y aprobado. Aquí se dejaba de lado la política y se judicializaba el conflicto. Hay que decirlo claro, sin ello hoy no estaríamos aquí. Muchos, incluso de la misma derecha, lo han reconocido: fue un grave error. Esto provocó una desafección grande de los catalanes que habían estado trabajando durante toda la transición en la transformación moderna del Estado. No se escucharon las voces que denunciaban lo que estaba pasando y adónde esto podía llevar.

Con esta política que continuó y amplió Rajoy se explica que el independentismo haya pasado del 12 al 48%, que se haya multiplicado por 4. ¿Acaso los catalanes han enloquecido? Habría que entender ahora que este 48% no es el de un nacionalismo identitario, tal como se lee en la mayoría de análisis políticos que circulan. Aquí se agregaron nacionalistas moderados, republicanos, federalistas desengañados, parte de la izquierda salida del movimiento de los indignados del 15M, y muchos pragmáticos. Muchos jóvenes que se consideran fundamentalmente europeos, ciudadanos del mundo, jóvenes que no han llevado ni llevarán nunca una bandera. Y aquí hay algo nuevo. Son jóvenes que no vivieron la transición, jóvenes portadores de un deseo de otra cosa, que en determinado momento de los acontecimientos tomó el nombre de independencia. Esta generación no asume el pacto que validaron sus padres, y menos ante un gobierno de España que se niega a hablar, y que usa la ley con cinismo constitucional. En esta coyuntura la causa independentista proporcionó una nueva épica, cierta luz en la oscuridad del momento.

Catalunya no quiere estar cautiva de una dinámica nacional en la cual se vean frenadas sus legítimas aspiraciones de mayor autogobierno. Esto ocurre cuando gobierna el PP, puesto que éste obtiene más votos por el hecho de frenar dichas aspiraciones; y ocurre también cuando gobiernan los socialistas, que aplican una política más tibia pero que se encuentran atenazados con el temor de que transigir les reste votos en España. Para solucionar el encaje de Catalunya en España los socialistas, en los momentos de mayor tensión, han ofrecido y ahora siguen ofreciendo la salida federal que probablemente solucionaría el problema pero ésta, lamentablemente, no tiene recorrido ni en el mismo socialismo, tal como se ha venido demostrando a lo largo de los últimos años.

Por otra parte, la loada transición española se dio por acabada sin haber desenterrado de las cunetas decenas de miles de cadáveres de la guerra civil. Las generaciones que vivieron el franquismo deben esta transmisión a los jóvenes que no lo conocieron y que por tanto no saben el precio que se pagó.

La democracia, ¿se gana definitivamente alguna vez? Sin hacer de ella un ideal diría que, al menos en España, necesita de una transición permanente, se trataría de considerar que no está alcanzada y garantizada, que siempre se encuentra amenazada, tal como se comprueba actualmente. La democracia en España ha sufrido un retroceso: en separación de poderes, en garantías procesales, en la libertad de palabra, con la ley mordaza, con una corrupción sistémica sin consecuencias políticas, con políticos presos… Son bastantes los juristas, no solo catalanes, que ven en la actual actuación de la Audiencia Nacional un funcionamiento similar al del TOP franquista (Tribunal de Orden Público).

Por otra parte, es evidente que el gobierno catalán ha cometido errores graves: el primero plantear el tema de la unilateralidad, y más aún sin disponer de una mayoría suficiente. Así no es posible plantear ni mucho menos prometer la independencia. En cambio, había un 80% que quería un referéndum, había un deseo decidido de decidir, democrático. Pero el gobierno catalán no se plantó aquí, en lugar de reunir fuerzas y armarse de razones para conseguir un referéndum con garantías, legal y reconocido internacionalmente -aunque para ello hubiera habido que esperar algunos años-, en lugar de eso, aparecieron las urgencias y se tomaron atajos que nos han llevado al desastre actual. Esta fue una falsa salida, populista. Acorde con las intenciones más que con las consecuencias, imperdonable. En el sentido de Lacan cuando dice en los Escritos que “el error de buena fe es de todos el más imperdonable”.

Por otra parte, este proceso ha despertado al nacionalismo español, el de la unidad de destino en lo universal franquista. Con ello se está produciendo una demonización generalizada de lo catalán. Eso hace masa, y no ayuda a resolver el problema.

Vázquez Montalbán, en el 2000, escribía que la salud de la democracia española del futuro dependería de cómo resolviera los conflictos de los nacionalismos interiores cuyas dos opciones con todas sus variantes eran: separatismo o confederación. Él anticipaba que el problema no era sólo español. Apuntaba a la crisis de la identificación del Estado-nación, desbordado por la economía global – y podríamos añadir nosotros ahora desbordado por el neoliberalismo, la biopolítica, y otros. En efecto, Vázquez Montalbán planteaba que íbamos hacia una nueva nación real de los ciudadanos según el concepto de Habermas, quien sostenía que la conciencia de los derechos del hombre y del ciudadano se impondría sobre la imaginaria nación de los miembros de una comunidad histórica y étnica. Aunque esto, lo vemos bien en Europa, tenga sus fuertes movimientos de reflujo.

III

¿Se puede frenar el movimiento independentista con solo aplicar la ley, con la fuerza, la represión, la inhabilitación, la cárcel? Es evidente que no. Sabemos por el psicoanálisis que vivimos una época en que la prohibición ya no funciona como antes, lo que se impone ahora es la autorización a gozar, es por esa vía que se encuentra lo imposible.

La justicia ostenta un valor esencial que es la verdad, en ella habita un amor por la verdad que vela lo imposible, y en este sentido hace masa. La política, en cambio, comporta la división de la verdad. La verdad como nos enseña el psicoanálisis, “no puede decirse toda”. Nos guía entonces la orientación por lo real, para tratar siempre de ubicar lo más singular y tocar con ello el goce, en contra de todo aquello que en tanto identificación hace masa.

El discurso sobre la política de un analista tendría entonces que mantener siempre abierta la partida entre la verdad y lo real, el real de la vida.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).


Texto presentado en  el Forum Europeo de Torino “Deseos decididos de democracia en Europa”

18 de noviembre 2107

 

Anuncios