El goce supuesto común

 

Araceli Teixidó*

 

Hablar de política[1] es difícil y en España, especialmente. Ya se ha dicho: muchas familias renuncian a hablar de eso porque rápidamente las conversaciones se enrarecen. Es que la política concierne al goce, no del mismo modo que en psicoanálisis donde hablamos del goce desde la perspectiva de un sujeto – el que yace en el diván – si no referido al goce, supuesto común, de la lengua y de la tierra. Y, como dijo alguien a quien amo, si la lengua vehicula de tal modo la vida y si sobrevive a prohibiciones – como le pasó al catalán durante el franquismo – es porque es una lengua viva con la que amamos, decimos el amor, y escribimos poesía. Es, podríamos decir, porque esa lengua nos deja concebir un goce común o la posibilidad de una comunidad en el goce.

La política se ocupa de ordenar la manera de vivir en común, de organizar el goce o de organizarse pese al goce.

Por eso en política es preciso hablar y a veces, mucho, porque no todos tenemos la misma orientación por lo que se refiere al goce y las formas en que debe ser tratado. Por eso, para hacer avanzar el ámbito de lo político, con quien se deberá hablar es con los que no están de acuerdo con nuestra opción. Sobre todo en momentos en que surge un real, como ocurre ahora en nuestro país.

Será imposible – y no lo deseamos – arrancarnos la lengua con la que amamos y escribimos poesía. Ahora bien, podemos ceder a hablar con quien tiene otra, incluso a hablar otra, pero será una cesión, no un abandono. Aquella seguirá tramada con el goce íntimo, y, al mismo tiempo, permitirá hacer lazo.

Para afinar mejor lo que quiero decir, me detendré en cuestiones que se han escuchado últimamente entre algunos políticos sobre educación y adoctrinamiento de niños. Corresponde a la política de un gobierno desarrollar las líneas generales de los contenidos educativos y eso incluye la formación en valores que son los de la tierra y la lengua en que la educación tiene lugar. Eso no es problema. El problema es que se impida la reflexión y se obvie la diferencia. Rechazar el goce en la escuela es una operación forclusiva. Entonces hablaríamos de una escuela que transmitiría tan sólo contenidos, cuestiones objetivas, sin enunciación, sin goce, sin amor, sin transferencia. Eso es imposible: para educar en la reflexión, se debe educar en el amor al propio goce y en la suposición de un goce común y el respeto del goce del otro, no en el rechazo del goce.

De todos modos, no cargaremos demasiado la cuestión en el poder de la educación porque sabemos que hay un imposible en toda transmisión. Por ejemplo, muchos de los que fueron educados en valores fascistas, no los asumieron como propios.

Lo imposible es lo que da juego, lo que permite hablar.

Cada sujeto sostiene – lo quiera o no, lo sepa o no – una opción política que se reconoce en algunos otros y también cada uno lo hace de su particular manera ¿Hay una parte de ese goce que es común? Hay algo del goce que permite hacer lazo, por eso también puede separar. Pero si es goce, y eso es lo que principalmente quisiera decir hoy, no habrá última palabra que valga. Por eso, cualquier conversación en su extremo final deberá contenerse y encontrar las fórmulas de respeto que permitan continuar hablando. Continuar hablando otro día, de otro modo, en otro lugar, con los mismos interlocutores o cambiándolos.

A veces, será preciso instituir un acto.

Cuando hablamos entre nosotros, también ponemos en acto, y conviene poder transmitir, lo que sabemos hacer con el goce. El goce supuesto común y el que sabemos que no lo es.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

[1] Texto que fue difundido por las listas de correo electrónico de la Comunidad de Catalunya de la ELP en ocasión del trabajo preparatorio para la conversación sobre política que sostuvimos el día 20 de octubre de este año. Escrito en catalán originalmente, lo traduzco al castellano para esta ocasión.

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