EL IDEAL IDENTITARIO Y LA MUERTE EN EL YIHADISMO

 

Dolores Castrillo Mirat*

Frente a quienes prefieren contentarse con la idea de que el psicoanálisis se reduciría a una clínica de lo individual, J.A. Miller en su  reciente conferencia de  Madrid, nos proponía  una nueva alianza  entre el psicoanális y la política- lo que no es lo mismo que entre el psicoianalisis y los partidos políticos,-  y  nos invitaba a releer  el texto Psicología de las masas donde Freud  subraya    que no hay oposición entre psicología individual y colectiva pues “en la vida anímica individual aparece siempre integrado el otro, ya sea como modelo, objeto, auxiliar o enemigo , y de este modo la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social[1]   No hay pues oposición entre el campo del psicoanálisis y el de la política; al contrario, ciertas cuestiones de la política, como el  yihadismo  , que  no solo preocupa a los gobiernos  sino que logra suscitar en cada uno de nosotros un efecto real de angustia como quizás no lo hace ningún otro fenómeno  político actual , son susceptibles de ser esclarecidas, en alguna medida,  desde el psicoanálisis;  éste  por su parte no puede pretender que aquella sea un campo exterior a lo psíquico, que legitimaria la posición del psicoanalista  recluido en su gabinete y ajeno por completo al mundo de la política.

Aunque algunos consideran que la lógica que Freud analiza en Psicología de las masas , ya no estaría operativa en nuestro mundo actual , que esa lógica   ,tal como Freud la formuló y cuyos paradigmas son el ejército y la iglesia , pertenece al  “mundo de ayer”, por mi parte pienso , que con ciertas modificaciones, las reflexiones de Freud en Psicología de las masas siguen estando vigentes en algunos fenómenos actuales donde la cuestión de lo identitario está en primer plano y siguen, por tanto,  siendo útiles para esclarecerlos.

La cuestión de lo  identitario, resurge hoy de muy variadas maneras y en muy diversos fenómenos, pero  en el yihadismo,  se nos revela en su forma más radical, algo que Freud consideraba inherente a la estructura de la  psicología de masas: la coalescencia entre el ideal identitario y la muerte. También en otros fenómenos, como el de las sectas,  encontramos esta coalescencia aunque  no se puede asimilar sin más el yihadismo a las sectas. En la secta los individuos quedan fijados a los fantasmas y a la teoría del gurú, y se someten a su explotación económica y/o sexual. Los yihadistas adhieren a una creencia colectiva más amplia, la del mito identitario del islamismo, el ideal del musulmán auténtico, originario. Ideal que sostiene lo real de la guerra contra los infieles, entre los cuales se encuentran no solo los occidentales sino también, incluso sobre todo, los propios musulmanes, y en la que se le propone al yihadista tomar parte como un héroe dispuesto a ofrecerse en sacrificio. No obstante, pese a sus diferencias, hay bastantes elementos en común entre las sectas y el yihadismo.

En ambas se trata de grupos humanos que responden  con ciertas variantes  a la  estructura de identificaciones  que Freud analizó en Psicología de las masas, y en ambas  los fenómenos de identificación llevan aparejado un goce mortífero , que si bien  no deja de estar presente en muchas  sectas ,por ejemplo recuerdo    la  del Templo Solar en Suiza, hace unos años,  cuyos 74  miembros murieron ritualmente ,   sin duda  es  en el yihadismo donde la muerte, la muerte del otro,  pero también  la  muerte propia, tiene una presencia central. En el yihadismo la muerte es el Amo absoluto, no hay nada que escape a su dominio. ¿Por qué la cuestión de la identificación en las organizaciones de masas, como el  yihadismo,  se anuda con la muerte?

Comencemos por recordar que  para Freud  una masa, “es una reunión de individuos que han reemplazado su Ideal del yo por un mismo objeto, a consecuencia de la cual se ha establecido entre ellos una general y reciproca identificación”[2].   La estructura de la masa se asienta pues sobre una doble identificación: una horizontal la del yo de los miembros entre sí y otra vertical la que une a cada miembro con el objeto, el líder,  sustituto del Padre Ideal y situado en el lugar del ideal del yo. Pero en el líder no sólo se encarna al padre del amor, al Padre Ideal. Se encarna también otra faz del Padre: El Padre de la horda, un padre feroz que aterroriza por su enigmática voluntad de goce y que mantiene la cohesión por el sometimiento. Ambas versiones del Padre coexisten en el líder.

Freud discute acerca de la posibilidad de que existan masas sin líder. Se pregunta si puede haber masas en las en las que se sustituya el jefe por una idea abstracta, y señala que las masas religiosas, obedientes a una cabeza invisible, constituirían ese tipo de transición. La abstracción podría a su vez encarnarse más o menos perfectamente en la persona de un jefe secundario y entonces se establecen entre el jefe y la idea relaciones muy diversas. No obstante, aunque Freud admite la posibilidad de que el jefe pueda ser sustituido por una idea, cree “imposible llegara a la comprensión de la esencia de la masa haciendo abstracción de su jefe”[3]

En el caso del Ejercito Islámico que es como un compendio de las dos masas que analiza Freud, es ejército y es masa religiosa, tenemos la cabeza invisible, Allah.  Sin embargo, a diferencia del Dios cristiano no puede decirse  en propiedad que Allah sea  una figura del Padre. En esto el esquema de Psicología de masas no sería estrictamente aplicable a  Dáesh. El Corán pone un especial cuidado  en alejar la referencia a Dios de la representación de la paternidad y de toda noción de engendramiento. Como apunta J. A. Miller : “Allah no es un Padre. Allah, es el Uno . Es el Uno sobre el cual hice un curso hace tiempo. Es el Dios uno y único. Es un Uno absoluto sin dialéctica y sin compromiso”[4] . No obstante aunque Allah no es el Padre sino un principio de unicidad abstracta sabemos que Freud en el lugar del Ideal que estructura la masa no solo pone al líder sino la Idea. Pese a las diferencias,  estimo que la lógica despejada `por Freud en  Psicologia de masas la encontramos también en Dáesh,  pues  en ambos casos se trata de  una  estructura vectorializada por un Uno, un Uno que por supuesto  no es solo una Idea abstracta sino ante todo un Uno de goce. Coalescencia entre el Uno y el goce  que se evidencia en el grito- la voz-   que los yihadistas repetida, machaconamente profieren,   en cada uno de los asesinatos perpetrados: Allahu akbar  (“Allah es el más grande”). Por otra parte, además de la cabeza invisible, Allah el Uno, encontramos también en Dáesh  una serie de jefes secundarios, desde su fundador Abu Bakr al Baghdadi  hasta los imanes que adoctrinan cara a cara en cada pequeña localidad a los miembros.  No obstante, en esto  hay novedades importantes que hacen del Ejército Islámico una formación de masas arcaica y al mismo tiempo eminentemente moderna. Si hay algo que caracteriza su masiva capacidad de captación de miembros es la utilización de los videos de propaganda que difunden a escala planetaria a través de las redes sociales.  Pero lo interesante en este nuevo terrorismo transmedia no es solo el medio técnico empleado sino, la elaboración de una narrativa basada en la ausencia de personajes y escenarios principales. Al Qaeda asoció su relato a un personaje principal, Bin Laden, que intervenía siempre desde un escenario monótono, una cueva o una sala vacía. Daesh rompió con esta vieja estructura comunicativa y aplicó las técnicas más avanzadas de elaboración de guiones de las series de ficción, video juegos y sagas de películas occidentales como Juego de tronos o Stars Wars. ¿Quién es el personaje protagonista de juego de tronos? o ¿cuál el principal escenario de Star wars?  El líder Abu Bakr al Baghdadi sólo aparece en uno de los 1300 videos difundidos por los yihadistas. “La fuerza narrativa de Daesh al igual que la de juego de tronos reside en la interacción de multiples personajes que se relacionan en distintos escenarios”[5].  Esto promueve un tipo de identificación horizontal donde lo que aparece en primer plano es la identificación a los pares. En su estrategia de captación de los jóvenes occidentales Daesh ha comprendido bien que éstos difícilmente iban a prestar atención a las palabras de un barbudo renqueante, vestido de negro, en una mezquita.  En la mayor parte de sus videos el líder es sustituido por múltiples personajes, que actúan como los personajes que aparecen en las series holliwoodienses y de videos juegos, con los que le es   fácil identificarse a un público occidental. Por supuesto el ingrediente de la violencia extrema de estas series lo encontramos también en los videos que realiza Dáesh, pero sobre esto volveré más tarde. Lo que importa subrayar ahora es cómo en la propaganda del Ejército islámico lo que aparece en primer plano no es la identificación vertical al jefe o al caudillo, sino la identificación horizontal de los pares entre sí. Esto no significa sin embargo que la estructura de Daesh sea la de una masa sin líder o líderes.  El líder está presente, aunque no aparezca en las imágenes, en algunos videos es invocado directamente por los personajes. Así en uno titulado “Camino a la bondad” se muestra a un grupo de niños recibiendo adiestramiento académico y militar. Entre ellos se encuentra Abdulá que tiene 10 años y al que le realizan la siguiente entrevista:

“- ¿Cómo te llamas?

-Abdulá

– ¿Dónde víveres ahora?

– En el Califato Islámico

— ¿Qué haces aquí?

– Estoy preparándome en el campo de entrenamiento.

– ¿Quién es tu líder?

-Abu Bakr al Baghdadi

_ ¿Qué quieres ser de mayor?

-Seré uno de vuestros asesinos, oh pecadores. Seré un muyahidín[6].

Abdulá no hablaba en vano. Va a convertirse en un asesino. El 13 de enero de 2015 pasó a la historia como el primer niño grabado mientras cometía un asesinato.

Podemos concluir que en el Ejército Islámico y esta es una diferencia muy  importante respecto a las formaciones analizadas por Freud en Psicología de  las masas, lo que aparece en primer plano y con una preponderancia manifiesta es la identificación horizontal y no la vertical. No obstante  al tiempo que Daesh despliega su estrategia en  Internet a través de unas estructuras descentralizadas sin leader, esto no implica en la organización   ausencia del líder. Pero sobre todo no implica la ausencia de un Uno -Allah-  y de un  Ideal que aglutina a los miembros del Ejército islámico: la lucha contra los infieles, no solo los  occidentales sino  también todos aquellos  musulmanes que no responden al ideal  del musulmán ejemplar, el verdadero, el originario.

Volvamos de nuevo al texto de Freud sobre la psicología de las masas.

Los lazos libidinales de la masa explican muchas de sus características. Freud enumera: la falta de independencia del individuo, la identidad de sus reacciones con las de lo demás, su rebajamiento a ser una mera unidad dentro de una multitud , en suma, la uniformidad de los miembros entre sí y el borramiento de la singularidad. Pero hay además otras características: el descenso de la actividad intelectual o, lo que viene a ser lo mismo , la renuncia a tener un pensamiento propio, la afectividad exenta de todo freno, la transgresión de todo límite y la desviación de los afectos en actos.  Estas características derivan básicamente según Freud de la idealización. Todo lo que el objeto, colocado en el lugar del ideal,  hace  o representa es considerado por los miembros de la masa bueno e irreprochable. De esta manera, la conciencia moral cesa de intervenir cuando se trata de hacer algo que pueda ser favorable al objeto, al líder o al ideal,  que cohesiona a la masa; es por eso por lo que en una masa los individuos llegan, nos dice Freud, al crimen sin remordimiento.

Crimen sin remordimiento. El nazismo, que comenzaba a gestarse en esa década de 1920 en la que vio la luz Psicología de masas, ha proporcionado hasta los tiempos recientes el ejemplo del odio y del crimen asumido sin ninguna clase de remordimiento y privado de todo disfraz compasivo. Como lo muestra Freud en el Malestar en la cultura, el lazo de identificación al semejante no es propiamente operativo más que dentro de la propia comunidad.  “Siempre es posible unir por lazos libidinales a una gran masa de hombres con la condición de que haya otros fuera para descargar los golpes”[7]. Desde esta perspectiva, bien podría decirse, continuando el razonamiento de Freud, que no hay nada que una más, que el odio a un enemigo común. En la relación con el semejante hay siempre un fondo paranoico: sólo estoy seguro de parecerme a los míos porque constato que soy diferente de otro al que considero como un extraño amenazante. Freud no retrocede en afirmar que el imperativo de amar al prójimo como a sí mismo encierra, en última instancia, una hipocresía, porque autoriza a odiar a aquel que soy incapaz de reconocer como a un semejante. Ciertamente la compasión por el semejante disimula la rivalidad especular y el odio al prójimo. Es un espejismo imaginario tener al otro por un semejante. Pero ¿qué pasa cuando esta ficción desaparece? “En un régimen de terror esta ficción es desenmascarada: el otro ya no es en absoluto un semejante[8]”. Ya se trate del racismo nazi o del terrorismo yihadista, en ambos se deshace la ilusión que asegura nuestro lazo al otro como un semejante. Es así como, junto a los fenómenos de identificación y de re-identificación que cohesionan a la masa, asistimos tanto en el nazismo como en el yihadismo a un efecto de des- identificación.  En el psicoanálisis hablamos de la des- identificación como un proceso liberador que ocurre cuando un sujeto en el trayecto de una cura se despega de ciertos significantes amos   que vienen del Otro, fundamentalmente  del discurso de los padres,  a los que  había alienado, sin saberlo, su existencia. Dejar de estar bajo el peso de estos significantes amos, des -identificarse respecto de ellos, tiene sin duda un efecto liberador. Pero aquí no se trata de eso. El miembro de una masa está absolutamente identificado a los significantes amo que cohesionan a la misma, pero esta identificación le lleva al mismo tiempo  a una des- identificación salvaje respecto de los otros  que no forman parte de su grupo :   caídos todos los velos el otro ya no es más un semejante, su estatuto real es el de un desecho, carne nuda , apta para ser quemada, gaseada, atropellada o degollada.

Freud afirma que en los crímenes sin remordimiento la conciencia moral deja de intervenir. Pero si tenemos en cuenta que el superyó, como plantea Lacan, más que prohibir, ordena gozar, hay que decir que los crímenes del yihadismo “reposan sobre identificaciones directas al superyó de la comunidad”[9] . Los crímenes cometidos por aquellos que quieren realizar el ideal identitario del musulmán originario, el ideal del “super musulmán” por retomar el término acuñado por Fethi Beslama, están ordenados por el superyó. Ella llama “super musulmán” a “la constricción bajo la cual un musulmán es llevado a sobrepasar el musulmán que es, mediante la representación de un musulmán que debe ser aún más musulmán[10]. “Es llamado a identificarse al musulmán ejemplar, al Profeta, al ancestro, (salaf en árabe, de ahí el salafismo,) y a matar a los infieles, también los propios musulmanes, que contrarían este ideal.

 Junto al crimen sin remordimiento otra característica destacada por Freud en Psicología de masas   es el autosacrificio del yo en el altar del objeto, situado en el lugar del Ideal.  “El objeto deviene cada vez más magnifico y preciosos hasta el punto de apoderarse de todo el amor que el yo sentía por sí mismo lo que lleva naturalmente al sacrificio voluntario del yo”[11] . Crimen y autosacrificio del yo son dos elementos destacados por Freud que revelan hasta qué punto la contracara del Ideal en la psicología de las masas es la muerte. Esta vertiente thanática  la encontramos en muchas formaciones de masas,  como el ejército o los grupos terroristas. Pero si hay algo que distingue al terrorismo yihadista de otras clases de terrorismo es la búsqueda deliberada de la muerte.

La muerte no es un accidente sobrevenido en la lucha por conseguir un objetivo preciso.  La restauración del califato, a pesar de que Dáesh consiguió conquistar cierto número de territorios hoy ya perdidos, no fue nunca ningún objetivo político preciso,  es un fantasma: el mito de una comunidad religioso-política- la Umma – en perpetua expansión territorial que hace imposible toda negociación política y eso explica porqué los que se identifican a este proyecto están en un pacto de muerte, “el que busca la muerte, no tiene nada que negociar”[12].  Y es por eso que  la pérdida de los territorios  que ha sufrido recientemente el Estado Islámico no asegura para nada, sino más bien al contrario,  que esta espiral de muerte de los atentados vaya a cesar .La principal amenaza ahora es la mutación del Isis en un “califato virtual”  tras volver a convertirse en un grupo terrorista  que   sin  asiento territorial alguno dirige los atentados contra todas las partes del mundo.   Lo que es central en el terrorismo yihadista no es ningún objetivo político preciso sino la muerte misma. “La violencia no es un medio, es el fin. Es una violencia no future.[13]

La famosa frase atribuida a Bin Laden es sistemáticamente retomada con variantes:” Nosotros amamos la muerte, vosotros amáis la vida”. “La muerte del terrorista yihadista, el autosacrificio voluntario, no es una posibilidad o una consecuencia desgraciada de su acción. Está en el corazón de su proyecto”[14]. Hay en el yihadismo un feroz deseo de sacrificio que no encontramos, al menos no lo encontramos tan palmariamente, en otras formas de terrorismo. ¿Hay que achacar entonces este elemento suicida al islamismo?   Hay que tener presente que la tradición musulmana, si reconoce los méritos del mártir que muere en el combate, no valoriza al que busca la muerte deliberada. Incluso en el salafismo, que es la corriente más rigorista del islam en la que según se dice se inspirarían los yihadistas y a la que se le acusa de todos los males, el suicidio no está permitido porque éste sustituye a la voluntad de Dios. El salafismo no está en la búsqueda de la muerte. Por tanto, no es legítimo, como señala Oliver Roy, suponer una invariante -la violencia islámica que se manifestaría regularmente del Corán a Daesh.  Su enfoque, que comparto en buena medida, no es el de una aproximación vertical que iría del Corán a Daesh, sino uno transversal que trata de comprender la violencia islámica contemporánea en paralelo con otras formas de violencia que le son próximas, estética de la violencia, asesinos en serie, autodestrucción, sectas suicidas… En suma, toda una serie de fenómenos thanáticos que evidencian que la pulsión de muerte despliega su imperio no solo en las civilizaciones del islam sino también en la modernidad occidental.  Esto no significa tampoco que se pueda desconocer el papel de la ideología religiosa del salafismo en el fenómeno yihadista, pero esta búsqueda de la muerte no responde tanto a la ideología del salafismo, sino que mi juicio es una manifestación extrema de esa colusión entre el ideal y la muerte que anida en el corazón de la estructura de masas sean estas islámicas o no. Por supuesto no se trata de que el psicoanálisis sostenga que haya que estar en contra de cualquier suerte de ideales, el problema es la relación de absoluta, ciega fidelidad hacia ellos, eso   conduce a lo peor.

Por otro lado, aunque es innegable que el yihadismo nace en un caldo de cultivo político-social, esencialmente la herencia colonial, las intervenciones militares occidentales contra las poblaciones del Medio Oriente y la exclusión social de los inmigrantes y de sus hijos, esto, con ser fundamental, no basta para dar cuenta del fenómeno que estudiamos, entre otras cosas porque los que perpetran los atentados, no son forzosamente ni los más pobres ni los más humillados. Los yihadistas no provienen necesariamente de las clases populares. Se está asistiendo a una extensión del fenómeno a las clases medias. Por otro lado, hay también entre los candidatos al yihadismo jóvenes que no tienen relación con la inmigración. A esto se añade una proporción creciente de mujeres que se apuntan al yihadismo y esto es algo nuevo;  iban a Siria, mientras este territorio siguió siendo el bastión del Estado islámico, para hacer allí su vida y fundar una familia. El proyecto de un Estado Islámico atrae a ciertos jóvenes, no solo a los provenientes de familias musulmanas. Hay una novedad en Daesch respecto a Al Qaeda que es la aparición de la utopía de una ciudad islámica ideal.

Todos estos datos muestran la dificultad de establecer un perfil típico del candidato al yihadismo. Se trata de un conjunto bastante heterogéneo desde el punto de vista sociológico. El único elemento que podría considerarse típico dentro de este cuadro heterogéneo es el hecho de que la inmensa mayoría de los yihadistas son jóvenes entre 15 y 25 años, es decir adolescentes o jóvenes adultos en los que la travesía de la adolescencia es susceptible de conocer una extensión y un estado de crisis prolongado, prolongación que es un fenómeno propio de las sociedades contemporáneas. No es cuestión de explicar la causa de la radicalización yihadista como algo exclusivamente ligado a las crisis que surgen para muchos sujetos en este momento de pasaje de la vida que es la adolescencia, pues, aunque los candidatos a alistarse en las filas del yihadismo se encuentran predominantemente en esta franja de edad, hay que tener en cuenta que los síntomas de los adolescentes no tienen un elemento causal único, muchos de ellos reflejan conflictos sociales.  En estas circunstancias puede suceder que el adolescente crea que va a poder ser el salvador de su familia, de su grupo social, incluso de la humanidad. A este respecto hay algo muy significativo que ha sido destacado por Oliver Roy: en  la radicalización yihadista la dimensión generacional es esencial,  se está entre “pares” no se escucha a los padres. Incluso muy frecuentemente los que perpetran los atentados son pares de hermanos de sangre, pero lo esencial es que en esta fratría, ya se trate de hermanos de sangre o no, los jóvenes rechazan tanto la autoridad de los padres como el islam de estos últimos y se erigen ellos mismos en “maestros de la verdad”. “Se consideran los maestros de la verdad en relación a sus padres. Se ve, por ejemplo, cuando amonestan a sus padres: “¡Conviértete! ¡Lleva el velo!  Espero, muriendo yo, hacerte un lugar en el paraíso, porque si yo no estuviera ahí tú no irías al paraíso. “Son ellos los que salvan a los padres, piensan que los padres no tienen nada que decir, hay un agujero en la genealogía”[15].  Son,  efectivamente,   “hermanos sin padre”, el padre está fuera de juego. Desde esta perspectiva puede pensarse el neo -fundamentalismo como un producto de la crisis de la autoridad del Padre y al mismo tiempo un intento por restaurarla bajo el imperio de la norma explicita, siendo esto- lo explicito-  el elemento esencial del fundamentalismo según Olivier Roy. ¿Este agujero en la genealogía del que habla Olivier Roy es de carácter forclusivo? Obviamente esto no podría responderse sino en el uno por uno y no valen las generalizaciones. No obstante, según testimonios recogidos por algunos psicoanalistas, como Fethi Benslama, que ha tenido ocasión de hablar con ellos en los departamentos de sanidad publica de Francia, hay algo que aparecía de modo recurrente en muchos de los que súbitamente adoptaban el discurso ultra- islamista del yihadismo y es la necesidad, la urgencia “de enraizarse o de re-enraizarse en el cielo a falta de poder hacerlo en la tierra”[16].  Las razones del previo des -enraizamiento son complejas.  Es banal decirlo, pero es necesario recordar que no todos los que habitan las barriadas del extrarradio buscan encontrar un ultra enraizamiento; e inversamente, vivir en un medio social más o menos ordenado no protege de los desórdenes y de las fragilidades subjetivas. Se trata de jóvenes que en un tiempo de transición y fragilidad subjetiva e identificatoria, sea ésta de carácter forclusivo o no, se dejan llevar por ideales que suturan esta falla. Esta fragilidad, a veces puede manifestarse con trastornos flagrantes y otras sin embargo no es así. Ocurre que muchas veces los jóvenes viven tormentos secretos o disimulados, o que sólo se manifiestan por signos discretos, y son a veces los más imprevisibles y peligrosos lo que se traduce después del pasaje al acto violento por testimonios del tipo: “Si era un chico encantador, estudioso, sin ningún problema “.   “En este estado de fragilidad identitaria la oferta yihadista crea una demanda transformando esta fragilidad en una potente armadura. Cuando la conjunción con la demanda se realiza las fallas se colman. Esto produce en el sujeto una sedación de la angustia, un sentimiento de liberación e incluso de omnipotencia. Deviene otro, escoge otro nombre. Adopta comportamientos idénticos a los miembros de su grupo. Si los discursos de los yihadistas se asemejan hasta el punto de que parecen de la misma persona, es debido a la abdicación de una gran parte de su singularidad”[17]: el sujeto queda anulado bajo la identificación al grupo, a la masa. El sacrificio de su singularidad le desembaraza de sus síntomas, en la exacta medida en que los síntomas son correlativos a la singularidad del sujeto. Este borramiento de la singularidad y la absorción de los síntomas bajo la identificación al grupo están en el origen del error de apreciación por parte de clínicos poco formados que supone a los jóvenes yihadistas como chicos “sin problemas”. “Es un hecho constatado clínicamente que el síntoma es borrado por un efecto de saturación del Ideal, lo que coloca al sujeto en una misión divina. En ciertos casos el peligro de dislocación que siente el sujeto es tratado por la búsqueda de una unidad identitaria o de una “unidentidad” que encuentra su realización última en la muerte, como si la muerte escogida salvase al sujeto de su aniquilación. “[18] En este sentido la radicalización del yihadista puede ser considerada como un intento de curación, digamos que es la tentativa de sobrevivir a un estado de urgencia psíquica. Intento de curación que,a diferencia de la eficacia curativa de ciertos delirios psicóticos, aquí es radicalmente fallido como lo evidencia el pasaje al acto mortífero. Por otro lado, que pueda pensarse como un “intento de curación” no implica que haya que excusarlos de sus crímenes ni que la realidad subyacente a este fenómeno sea la locura o la irresponsabilidad, salvo en ciertos casos.

El elemento fundamental de la oferta yihadista y la clave de que ejerza tanta seducción entre los jóvenes sería una oferta identitaria o por decirlo en los términos de F. Benslama la de una “justicia identitaria”. Apunta al corazón de las fallas identificatorias de los jóvenes. Opera una soldadura yoica de las fracturas subjetivas e identificatorias fusionando al yo del sujeto con un grupo de pares, para formar una comunidad, en la que sus miembros vivan las mismas emociones. El efecto del grupo, afirma F. Benslama, es el de procurar la ilusión de que juntos se puede gozar del mismo cuerpo. La justicia identitaria reposa sobre una teoría del “ideal islámico herido” y del daño hecho a los musulmanes del presente y del pasado”[19].  Antes de pasar a esta cuestión del Ideal islámico herido querría detenerme en la idea de que efecto del grupo es la ilusión de que se goza del mismo cuerpo y retomar una pregunta. Como sabemos  en Aún Lacan formula el no hay relación sexual en estos términos: no se goza del cuerpo del Otro, sólo se goza del cuerpo propio. Partiendo de esto J.A. Miller se pregunta  si  “en el fondo, el cuerpo del Otro no se encarna en el grupo.  ¿La pandilla, la secta, el grupo, no dan un cierto acceso a un yo gozo del cuerpo del Otro del que formo parte? [20] .  Si, como bien ha visto Fethi Benslama , bajo la apelación al Ideal subyace la idea de que se goza del mismo cuerpo, ¿no podría pensarse entonces que en el fondo lo que el Ideal identitario permite realizar , y de ahí , el efecto de entusiasmo, las adhesiones exaltadas que provoca,  es la ilusión de que se goza del cuerpo del Otro, es decir la ilusión de que hay relación sexual?

En cuanto al  ideal islámico herido, éste tiene , desde luego,  innegables  raíces políticas: la abolición del califato y la pérdida del principio de la soberanía político-teológica de la comunidad musulmana, el despedazamiento del imperio otomano por las potencias coloniales a comienzos del siglo pasado, los regímenes dictatoriales de época post colonial, y los gravísimos daños, y masacres  causados a los musulmanes en las recientes guerras del Oriente próximo: Palestina, Afganistán, Irak, Siria etc., tablero  endemoniadamente complejo  en el que juegan su partida feroz las distintas potencias internacionales en función de sus interés económicos y geo-estratégicos. Es en este contexto donde surge el yihadismo cuya oferta consiste en superponer el daño hecho a la comunidad musulmana a lo vivido de las fragilidades y sufrimientos individuales que en la existencia de cada sujeto provienen de fuentes diversas. Pero a lo que apunta el yihadismo es a que este ideal herido absorba al sujeto y que este se convierta en el vengador del Ideal y de la divinidad ultrajada. Y efectivamente “Hay jóvenes en los que la fragilidad   del ideal del yo conduce a buscar una encarnación del ideal colectivo, cuya plenitud viene dada por convertirse en mártir”[21]

Hay al mismo tiempo  en la oferta yihadista la promesa de una restauración de la  comunidad la umma , el retorno a un mundo de la tradición donde los sujetos vivían bajo un orden rígidamente establecido  que les procuraba una existencia sometida a un conjunto de normas estrictas que afectaban a todos los campos de su vida incluida no solo la relación de los hombres con las mujeres, sino  la sexualidad  en su conjunto, sometida  a una gran cantidad de prohibiciones y de reglas ,  pero que les procuraban una existencia asegurada,  garantizada., estable,  en suma una existencia regida por la ley del Padre que ordenaba su existencia. Mientras que el sujeto de la civilización postmoderna está fuera de la casa del Padre: vive en un mundo donde ya no hay leyes y normas que obliguen a todos por igual, pero tampoco que orienten al sujeto proporcionándole pautas sobre lo que hay que hacer en los distintos campos de la vida, el trabajo, el amor, la sexualidad, lo que empuja al sujeto des-orientado de la civilización contemporánea a la difícil tarea de tener que inventarse a sí mismo. Hoy en día hay jóvenes que prefieren el orden asegurado de una comunidad con sus normas restrictivas, dentro de un marco autoritario, porque esto les alivia del desarraigo de su libertad y de una responsabilidad personal que muchas veces se encuentra sin recursos materiales y / o psíquicos para poder hacer con su vida. El fundamentalismo yihadista puede considerarse, desde esta perspectiva,  como una de las versiones, la más radical y en un sentido la más   arcaizante, del retorno del Padre en la era de la Postmodernidad, en la cual hace ya tiempo que  asistimos la caída de los grandes semblantes: el Padre, Dios, la Verdad, por los que se regía la vieja civilización. A este ideal de comunidad se puede unir el soporte asistencial que la estructura del Estado Islámico brinda a los individuos en lugares donde la carencia de servicios sociales estatales es manifiesta, lo que sin duda es otro factor que explica el éxito de su oferta.

Pero nada mejor para curarse de la nostalgia del Padre que volver una vez más sobre la faz thanática que tiene esta política orientada por el triunfo de la muerte. Bien es verdad que la muerte para el mártir yihadista encierra la promesa de una vida superior. “A nuestros ojos la muerte se opone al narcisismo, pero, aquí, se pone a su servicio”[22]. Según los testimonios recogidos por F. Benslama los discursos de algunos yihadistas que quieren morir se refieren a ella como si la muerte les fuera a permitir despertar a la vida, una vida que les procuraría un goce pleno en comparación con las imperfecciones y miserias de su vida actual y efímera.   Es en pos de este ideal de un goce absoluto que se inmola el yihadista, haciendo intervenir así lo que Lacan llama “el narcisismo supremo de la causa perdida”[23]. En un ensayo titulado El perdedor radical  Enzensberger  aborda el yihadismo y también el nazismo y otras formas de violencia extrema en conexión con el atormentador sentimiento de  aquellos que se perciben como perdedores radicales lo que a su vez solo compensan, en una huida hacia adelante, con los delirios de grandeza. La figura de “el perdedor radical”  es una  estrecha   amalgama de deseo de muerte y delirio de grandeza. Aunque el filósofo no se refiere al psicoanalista, esta figura del perdedor radical constituye, a mi juicio,  una ilustración impactante  del narcisismo de la causa perdida de que habla Lacan.    La muerte constituye para el “perdedor” yihadista la afirmación más potente del valor de su existencia porque encarna para él la posibilidad de un goce absoluto entregándose como objeto sacrificial al Dios oscuro para satisfacer así  “la voluntad de castración inscrita en el Otro”[24] . El imperativo superyoico de goce encuentra en la identificación del yihadista al mártir su realización más acabada.  Hay aquí una diferencia importante con el islam tradicional.  En éste, el mártir es un combatiente que encuentra la muerte sin desear morir. Para el yihadista la muerte no es contingente al combate, es la finalidad. Morir es su triunfo. Por eso en gran número de atentados están concebidos a partir de que el yihadista no busca escapar a la muerte y de ahí su eficacia aterradora. Se observa incluso que muchos de ellos publican en las redes sociales su anuncio necrológico antes de pasar al acto homicida y suicida a un tiempo. Otros graban en video los preparativos del atentado en que ellos mismos van a morir. El yihadista esta poseído por un feroz deseo de sacrificio y eso le otorga una fuerza inaudita, incomparable con la que podamos encontrar en otros asesinos, para cometer sus crímenes. Freud decía que en todo suicidio late un deseo homicida, aunque también podríamos formularlo inversamente. En todo caso el atentado suicida del yihadista reúne la acabada conjunción de ambos.

El deseo por la propia muerte del yihadista nos resulta enigmático, pero lo que resulta verdaderamente aterrador es el hecho no sólo de que cometa crímenes atroces, sino que los exhiba y los ofrezca a nuestra mirada. Hay algo que distingue al verdugo yihadista  de otros genocidas. Hasta hace no mucho tiempo todavía, la ley de los genocidas era esconder sus crímenes, borrar sus huellas, negarlos. He aquí que ahora se trata de hacer la masacre visible. Y Dáesh lo hace a través de videos profusamente difundidos por la red, de los cuales ha hecho Javier Lesaca un prolijo análisis en su libro Armas de seducción masiva. En el verano de 2014 un video se hizo viral. En él un hombre vestido de naranja, de rodillas, miraba fijamente a la cámara en mitad del desierto. A su lado un individuo disfrazado de ninja o de personaje de video juego degollaba con el machete al individuo vestido de naranja. “El l video no era amateur. La calidad del sonido y la imagen eran propias de una serie de HBO o de Netflix. El guion digno de la escena final de un macabro thriller de Hollywood. (…)  Tras el momento del clímax de la ejecución, y con la audiencia aún traumatizada por la crudeza de las imágenes, el ninja aparecía de nuevo junto a otro hombre arrodillado, también vestido de naranja. Amenazaba con ejecutarle en la siguiente entrega. Como si se tratase de una serie de ficción por capítulos” [25]. ¿Era ficción o realidad?

Este asesinato real revestido con la estética de una ficción hollywoodiense era la tarjeta de presentación de un grupo terrorista que tenía la voluntad de darse a conocer al mundo no sólo por las bombas y las balas sino mediante videos cuidadosamente filmados y distribuidos en las redes. Desde entonces El Ejército Islámico ha producido y difundido más de 1500 videos en los que las escenas de la máxima crueldad aparecen tratadas con una sofisticación técnica y narrativa destinada de fascinar la mirada y construir un relato seductor para una audiencia de masas. Mediante estudiadas referencias a video juegos, series y películas de actualidad, Dáesch, como  analiza Lesaca, busca convertir el terrorismo en un producto de comunicación transmedia, popular y seductor, capaz de canalizar las urgencias subjetivas, la desesperación, el odio, la frustración, incluso el aburrimiento sistemático de jóvenes de todos los países del mundo.

En este sentido, pese a su arcaísmo, Dáesh es al mismo tiempo un fenómeno hipermoderno y occidental, y en esta mezcla entre arcaísmo e hipermodernidad reside buena parte de su poder de seducción masiva.  Por más que algunos quieran ver en el yihadismo lo Otro, un fenómeno extraño y ajeno por completo a nuestra civilización, Dáesh aunque sólo fuera por este costado transmedia de la estetización y banalización de la violencia, se revela como un fenómeno eminentemente moderno y occidental. Por supuesto no se trata de confundir ambos registros: no es lo mismo la violencia en las películas y video juegos, la violencia como espectáculo, donde la violencia encuentra un ersatz, un substituivo, que transformar la violencia real en un espectáculo multimedia.  Sin embargo, la profusión machacona de la violencia como espectáculo en nuestra sociedad es un signo innegable de que ésta hace gozar a los sujetos, y de que asistimos en una espiral in crescendo a un empuje al goce, cuanto más cruel mejor, en la subjetividad contemporánea occidental. Hay que tener presente además que la frontera entre la violencia como espectáculo y la violencia real se transgrede cada vez con más facilidad de la que quisiéramos creer, como evidencian los frecuentes pasajes al acto en los juegos de rol. Como ya dije al comienzo, la idea de una invariante de la violencia islámica que nos llevaría del Corán a Daesh no es sostenible. El fenómeno de la violencia yihadista, aunque, por un lado, responde al ideal identitario del musulmán puro, originario, paradójicamente, no puede comprenderse sin ponerlo en paralelo con todas las formas de la violencia contemporánea, (violencia como espectáculo, asesinatos en serie, sectas suicidas, autodestrucción etc.) que conforman el modo de gozar  de los sujetos de civilización occidental contemporánea. En este sentido, por más que no se deban aplanar las diferencias, conviene tener presente, que ellos, los yihadistas,  no son lo Otro, sino que ese goce de la pulsión de muerte anida también en cada uno de nosotros y que no está asegurado que no nos pueda conducir a lo peor.  O dicho en otros términos: lo que de los yihadistas nos parece lo más extranjero, lo más Otro,  es la Cosa que nos es más familiar.  Que ese goce de la pulsión de muerte  que anida en el yihadismo en su encarnación más real sea  la cosa que nos es más familiar, no quiere decir que no haya que combatirlo. Por supuesto, una política orientada a atajar las causas políticas, económicas y sociales  que forman el subsuelo en el que germina el yihadismo es necesaria.  Pero por otra parte, como señala Gil Caroz  hay que distinguir los casos donde el odio puede encontrar substitutivos,  ersatz  de aquellos donde el otro no encuentra un substitutivo a su violencia. Cuando el otro no sintomatiza su violencia, cuando la pulsión de muerte no se manifiesta a través de ningún substitutivo , el peligro es entonces real y no queda otra alternativa, como ocurrió con el nazismo, que combatir esta amenaza .Pero  si puede decirse del yihadismo que es una política orientada por el triunfo de la muerte, el ejemplo no tan lejano del nazismo, con inquietantes efectos de retorno en varios partidos políticos europeos actuales, nos advierte que una política regida por la pulsión de muerte, una tanathopólitica, siempre es susceptible de reaparecer  en la moderna civilización occidental. El miedo, o más precisamente la angustia que suscita en nosotros  el fenómeno del yihadismo y la inevitable necesidad de combatir su amenaza, no debe servir de pantalla  para desconocer que eso que nos horroriza en el otro también habita en nosotros mismos y siempre es susceptible de retornar bajo las figuras de lo peor.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

                                                 Notas             

[1] Freud, Sigmund. Psicología de las masas y análisis del yo. Biblioteca Nueva, Madrid , 1973  Vol. III p. 2563

[2]. Ibíd., p. 2592

[3] op.cit.p.2594

[4] Miller, Jacques Allain: “En direction de  l’ adolescence”, Interpréter l’enfant , Petite Girafe, nº 3 , Paris, Navarin éditeur, 2015, p. 2001

[5] Lesaca,Javier . Armas de seducción masiva. .Península, Barcelona, 2017, p. 71

[6]  Ibíd., p. 116

[7] Freud, Sigmund. El malestar en la cultura. Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, Vol. III pp. 3047-3048

[8] L’Heuillet,Hélène. Aux sources du terrorisme. Fayard,Paris, 2009 p. 222

[9] Benslama,Fethi. Un furieux désir de sacrifice. Le surmusulman. Seuil, Paris. 201.p. 98

[10] .Ibíd., p.92

[11] Freud,Sigmund. Psicologia de las masas p.2590

[12] Roy,Olivier, Le djihad et la mort.Seuil, Paris, 2016,p.11

[13] Ibíd, p.13

[14].  Ibíd p. 8

[15] Léguil, Clotilde,. Rencontre avec Olivier Roy en Revue Mental nº 34 , 2016 , p.86

[16] Benslama en,Fethi. op.cit..p. 37.

[17]  Ibíd.,p. 48

[18]  Ibíd., cit. p. 50

[19]  Ibíd., p. 54

[20] Miller, Jacques Allain : “En direction de l’adolescence” Interpréter l’enfant, Petite Girafe , nº 3 París, Navarin ed.2015. p. 204

[21]  Ibíd., p. 55

[22]  Ibíd., p. 60

[23] Lacan, Jacques.” Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” en Escritos 2. Siglo XXI, México, 1971,  pp.806-807

[24] Ibíd., pp. 806-807

[25] Lesaca, Javier. op.cit., p. 19

Nota: Las traducciones de los textos franceses son de la autora.

 

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