Política y lenguaje en Cataluña

Oscar Strada

 

El problema político catalán, no puede ocultar que se plantea también en el terreno del lenguaje expresado en la narración del conflicto.

Una vez estallado el drama trágico de la democracia española y de la historia de Cataluña,  de tragedia a comedia, tal como Marx definió la repetición en la historia social, surge claramente la dimensión de la narración acentuada por el “furor narrantis” del mundo tertuliano y periodístico español con una incipiente extensión a Europa e Iberoamérica.

La particularidad del momento histórico actual, con la mayoría del Govern en prisión y otra parte incluyendo al presidente de la Generalitat en una especie de exilio voluntario, acentúa aún más el carácter narrativo informativo del Procés independentista.

El encarcelamiento y exilio es una condensación del Procés y también una condensación de la imposibilidad. El President del Govern catalán al optar  por el autoexilio, pretende alimentar la figura del perseguido, el hombre utópico luchando contra el poder establecido e invasor y se lanza a andar las mismas calles que recorrió Marx en su exilio en Bruselas, salvando las evidentes distancias.

La sociedad catalana se presenta como una trama de relatos, un conjunto de historias y ficciones que circulan entre los ciudadanos y que es retransmitida, no solo por el periodismo, que hace su función y su agosto, sino también por los políticos de ambos Estados enfrentados. El Estado Español y el Estado Catalán, aun en esa especie de limbo actual en que éste se encuentra.

En esta duplicidad de versiones, asistimos no a una diplopía de la realidad, sino a dos realidades paralelas. La que narra el Estado y las organizaciones llamadas constitucionalistas y las que narran las organizaciones y políticos independentistas. Se produce no solo la división subjetiva de los hablantes, sino la división subjetiva social en una especie de esquizofrenia social. Un conflicto de narraciones que se impone sobre el conflicto real cumpliendo la función de   denuncia y ocultación al mismo tiempo.

Las dos narraciones tienen el eje común de producir un relato paranoico que identifica mutuamente la existencia de un golpe de estado. Para ambas narraciones los golpistas son los otros. La teoría del golpe de estado actúa como un límite de lo real. El límite lo marca la amenaza de ruptura. Para el estado español es el fantasma de la disgregación, el del “cuerpo morcelé”, el cuerpo fragmentado. Una fantasía psicótica.

Para el Estado Catalán, es el fantasma de la negación, el fantasma de no ser reconocidos, la opacidad del espejo, el espejo sin azogue.

En un caso se trata de lo real, en el otro de lo imaginario.

En ambos casos de algo ingobernable y oculto, que podría explicar los acontecimientos.

El Estado Español al no reconocer la posibilidad de la instalación de un Estado Independiente Catalán, ejerce una Real Politik no de dos naciones, dos estados, sino la de una nación, un estado. El Estado hace entrar el acontecimiento histórico social como un juego de oposiciones construidas como un sistema de exclusión.

Lo real parece estar desdoblado en un juego de oposiciones que se excluyen mutuamente. El poder político siempre impone una manera de contar la realidad que no logra centralizar las historias y las narraciones.

Hay una versión autóctona que se expresa en su propia lengua, quizá deberíamos decir en su “lalengua” y otro relato en la lengua española que hace serie con un estallido de insignias y consignas con el emblema de la bandera, los colores y los cánticos. Falta solo, Manolo el del bombo.

Dos series antinómicas, la señera y la rojigualda. Dos lenguas, dos máquinas de interpretar lo real.

El independentismo no lo es sin la lengua, por eso se instala en el nominalismo donde todo universal no conforma entidades existentes, sino términos de lenguaje. Para el nominalismo hay una oposición entre  individuo y Estado. Para el  gobierno español, el Estado es el lenguaje, por fuera de lo real. Para el independentismo, el lenguaje es lo real.

El independentismo reivindica el goce de ser catalanoparlante y la deriva  fundamentalista elevará la apuesta a ser catalán por generaciones segregando un plus de goce. El español hablado se convertirá en la lengua vigilante de la Real Politik.

En un programa matinal reciente de tertulianos, el psiquiatra de turno habitual definió el Procés como un delirio colectivo solamente por el discurso de los dirigentes independentistas. Evidentemente para el saber médico psiquiátrico, decir de más, el goce en el decir, parece un exceso, un plus de goce que no puede tolerar sin asignar un diagnóstico.

El independentismo no puede dejar de hablar, porque la narración necesita la creencia y la construcción de la ficción de la novela. Una forma de acercarse a su verdad, aunque sea su loca verdad.

 

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