Cataluña

         Antoni Vicens*

En todo lo que sucede hoy en Cataluña, lo más visible es el vigor que ha adquirido el término de independentismo. En Cataluña, mucha gente —millones— y desde hace mucho tiempo —siglos— ha incorporado en su modo de vida alguna idea de soberanismo, según la cual existe un sujeto político diferenciado llamado Cataluña. Este soberanismo se satisfizo durante tiempo con el catalanismo, en expresiones más o menos románticas o folklóricas, que llegaban hasta la lengua y la literatura.

Tras la dictadura de Franco, incluso antes de la Constitución de 1978, Adolfo Suárez y Josep Tarradellas se pusieron de acuerdo sobre un proyecto político, no ya catalanista, sino nacionalista. Un Estatuto (en el que se hablaba de “nacionalidad” para no mencionar la palabra “nación”, que quedaba reservada a España) puso en marcha una serie de realizaciones que, poco a poco, a lo largo de veinte años, fueron materializando algo de esa soberanía en instituciones: enseñanza, policía, administración, salud pública, incluso algo de la fiscalidad del Estado.

A comienzos del siglo XXI, con un cambio de las mayorías parlamentarias y con un cierto agotamiento del modelo nacionalista, se puso en marcha la redacción de un nuevo Estatuto, del que se podría decir que contenía matices no ya nacionalistas sino de un estadio superior, acercándose a un modelo federal. Este Estatuto fue aprobado en referéndum en 2006, pero, unos años después, el Tribunal Constitucional lo modificó de manera importante. Cataluña se viene rigiendo desde entonces por un Estatuto que no ha sido aprobado propiamente en referéndum. Esta es una situación muy incómoda, y de legitimidad problemática.

A la vez, el Partido Popular, un gran partido de derechas, fuertemente nacionalista español, y con tendencia a inclinarse a la extrema derecha, fue incrementando su poder en el Estado de manera continuada. Sin oposición, en medio de una crisis económica muy grave, y dominando además el Tribunal Constitucional, fue interpretando ese Estatuto catalán y las realizaciones institucionales catalanas de manera cada vez más restrictiva.

Cuando llegamos a 2011, la crisis económica, que afecta sobre todo a los jóvenes (de hasta 35 o 40 años, muchos de ellos titulados, o al menos en edad de tener una vida profesional plena), hizo salir a la calle a mucha gente, en Madrid, en Barcelona y en otros lugares del mundo. Era una protesta nueva, no revolucionaria en el sentido comunista de la expresión. En Barcelona, este movimiento fue girando hacia el nuevo proyecto político, distinto de los anteriores, el independentismo.

El independentismo es una estrategia política, no necesariamente nacionalista, orientada hacia la construcción de un nuevo orden político. Se puso en marcha entonces un proceso de protestas públicas de gran amplitud, siempre pacíficas, no revolucionarias, de signo independentista. Este movimiento fue creciendo. A los independentistas se les sumaron entusiasmados catalanistas o nacionalistas que nunca habían llegado a creer en la posibilidad real de un cambio hacia la independencia política. También movimientos más o menos libertarios se sumaron al proyecto.

La característica principal de este gran movimiento es su pacifismo. Es un movimiento no comunista, ni anarquista. Es un movimiento que reúne sobre todo grandes capas de las clases medias que están experimentando, con la crisis, que el bienestar en que vivían está gravemente amenazado. Véanse por ejemplo los desahucios de viviendas cuyos propietarios no pueden pagar la hipoteca o ni siquiera el alquiler, y que se encuentran de un día para otro en la calle. O los jóvenes titulados que no encuentran trabajo mínimamente acorde con sus competencias.

En Madrid y en otros lugares de España, este movimiento cuajó alrededor de un nuevo partido político, Podemos. En Barcelona también en Podemos, pero mucho más entre las diversas fuerzas independentistas. En el Parlament actual hay una mayoría independentista formada por tres partidos que representan a la derecha democrática y a la izquierda republicana, junto con algunos independientes. Asociados a la Candidatura de Unitat Popular, más a la izquierda, configuran una mayoría independentista.

El proyecto independentista en Catalunya puede ser interpretado como un asunto político esencialmente catalán. En principio lo es, pero ya su origen proviene de un malestar político mucho más amplio, español, europeo y mundial, si observamos que su auge fue contemporáneo a los que ocuparon por ejemplo las calles de Nueva York. Hacia el futuro, vemos que este proceso catalán ha desencadenado un cierto número de problemas políticos en España y en la Unión Europea, mostrando que ambos están encallados en estructuras políticas que no corresponden al momento político actual y al futuro que esperan los jóvenes.

Para todos es evidente que las desigualdades en el mundo capitalista se han incrementado de manera galopante, sobre todo durante la última crisis. Los ricos son más ricos, los pobres más pobres. Se pueden detectar otros cambios en el capitalismo que amenazan la paz y los recursos de las amplias clases medias y parecen destinarlas a una proletarización generalizada cada vez más dura y más cercana a la miseria.

En Catalunya pues se han condensado las viejas nostalgias del catalanismo, con una idea nacionalista de largo pasado y ––ahí viene el nuevo factor— con esos jóvenes que ven amenazado muy peligrosamente su futuro, e incluso su presente. De un modo u otro todos están convencidos de que en un nuevo Estado, con los recursos de los que dispondría, evitarían, o al menos se alejarían algo, de todo ese universo de recortes, pérdidas de empleo, precarización laboral, destrucción del medio ambiente, etc.

Lo más atractivo de este proyecto es que no se hace contra un Gran Enemigo. Si surgen enemigos lo son en un orden táctico o a lo sumo estratégico, pero no político. En la dimensión de lo político encuentra, sí, adversarios; pero no Bastillas ni Palacios de Invierno a destruir. Es atractivo porque es un movimiento a favor, una necesidad de decir que “sí”: sí a un estado mejor. Los que crecimos en un universo de jóvenes protestatarios, gritando “no”, vemos con sorpresa cómo los jóvenes de ahora gritan “sí”.

En mi opinión, pues, se trata de un movimiento histórico, con lo que quiero decir que las singularidades de sus agentes son secundarias. Llamadme hegeliano si queréis, pero lo veo así. En la historia entramos, uno por uno, como objeto a.

No sé cuál va a ser el resultado de este proceso. Pero lo que es seguro es que todos los que nos hemos sentido afectados por él ya hemos cambiado. Ya estamos en un tiempo histórico nuevo. No hay vuelta atrás. A veces tenemos miedo, porque hay peligro. Pero el valor epistémico del miedo es nulo.

Creo que a los psicoanalistas nos interesa más la angustia, que no tiene relación directa con las amenazas, físicas o materiales, que podemos sentir por momentos. La angustia surge así, sin anunciarse.

Y así es cómo, en el maremágnum informativo en el que vivimos, donde la verdad ha quedado reducida a casi nada, cuando la historia nos supera, nos queda la angustia. Dicho de otro modo, nos queda la hystoire, lo que signifique esta condensación que hizo Lacan entre histeria e historia. La angustia, venida de no se sabe dónde, insertada en nuestro cuerpo, nos habla para no decir nada, salvo su misterio. Creo que la ética del psicoanálisis es la de dar el máximo valor epistémico a esa angustia, considerarla como la certeza de la que sí nos podemos fiar en la vía de nuestro deseo. Si superamos su carácter inhibidor, si aceptamos que la pulsión ahí comprometida es de vida, su misterio se desvanece y nos habla con el lenguaje del deseo. Si aceptamos la certeza de que, en la historia, somos objetos a, llevados por corrientes que ninguna subjetividad puede dominar, dejamos que se produzca ese “nuevo sujeto” que es efecto de la pulsión.

En la última lección de su Seminario El deseo y su interpretación, Jacques Lacan descubre ante nuestros ojos de qué modo ese objeto a, que es uno de los componentes del fantasma que regula nuestro deseo, y ante el cual, en el camino de su realización, nos desvanecemos, somos borrados del mapa, no puede ser tomado en consideración como una parte de nuestra imagen especular, ni como un objeto simbólico que podemos dar o tomar, sino como un objeto real, lo que significa fuera de toda dialéctica, fuera de la realidad misma en tanto que está ordenada por los restos de nuestras experiencias.

El objeto a es una experiencia, dice Lacan, una experiencia que nos saca de la realidad y nos enfrenta con lo nuevo. “Es por esta razón, dice, que, contrariamente a lo que se cree, la experiencia, la pretendida experiencia, tiene doble filo. Si por ejemplo hay que resolver una situación histórica dada, las posibilidades que tenemos de cometer errores y faltas graves son igualmente grandes tanto si nos fiamos de la experiencia como si la negligimos, por la muy simple razón de que, por definición, fiarse de la experiencia, es justamente dejar de reconocer el elemento nuevo que hay en la situación presente.”

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

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