Política del psicoanálisis, psicoanalistas en política y cambio de discurso

 

 

Domenico Consenza*

 

En la Conferencia de Madrid del 13 de mayo pasado, JAM interviene en relación a un riesgo en acto, siempre inminente, que puede concernir al psicoanalista: el sometimiento inconsciente a un S1 proveniente del campo de la política (con el que él, como individuo, se identifica). S1 que se instala de esta forma, también para él, en el lugar del agente, haciendo que de hecho la operatividad del analista en este campo sea subalterna y funcional al discurso del amo.

 Es un riesgo del que Miller, en los últimos meses, o sea, desde cuando ha iniciado la nueva fase de su enseñanza –el paso de JAM1 a JAM2– ha indicado diversos ejemplos. Entre ellos, en particular, destacó el riesgo de un vínculo identificatorio de los analistas con un partido o movimiento político, que podría hacer que, sin darse cuenta, el saber del analista funcione sometido a las exigencias del discurso amo. Esta subalternidad puede adoptar diversas formas. Una versión es la de una subalternidad auxiliar, en el sentido en que los filósofos medievales pensaban la filosofía como “ancilla theologiae”. En esta versión, el psicoanálisis puede funcionar como disciplina que justifica el discurso impulsado por un partido o movimiento político, corriendo el riesgo de convertir al analista, a menudo a pesar suyo, en una especie de agente ideológico, y su saber en un saber al servicio del amo de turno.

Otra versión es, por ejemplo, la que puede estar en juego en la forma de una esterilización política del psicoanálisis. En esta perspectiva, el analista se presenta como puro clínico, neutro, inmunizado en su práctica de las vicisitudes del mundo en el que vive. Esta es una versión posible del alma bella, que puede capturarlo, en la medida en que no tiene en cuenta que aquello con lo que se enfrenta cotidianamente cuando se encuentra con sus analizantes, el síntoma, como lo recuerda Miller en la Conversación de Arcachon, tiene la misma estructura del vínculo social.

Me parece que la perspectiva a la que Miller nos introduce es algo radicalmente distinto, cuando propone, en la Conferencia de Madrid, a partir de la Massenpsychologie de Freud, “hacer existir al psicoanálisis en el campo político”. Este vector, en mi opinión, abre para el campo de una “Clínica de la Civilización” que está enteramente por construir, pero algunos de cuyos matemas podemos situar en Lacan. En particular, me parece absolutamente precioso referirse, como recordaba Rosa Elena Manzetti en su texto de apertura al debate hacia el Forum de Torino, al más político de entre los Seminarios de Lacan: el Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis. En particular, hay dos derivas posibles que podemos situar gracias a los matemas de los  cuatro discursos, que permiten situar lógicamente una variedad de fenómenos histórico-sociales que conciernen al psicoanálisis, poniendo a prueba su propiedad como discurso.

La primera deriva es  precisamente la vinculada a la identificación con un S1 en posición dominante, tanto más problemática cuanto que tal posicionamiento se cronifica, se convierte en adialéctico, se opone al movimiento de la circulación discursiva, o sea, al cambio de discurso. En este espectro se manifiestan, en varios grados de intensidad, en línea con la Massenpsychologie freudiana, todas las formas de vínculo social en los que la identificación con el amo conduce al individuo a un grado de desubjetivación directamente proporcional de la propia posición, que encuentra su extremo en las diversas formas de totalitarismo y fundamentalismo centradas en la referencia a un jefe carismático.

Otra deriva, muy presente en la sociedad contemporánea, se da en la cronificación del discurso en su forma universitaria, a través de la instalación, igualmente desubjetivante, del significante impersonal S2 en el lugar del agente. En este espectro podemos reconocer los efectos degradantes del cientifismo y de la tecnocracia, pero también de la burocracia y de la estandarización, elevadas a paradigma totalizante que degrada al sujeto al lugar del desecho. En cuento a estas últimas, conocemos bien, por las batallas libradas y otras en curso, sus efectos en las políticas gubernamentales destinadas a regular el ejercicio de las profesiones terapéuticas en el ámbito de la Salud Mental. El psicoanálisis como práctica política trabaja sobre los efectos nefastos de la cronificación ideológica del discurso, para posibilitar al sujeto un cuestionamiento a partir de la transferencia y un cambio de discurso.

La democracia como condición de existencia del psicoanálisis está ligada estructuralmente a esta dinámica de cambio discursivo, que permite la rectificación de las posiciones del sujeto, despegándolo de las identificaciones alienantes en las que está capturado. Cuando este margen de movimiento está forcluido o es perseguido por el poder constituido, el psicoanálisis encuentra minado el terreno en el que se puede ejercitar. Por esta razón es necesaria la democracia como su condición de existencia, y el deseo de democracia tiene un anudamiento con el deseo del analista.

 *Psicoanalista, miembro de la AMP (SLP).

 

 

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