LA FRAGILIDAD DE LA DEMOCRACIA

 

Luis-Salvador López Herrero*

 

Escucho y observo atentamente todo lo que está sucediendo en Cataluña y recuerdo, sin nostalgia, aquellos años de esperanzas y de promesas que surgieron durante nuestra transición política y cultural. Del mismo modo que antaño, los jóvenes se lanzan a la calle, llenos de ilusión y de rabia, con consignas y canciones conocidas, que repiten el mismo lema frente a la violencia policial: español el que no vote, vosotros sois los terroristas… Cambian ahora ciertas palabras, como fascista por la de español, aunque persista igualmente ese enemigo imaginario a combatir. Dicho de este modo, los hijos y cachorros de la «independencia catalana» están viviendo ahora su historia de supuesta liberación, de la misma manera que lo hicimos nosotros en ese momento de cambio y de transformación social, que supuso la finalización de la dictadura. Época incierta para todos nosotros en aquellos tiempos de algarabía e, igualmente, lo es para estos «jóvenes independentistas» que buscan un nuevo marco de orientación vital, de imprevisibles consecuencias.

No obstante, ¿piensan ustedes que todos estos jóvenes, y menos jóvenes, que increpan a la policía o que asedian e insultan los espacios y partidos constitucionalistas, son conscientes de lo que está en juego, así como de los hilos que dirigen sus actuaciones transgresoras al servicio de un supuesto ideal? No, ellos se dejan llevar, simplemente, por unas creencias de ruptura y de separación con España, que han sido alimentadas extensamente por un discurso nacionalista que cree saber, desde hace muchos años, quien dirige la opresión, la falta de desarrollo y el robo en esta comunidad vecina.

Pero también se dejan embriagar por momentos, por ese instante en el que ciertas ilusiones, labradas en tiempos de desesperanza y rebeldía juvenil, se mezclan con el opaco futuro social que les aguarda, haciendo de este pasaje de violencia un punto de encuentro comunitario ante un adversario convertido en furibundo enemigo. En este sentido, quieren lo mismo que queríamos muchos de nosotros en aquellos tiempos de opresión, es decir, nuevos aires, diferentes horizontes que aplaquen su desaliento actual.

Ya sabemos que, para algunos de los que están presenciando la escena entre bastidores, todo esto no será más que el trampolín de una nueva etapa política, que les permitirá manejar mejor el engranaje y la maquinaria del poder. Sin embargo, para otros, al final de la borrachera, la fiesta dejara paso a una realidad que tozudamente impone su ley, en forma de resaca, pesadilla o nostalgia.

Ahora bien, si toda juventud vive su sueño independientemente del marco que oferta cada época, lo novedoso de la situación de rebeldía que asola a Cataluña con respecto a lo acontecido durante la transición, es la modificación de la temática en juego y el nombre del supuesto amo a combatir. Antes era el franquismo y el «ser fascista» los que imponían el yugo y el despotismo mediante sus verdugos policiales; ahora son el españolismo y el «ser español» los que atentan contra esta anhelada libertad que clama parte del pueblo catalán. Es, precisamente, este matiz diferencial el que invita a una reflexión porque, a veces, la vida parece un sueño o el recuerdo de un acontecimiento que busca el despertar para seguir soñando. Veamos.

Recordemos que, en ambas circunstancias de lucha juvenil, se vitoreaban consignas, canciones y eslóganes similares a los recitados durante la transición, aunque como hemos señalado, se hayan cambiado los términos en juego, en función de la jerga o de la parroquia nacionalista. Pero hay un asunto transcendental. Ahora también se invoca a una palabra mágica, impulsora de la modernidad, como promesa de salvación frente a esta situación de supuesta opresión popular. La democracia, término ampliamente manoseado por todos, es así, nuevamente, el símbolo de un deseo que buscaría hacer surgir entre las tinieblas de la opresión franquista de antaño o de la constitucionalista actual, el nuevo porvenir de una muchedumbre oprimida.

Entonces, después de tantos años de vivir supuestamente en ella, no lo olvidemos, lo que aparece es la llamada del mismo vocablo para encontrar la salida. ¿Qué ha sucedido pues? ¿Será que la democracia que hemos vivido hasta ahora, no ha sido más que un sueño y que, en rigor, jamás hemos abandonado la dictadura? Es una hipótesis. También podríamos pensar que el concepto de democracia, que se ha instrumentalizado hasta la fecha, exigiría ahora una mayor profundización, como si hubiera que romper con ciertas inercias de represión tan afines a nuestra historia. Es otra hipótesis en clara consonancia con los medios de comunicación internacionales que, por cierto, se han hecho eco mayoritariamente de la «violencia policial» en Cataluña, reflejando una vez más, de forma oblicua, ese punto de vista que quiere hacer del enfrentamiento el ropaje del «ser español».

Sin embargo, no creo que sea este el verdadero embrollo a dilucidar en el asunto catalán, sino más bien el uso y los límites que el término democracia impone frente a los ideales más absolutos que el ser humano tiende a alimentar, sean políticos, religiosos o ideológicos, en función de sus creencias personales. La democracia tiene un marco, o lo que es lo mismo, una estructura legal que dicta lo que se puede y no se debe hacer, siendo a partir de estas premisas como se establecen las diferentes opciones. Y, cuando no se está de acuerdo con sus resultados, lo cual es completamente legítimo, se fijan igualmente los cauces, que no son otros sino que el diálogo y el consenso, para modificar los diferentes puntos de fricción. Fuera de esto lo que imperaría es la arbitrariedad de cada uno frente a la ley, o lo que es lo mismo, la ruptura de las normas en juego y su salida. Luego el problema es cómo aceptar la legalidad y operar con ella, sin destruir ese marco que vela los odios y hostilidades más profundos, esto es, el enfrentamiento cuyo perfil más funesto es la violencia.

Ahora bien, la democracia es frágil y versátil, y el fanatismo lo sabe y nosotros también a través de la historia, porque ella se nutre del diálogo, no de la arbitrariedad del impulso ciego. Luego la liberación del nudo actual no es otra sino que el diálogo, la ley y el consenso. ¡Pero claro! El diálogo por sí solo es incapaz de reconducir la situación si no existe voluntad de dialogar. Y, para que se dé la voluntad de dialogar, hay que poder afrontar esa pérdida que todo intercambio de palabras, en cierta manera, impone. Perder algo para no perderlo todo, o bien, perder algo para seguir manteniendo en el horizonte aquello que se anhela. Por eso, cuando se destruye el marco legal que promueve la democracia, lo que aparece es el rostro de una barbarie que desata, primero, la violencia y, más tarde, el terror.

La fantasía de la libertad siempre ha traído demasiados monstruos, aunque sepamos que no se puede dejar de soñar, porque el hombre no deja de ser una ficción que se nutre de ensoñaciones. El asunto, entonces, es no dejarse llevar con demasiada alegría por unos sueños que, al fin y al cabo, sueños son.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

Publicado en http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/fragilidad-de-democracia_1195616.html

 

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