¿Qué pasa en Barcelona?

El difícil pase de lo nuevo

 

Anna Aromí*

 

Esta vez el instante de ver lo fue para muchos, además de para cada uno. El domingo 1 de octubre todas las pantallas mostraron la escena. Desde entonces esa escena no deja de pasar de alguna manera, en bucle.

Se trata de no dejarse atrapar por ese bucle. Apliquemos allí el analítico arte de la lectura. ¿Qué es esa escena? ¿Qué se ve en ella?

Lo primero, el horror de la brutalidad policial. Para muchos esa brutalidad no era nueva, lo que forma parte del horror, porque recordaba la de otras épocas y se reconocían en ella los mismos tintes chulescos, rancios, incluso de cobertura al sociópata.

No hay que confundirse, eso fue una aplicación del gobierno de la fuerza, no fue una manifestación de la Política, ni de la Justicia ni de la Ley, escrito con mayúsculas, en tanto su eficacia ética emana del reconocimiento de un punto de imposibilidad, de una re-presentación del S(/A).

Justamente hay actos que solo obtienen su legitimidad a partir de plantearse el imposible tratamiento de lo irreconciliable de esa barra y de lo irreductible de esa imposibilidad. De ahí que la grandeza de un acto, político o jurídico, lleve como correlato la autenticidad de su modestia. Como me lo decía un magistrado hace poco: los avances sociales siempre van por delante de la ley, por eso son avances, y la justicia va detrás tratando de ordenarlo.

El psicoanálisis tiene mucho a conversar con el campo de la justicia: Freud o el gobierno como imposible, Lacan o el discurso del amo como discurso del inconsciente, entre otros. En el fondo se trata de algo muy simple y muy difícil a la vez, como dijo Jacques-Alain Miller en uno de los Foros Anti-Odio: se trata de hacer reconocer a los políticos que en la política hay un real. Es muy serio. Y no solo para los políticos, lo es sobre todo para los analistas.

Pero volvamos a la escena del bucle. Esa brutalidad policial del domingo sin embargo sí era nueva para otros muchos. Varias generaciones de jóvenes -y de no tanto- conocían algo de ello por el relato familiar, por la formación escolar, pero nunca antes habían estado en algo así. No lo habían vivido. Ese domingo sus cuerpos estaban allí y recibieron el impacto: los menos afortunados el impacto del golpe físico, pero todos sin excepción el impacto físico de las imágenes. Una imagen puede ser un acontecimiento de cuerpo.

Rabia, tristeza, miedo, estupor… los afectos pasan a primer plano como efecto de semejante acontecimiento. Estos días están resultando una suerte de forzada educación sentimental, en el sentido de la política, para muchos. Pero no es en los afectos donde interesa leer. No interesa porque en el mundo de los afectos, como dice Lacan, el engaño está asegurado. Si acaso la angustia, en lo que tiene de brújula verdadera, podría servirle a cada cual para pesquisar la vía de su deseo singular. Leer en esa angustia y sus manifestaciones es a lo que se aplican los analizantes estos días y muchos de ellos, hasta donde yo puedo escuchar, con un rigor y un coraje que me hacen pensar en los elogios que Freud y Lacan dedicaron a los neuróticos en análisis en tiempos de confrontación.

Volvamos al domingo primero de octubre: no se puede decir que todo empieza allí, por supuesto. Como todo, tiene una historia que viene de lejos, incluso de muy lejos. Por tomar solamente el lejos, viene de una Constitución que anudó el final del franquismo con la modernidad europea, quedando el resto del (mal) estado de las Autonomías; viene de una guerra en el único país de Europa cuyos gobiernos nunca han renegado del nacional-socialismo; viene de una República que…

Pero para leer en algún lugar hay que poner un corte. En esto la lectura se emparenta con la castración. Se lee desde el corte, se lee a partir de aislar un significante de la cadena.

Para leer, para hablar, no hay que buscar el Uno. Sería un completo contrasentido. Se habla o se lee desde el corte, es decir desde el riesgo de lo Otro. Hablar es aceptar la posibilidad de encontrarse con lo Otro, con lo distinto, en el interlocutor o en uno mismo. Si no se acepta esto, hablar se reduce a intentar convencer al de enfrente de lo que yo digo, es el palo por otros medios.

Esto es algo que saben los terapeutas más lúcidos y por eso, los más éticos, a veces se angustian. Practicar el psicoanálisis no sólo implica ejercer un oficio imposible sino consentir a una clínica que solo opera desde su fondo de radical inhumanidad: saber que hay cosas que no merecen el intento, por ejemplo.

Tercera vez, vuelvo a esforzarme para remar en el duro banco de la escena del bucle: lo más significativo que se vio el domingo no fue la brutalidad, vieja y conocida. Lo significativo fue la gente. Ahí estuvo lo sorprendente. Y lo está. Si hoy escribo, después de procurar mantener un discreto silencio al que espero poder volver, es para contribuir a que no se aplaste este efecto de sorpresa. Al menos que no se aplaste demasiado rápido, no antes de que hayamos podido recogerlo, leerlo, aprender algo de él.

En primer lugar, más allá de las sensibilidades políticas –haylas- de cada analista, tendríamos que reconocer que esa gente sorprendente no es el otro polo de la brutalidad policial. No es el a’, no es el espejo, en este asunto ya hay demasiados espejos. Aunque fueron muchas las personas indefensas y contenidas, entregadas de entrada manos arriba, que fueron golpeadas y algunas de ellas humilladas, su función en la escena que tratamos de leer no se puede reducir a sostener el papel de partenaire. Es algo distinto.

Se ha dicho que todo esto apunta a nuevas formas de democracia, a nuevas maneras de intervenir en política, a una actualización de los indignados del 15 M… Un nuevo sujeto político. Miquel Bassols ha dedicado recientemente uno de sus textos a este punto.

No cabe duda que hay algo nuevo en este sujeto político, en sus formas de presentación y de organización. Es lo nuevo surgiendo de lo viejo, utilizándolo para emerger: de Buñuel a Almodóvar pasando por Berlanga. No frivolizo en absoluto diciendo esto, como ya expliqué en otro lugar es la operación misma que hace Lacan con el cine; el arte es algo muy serio porque pone palabras e imágenes a cosas que de otro modo no sabríamos ni que existen.

Por eso me parece que el psicoanálisis podría ayudar a localizar en lo que está ocurriendo en Barcelona, en Catalunya, en España, algo tan sutil y tan modesto como nuclear: la manifestación auténtica de un deseo de otra cosa.

A este deseo, antes que dejar que lo atufen las etiquetas políticas, ¿no se trataría de leer en él un wunsch, un empuje pulsional? Se me dirá que hay allí una pulsión de muerte. ¡Por supuesto!, pero en tanto la pulsión de muerte es indisoluble de la vida (Freud dixit). La pulsión de muerte no camina sola, si no, el mundo no existiría.

Cuando se habla tanto de división, los analistas deberíamos recordar que solo por la división es posible la vida del sujeto, la división es condición de su existencia, incluso su hábitat, así como condición y hábitat del deseo también. La cuestión interesante no es la división, es encontrarle su buen tratamiento, su buen síntoma.

Creo que, como me decía un buen amigo y analista, en estos días tan complicados se trata paradójicamente de “no perderse lo mejor de la vida”. La vida misma. Lo real de la vida.

Estoy convencida de que lo nuevo que trata de abrirse paso entre tanta confusión es algo que todavía no ha encontrado nombre.

¿Querrán los analistas poner de su parte para que lo encuentre?

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

 

 

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