EL ACTO DE GERARD PIQUÉ

 

 

Joaquín Caretti Ríos*

 

El vértigo se ha apoderado de España. Los bandos se conforman sostenidos en dos banderas, dos trozos de tela que atrapan en una identificación férrea la subjetividad de amplias masas de población que habitan de uno y otro lado de la frontera que se comienza a erigir. España y Cataluña, Cataluña y España, hoy en apariencia, tan alejadas.

¿Cómo es posible haber llegado hasta aquí y no haber encontrado vías políticas y democráticas que inventaran una solución?

Es verdad que el referéndum convocado era ilegal pero también es cierto que el gobierno de España ha reprimido de modo innecesario a las masas de votantes que se agolpaban a la puerta de los colegios electorales. Si la ilegalidad del referéndum es evidente, no así la legitimidad que tiene un amplio sector de los catalanes para pedirlo e incluso forzarlo de la buena manera. Al gobierno lo asiste la legalidad, sin ninguna duda, pero pierde toda legitimidad al reprimir a gente desarmada y pacífica que ejercen su derecho a la desobediencia civil. ¿Por qué aporrear, tirar de los pelos, torcer brazos, hacer volar por los aires, golpear a ancianos, pisotear a los caídos, tirar pelotas de goma? Votar era ilegal, sí, pero era votar, no tomar por las armas la Moncloa.

Nos acercamos a un punto de no retorno donde las palabras del rey no ayudan a templar los ánimos. Marcó una línea infranqueable sostenida en la Constitución pero no abrió ninguna vía de negociación posible luego del restablecimiento del orden. Confiar en que el artículo 155 va a solucionar el problema es estar ciego ante los efectos insospechados que produce una identificación férrea en la subjetividad que toca al ser. Ser catalán se ha convertido en una bandera de millones de ciudadanos que reniegan de su ser español, sobre el que acumulan agravios centenarios o actuales sin la más mínima objetividad. Y es lógico que sea así pues no se trata de algo objetivo sino de una pasión que se anuda a una palabra vaciada de sentido. A esta palabra, catalán, se le ha anudado otra, independencia. Son dos palabras que producen un cierre sobre sí mismo de aquellos que las defienden y, a su vez, produce un efecto de segregación de todos aquellos que no las comparten, sean catalanes o españoles, vivan en Cataluña o en el resto de España.

Se han producido muchas propuestas y pensado caminos posibles, sean de diálogo o de dura aplicación de la ley, sea utilizando mociones de censura o enviando a la policía, sea por la vía del martirio o por medio de un referéndum. Ojalá el diálogo y la concordia resurjan aunque la inminente declaración de independencia no parece que vaya a favorecer ningún arreglo. La propuesta de generar un proyecto común entre España y Cataluña debería ser escuchada.

Por otra parte, hemos tenido estos días uno de los mejores ejemplos de cuál sería la vía a seguir: me refiero al acto de Gerard Piqué. El buen defensor del Barça y de la selección española de fútbol lloró ante las cámaras cuando era interrogado sobre el referéndum que se acababa de celebrar el domingo uno. No pudo soportar la emoción cuando recordó cómo la policía nacional y la guardia civil habían reprimido a la gente que les obstaculizaba la labor encomendada de impedir la votación. A continuación habló de que seguiría jugando en la selección española porque en España había muchos demócratas que pensaban como él pero que si era un estorbo, no tendría problema en dar un paso al costado y abandonar la selección. Al día siguiente, lunes dos, se presentó en la convocatoria de la selección a entrenar normalmente. Como era un entrenamiento abierto, las gradas estaban llenas de furiosos aficionados cargados de banderas españolas que lo insultaron, le gritaron que su nación era la española y desearon que lo echaran de la selección. Piqué aguantó los insultos y se quedó. Al día siguiente, martes 3, ya a puertas cerradas hubo un entrenamiento tranquilo. Es decir que Piqué lloró por Cataluña y entrenó con España al día siguiente. Habrá quienes quieran ver en esta paradoja un ejercicio de cinismo o de conveniencia económica o de que no sabe lo que hace o que traiciona sus ideales; sin embargo, a mí me parece que Piqué nos señala la profunda división subjetiva que significa ser catalán (y español). Por un lado, el amor a la tierra y a la lengua, a la historia, a las tradiciones y a las particularidades, a los paisajes propios y al mar, a las comidas y a las bromas, a todo aquello que lo constituye como una totalidad. Totalidad del ser catalán que está agujereado por lo español, irreversiblemente, y que cohabita en la subjetividad del pueblo catalán. Es la lengua que todos hablan, los lazos familiares que los llevan a pasearse por España, paisajes que penetraron en sus retinas, amores que vivieron o viven, hijos, calles, aventuras, libros, rivalidades futbolísticas que alegran la vida, debates y rencores.

Ser español hoy es ser asturiano, vasco, andaluz, gallego, navarro, valenciano, riojano, extremeño, madrileño, castellano-manchego, castellano-leonés, murciano, canario, balear, cántabro, aragonés y, por supuesto, catalán. Es la alegría de lo múltiple que constituye a España. Esto es lo que el acto de Piqué nos señala, con precisión, como un camino posible: alegría porque el uno nacional puede habitar en la multiplicidad sin desaparecer. Ahí anida el entusiasmo por la diversidad, por llevar con más ligereza las identificaciones, por el buen uso del goce de vivir. Es esta alegría lo que defendemos todos los que amamos profundamente a Cataluña y a España. Esto es lo que pretende quitarnos la certeza del Uno nacionalista, creador de fronteras. Lo que no ha descubierto aún el nacionalismo es que esta alegría se la quita también a sí mismo.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

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