La democracia 2.0 y la transformación del derecho

Enric Berenguer*

Era, si puedo expresarme así, una especie de individualismo colectivo, que preparaba a los espíritus para el verdadero individualismo que conocemos. Lo más extraño es que todos los hombres que se mantenían separados los unos de los otros se habían vuelto tan parecidos entre ellos, que hubiera bastado con cambiarlos de lugar para no poder ya reconocerlos. Más aún, si alguien hubiera podido sondear su mente, habría descubierto que esas pequeñas barreras que dividían a gentes tan parecidas se les antojaban a ellos tan contrarias al interés público como al buen sentido. Cada uno de ellos se aferraba a su condición particular tan solo porque otros se particularizaban por su propia condición; pero estaban todos dispuestos a confundirse en la misma masa, con tal de que nadie tuviera nada que superara el nivel común.

Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución.

 

Es innegable que, tras décadas de relativa estabilidad, las coordenadas que rigen la política mundial y la específicamente europea han cambiado. Se trata de algo de lo que venimos hablando hace años, pero muchas veces las consecuencias concretas de todas estas nuevas condiciones se precipitan de golpe, dejándonos sorprendidos ante una discontinuidad que da lugar a un cambio siempre en parte imprevisible – y sus consecuencias siempre son incalculables. De repente, todo ha cambiado. Y lo que surge, nunca es exactamente igual a lo que imaginábamos en las inevitables anticipaciones de lo ocurrido.
En estos cambios participan factores absolutamente contemporáneos, pero estos a su vez retoman, resignificándolas, líneas de fuerza –y casi siempre de fractura– presentes de forma más o menos discreta desde mucho tiempo atrás, incluso en periodos largos de la historia. La historia es convocada, siempre, pero a partir de una crisis presente y con un proyecto de futuro, sea este plausible o marcado de entrada por pocas posibilidades de éxito.
En los últimos años, desde 2010, hemos vivido una serie de acontecimientos que han recibido la calificación de revolucionarios, como mínimo en algún momento de su recorrido. En ocasiones se ha hablado claramente de revolución. Empezando por la “revolución de Túnez”, una serie de acontecimientos tuvieron lugar en países árabes, constituyendo lo que se vino en llamar Primavera Árabe, la cual, como se sabe, terminó en un largo y terrible invierno en algunos casos.
En 2014 tuvo lugar la revuelta conocida como “Euromaidan”.
Hace algunas semanas, bastante antes de los terribles acontecimientos del domingo en Barcelona, la subdirectora de un medio de bastante difusión (Público) empezó a hablar de “la revolución catalana”.
¿Qué significa en cada uno de estos casos el término “revolución”? ¿Qué tienen que ver con lo que podemos situar como fenómenos distintos de otros acontecimientos que tuvieron lugar en el siglo XX? De hecho, a lo largo del siglo pasado sucesos muy diversos entre sí recibieron una denominación similar. Entre ellos, el más diferenciado es el más tardío y concierne a un uso muy metafórico del término, aunque tiene su sentido: se trata de la “revolución conservadora”, iniciada (al menos visiblemente) por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En la misma (1979) época acontece la “Revolución Islámica” en Irán.
No hace mucho, dos pensadores publicaban un ensayo titulado: Común: ensayo sobre la revolución en el siglo XXI. En él, tras una profunda revisión crítica de las conocidas como revoluciones “comunistas” o “marxistas” –viciadas según ellos por una concepción autoritaria de la soberanía y de la propiedad “del Estado”, además de por una concepción del Partido como representación legítima de la autoridad de la “clase obrera”– planteaban la cuestión de lo “común” como la verdadera revolución pendiente para el siglo XXI.
Ahora bien, de momento, las revoluciones realmente existentes en este siglo XXI han transcurrido por otros derroteros. Con independencia de sus resultados muy diversos, ¿qué tienen en común Túnez, Libia, Egipto, Siria y Ucrania?
En todos los casos se trata de revueltas contra regímenes vividos como sumamente corruptos, autoritarios. Este es un factor común inequívoco. De repente (y a veces mediando factores como el contagio entre un país y otro, como en la Primavera Árabe) un régimen que había sido soportado durante mucho tiempo se vuelve insoportable. Y la esperanza de una libertad que parece al alcance de la mano despierta el deseo irreprimible de un cambio urgente. El término mismo de “primavera” dice bien las expectativas que en su momento supusieron algunos de estos movimientos, en los que factores generacionales tuvieron un papel determinante. De repente, una nueva generación, que se vive a sí misma como conectada con un mundo globalizado, ya no quiere seguir encerrada entre los muros de lo que vive como una opresión anacrónica. El término “corrupción” designa bien la pérdida de toda autoridad moral por parte del partido o la clase dirigente. Para esos jóvenes, el mundo les mira, no puede no reconocer sus derechos, no puede no darse cuenta de que ellos no se identifican con ese régimen anticuado, opresor. Son ciudadanos del mundo y creen que ese Otro al que acceden con tanta facilidad a través de los medios de comunicación digitales y las redes sociales, está ahí, al otro lado de su Iphone, para acogerlos tras su acto de violenta separación de un amo al que ya no reconocen. Por desgracia, ese Otro salvífico suele no presentarse a la cita, o hacerlo demasiado tarde.
En el caso particular de Cataluña, hay toda una serie de factores específicos a tener en cuenta. Muchos de ellos, históricos, exigirían demasiado espacio para detallarlos aquí. Baste destacar la crónica dificultad del Estado español para producir una versión entusiasmante y moderna de España como nación común. El no encaje de Cataluña y sus aspiraciones particulares en el esquema unitario propuesto desde el centro ha sido, de forma recurrente en la historia, fuente de dificultades. En más de una ocasión, momentos de oportunidad han dado paso a situaciones catastróficas. Cada vez, la catástrofe ha surgido para algunos como la oportunidad de una solución final, la separación definitiva. Nada de esto es nuevo. Felipe González, en su época dorada, cuando Europa constituía un proyecto entusiasmante para todos los españoles –y con importantes subvenciones económicas– pudo articular cierto proyecto. Las propias dificultades de González y luego el estilo de política agresiva introducida por Aznar supusieron un cambio de ciclo. Desde entonces todo fue a peor. Cierta lealtad institucional se perdió para siempre.
¿Qué es nuevo entonces? Para entender lo que está ocurriendo precisamente ahora, hay que tener en cuenta una suma de factores muy diversos. Por un lado, el modo particular en que la crisis económica iniciada en 2008 golpeó a toda España y, en particular, a Cataluña. Las políticas de austeridad, lideradas por el establishment europeo, tuvieron un impacto muy fuerte en países periféricos. La asunción, por parte de los gobiernos de España y también de Cataluña, de fuertes políticas de recortes afectó gravemente al estado del bienestar e incrementó de forma decisiva la desigualdad.
Como resultado de todo ello, por primera vez desde mucho tiempo atrás, toda una generación vio en un momento de vértigo que iba a vivir peor que sus padres. El efecto depresivo fue monumental. Europa, vista hasta entonces como factor de progreso, incluso de apoyo económico decisivo, perdió gran parte de su prestigió, dejó de ocupar su lugar como un ideal y empezó a ser vista como una gran burocracia no sometida a un suficiente control democrático, que parecía aliada con las élites gubernamentales locales. Finalmente, graves escándalos de corrupción, primero en Madrid y Valencia, luego también en Cataluña, añadieron el elemento que faltaba para un estallido. Como consecuencia de ello, hubo el 15-M en Madrid, que se extendió luego a Barcelona, donde, hay que recordarlo, fue violentamente reprimido.
Lo que en Madrid dio lugar a lo que se ha venido en llamar “populismo” de izquierdas, dio lugar en Cataluña, desde 2012, al resurgir de una reivindicación soberanista. Esta última fue aprovechada táctica y/o estratégicamente por tres partidos políticos muy diversos, pero que encontraron en el significante “independencia” su consigna compartida. En mi opinión, de lo que se trata inequívocamente en esa operación, en la que se dejan de lado diferencias políticas para construir por la vía express una nueva hegemonía, es de un populismo identitario.
No tomo aquí este término como valorativo, ni bueno, ni malo. Se trata de una modalidad de la política propia del siglo XXI, que pretende construir formas de lo común en sociedades en las que las divisiones de clase ya no son netas y las formas de asociación tradicionales de los trabajadores (sindicatos) ya no tienen el mismo poder de cohesión. En sociedades marcadas por un individualismo de masas, determinadas iniciativas políticas buscan construir representaciones colectivas capaces de constituirse en sujetos políticos decisivos. O bien aprovechan, con fines tácticos o estratégicos, sujetos políticos emergentes. Lo que fue el 15-M para Podemos, lo fue la gran manifestación del 11-S 2012 –un fenómeno masivo impresionante– para los independentistas catalanes.
En términos generales, se puede decir que la fuerza que determinados movimientos de masas han tomado en los últimos años se ha visto potenciada por una desconfianza en las formas habituales de la democracia representativa. La sensación de fracaso de la democracia que ofrecen los partidos habituales y el juego electoral estándar hace que la fuerza de la movilización recaiga en las multitudes, en espera de algún tipo de dirección. Es totalmente legítimo llamar a esto “profundo deseo de democracia”. Pero es preciso no olvidar que se trata de un movimiento reactivo, cuya fuerza principal reside en el afecto de la indignación. No es este un afecto fácil de manejar. Por un lado, hay riesgo de que se agote si no se mantiene en tensión y necesita de un horizonte temporal cercano en el que obtener resultados. Por otro lado, es difícil dirigirlo porque por su propia naturaleza desborda los mecanismos tradicionales de partido. Y finalmente –y en esto la responsabilidad de los dirigentes políticos es muy importante – puede entrar en contradicción con los principios más fundamentales de la propia democracia. La dolorosa paradoja que puede darse es que un profundo deseo de democracia acabe siendo un ataque contra la democracia misma.
¿Qué propuestas políticas surgen en el momento en que el juego habitual de los partidos políticos, dentro de las reglas de la democracia representativa, conducen a un impasse o a un estancamiento en una repetición sin salida? Este es el detalle crucial. En contra de lo que dice uno de los principales ideólogos del independentismo catalán en un vertiginoso teorema (“Sólo la gente salvará a la gente”), la historia está llena de ejemplos que demuestran que son los líderes políticos quienes deciden el destino de un movimiento de masas. Pueden salvarlas o no. Esto no ha cambiado y sigue siendo vigente hoy, a 3 de Octubre.
En este punto crucial, el resurgimiento de las opciones identitarias es un clásico. La lógica identitaria permite una canalización de la indignación en términos de rechazo de un enemigo claro.
En este tipo de encrucijadas cae la expectativa, del orden de una suposición o creencia, de un cálculo posible del bien común con inclusión de los no-iguales. Esto requiere un ideal compartido lo suficientemente poderoso como para que cada individuo pueda sacrificar, en el momento mismo del cálculo, parte de su beneficio particular. Cuando esta suposición fracasa, la construcción de la categoría del adversario se torna fundamental. Vuelve la teología política de Schmitt, que no por casualidad vuelve a estar en boga.
Podemos construye como adversario la categoría de “la casta” para identificar a la oligarquía, sea real o imaginaria, que la estasis del juego democrático habría producido. La ventaja de esta categoría es que es lo suficientemente porosa, tanto en términos de clase como de adscripción política. Permite, hasta cierto punto, pactos y negociaciones.
Pero la construcción del adversario en una lógica marcadamente identitaria tiene más riesgos. Entra fácilmente en una lógica de retroalimentación a—a’. Cuando Podemos dice “la casta”, hay cierta libertad para identificarse o no con su adversario. Cuando los independentistas catalanes dicen “España”, es una categoría de la que es difícil escapar. Por otra parte, la lógica de la identidad exige el sostenimiento de la consistencia imaginaria del adversario.
El problema, por otra parte, es que existe un populismo español de larga tradición, de origen franquista, que entra fácilmente en resonancia con la identidad catalana cada vez que esta adquiere mucha consistencia. Los acontecimientos violentos del 1-O en Barcelona demuestran que ese adversario, cuando es invocado, responde de la peor forma, desencadenando su poder destructivo. En estos momentos, la reivindicación de la particularidad catalana es capaz de despertar las peores pasiones y un espíritu de revancha que puede llegar lejos.
La España más rancia nunca existe tanto y tan fuertemente como cuando encuentra, al otro lado, el espejo invertido de un colectivo que se resiste a ser absorbido en su versión monolítica del Uno, que por otra parte es profundamente débil en sí misma. Esa misma debilidad es la que se manifiesta, paradójicamente, en demostraciones de fuerza como la que acabamos de vivir, reverso de su impotencia.
Por eso, cuando escribo estas líneas, mientras una parte de la población de Cataluña se prepara para lo que imagina como un amanecer, otra teme asistir a una noche oscura. El entusiasmo y la angustia conviven en el mismo espacio y tiempo. Hay muchas formas, seguramente, de definir lo que hoy día se llama división de la sociedad catalana, pero la división entre entusiasmo y angustia no se debe descartar. Entre la una y el otro, un peligroso momento de báscula puede adquirir la forma de un pasaje al acto. Era imposible no pensarlo en el momento en que en la noche del 1-O se empezó a pronunciar la expresión “proclamación unilateral de la independencia”, por parte de un grupo de hombres vestidos de negro y con una iconografía que merece ser estudiada. Sin esperar siquiera a contar con los “resultados”.

Crisis de la democracia representativa y nueva democracia

No es la primera ocasión en la historia en que la democracia representativa agota uno de sus ciclos. Más de una vez, tal agotamiento ha conducido a una guerra. En esta ocasión los límites que el sistema democrático ha encontrado en Europa no han desencadenado una guerra, de momento asistimos a otra clase de fenómenos. Lo acontecido en Francia en las últimas elecciones es sumamente significativo. A una crisis de los partidos tradicionales responde, por un lado, una oferta, la de Marine Le Pen, basada en un nacionalismo fuertemente identitario, en este caso inequívocamente neofascista. Y, por otro lado, una propuesta distinta, la de Macron, que trata de formular un nuevo proyecto. Ello implica entre otras cosas reformular el lugar de Francia en Europa y relanzar de una forma nueva el espíritu republicano. En esto son proyectos opuestos.
¿Puede este agotamiento de una época dar lugar a formas de renovación de la democracia? No hay que descartarlo y alguna vez se ha esperado. Heidegger citaba a Hölderlin: “Pero allí donde está el peligro, crece también lo que salva”. En momentos como este –y es imposible no recordar el propio extravío del filósofo del Dasein en una época en que la democracia había tocado fondo y se vio arrastrada por un populismo destructivo– también se puede decir todo lo contrario: en las cercanías de lo que salva acecha el peligro.
A muchos nos encantaría suscribir el ilusionado comentario de Paul Mason, de The Guardian: “Pero el nacionalismo catalán ha hecho un esfuerzo sostenido por reconciliarse con las ideologías globalistas y cosmopolitas de la Europa moderna. Montserrat Guibernau, profesora visitante en la Universidad Pompeu Fabra, una de las principales autoridades académicas en el nacionalismo del siglo XXI, acuñó el término ‘nacionalismo cosmopolita’: un sentimiento que tuvo eco en la última gran manifestación antes del voto, en la Plaza Cataluña, el viernes por la noche, cuando emigrantes (sic) y refugiados fueron invitados al escenario para unirse a la procesión de ‘miembros típicos de la sociedad Catalana’”.
Se percibe un aire de déjà vu al leer este romántico comentario, que nos recuerda los tiempos de las Brigadas Internacionales. Pero es difícil concentrar en un solo párrafo tal cantidad de tópicos. El verdadero reto democrático de los nacionalistas catalanes, si es que de verdad quieren ser cosmopolitas, no es invitar a unos cuantos refugiados para adornar sus propias reivindicaciones, sino aceptar de verdad la opinión del más del 51% de los votantes, que en las últimas elecciones (indiscutiblemente legales y democráticas, reconocidas como tales por los propios independentistas aunque solo fuese para imponer su lectura de los resultados) se pronunciaron contra opciones secesionistas. Sin olvidar que en ese párrafo se percibe una completa confusión entre las opciones nacionalistas y las municipalistas, mayoritarias estas últimas en Barcelona, que son las que más se han ocupado en los últimos tiempos por los refugiados y los extranjeros. Estos no han sido ninguna prioridad en la agenda del gobierno catalán. Sí lo han sido, hay que reconocerlo, en la del digno ejemplo de pequeños grupos de independentistas jóvenes, pero que no constituyen en absoluto el mainstream.
El verdadero problema no es el surgimiento de un deseo democrático renovado, sobre todo en los jóvenes. Bienvenido. El problema es no encontrar, o no querer encontrar, el modo de hacerlo compatible con lo que la vieja democracia sigue teniendo de bueno y útil.
La nueva democracia está muy teñida hoy de los nuevos hábitos de un sujeto contemporáneo que se pasa el día votando en su Facebook y en su cuenta de Twitter. Identificándose con su propia comunidad, se identifica sobre todo con él mismo. Se trata de una dificultad que ha puesto de relieve hace poco Mark Lilla en su libro The Once and future Liberal. After Identity Politics: “[…] una nueva perspectiva sobre la vida ha ido ganando terreno […] una en la que las necesidades y los deseos de los individuos han conseguido una casi absoluta prioridad por encima de las de la sociedad”. Y habla a este respecto de “revolución subliminal”. Una serie de significantes, nos dice, son moneda corriente en el discurso corriente: “Elección personal”, “Derechos individuales”, “Auto-definición”. En consecuencia, según él, “nuestra política [ha quedado] infectada por esta misma autorreferencialidad” [self-regard]. Y concluye que en los EE.UU es la derecha la que ha sido capaz de articular un discurso político en sintonía con estas nociones. Atribuye a Reagan la virtud de haber entendido este espíritu que califica de libertario.
Por otra parte, en contraste con esto y echando la vista más atrás, Lilla recuerda que durante los años 20 los inmigrantes, componente fundamental de la sociedad norteamericana, se identificaron fuertemente con el país y estuvieron orgullosos de ser sus ciudadanos. Ello fue posible porque no se les exigía una asimilación cultural completa. Eso permitió que estuvieran dispuestos a hacer importantes sacrificios por el país que habían adoptado y que los había adoptado.
Finalmente, a la noción de ciudadanía, definida como un vínculo entre ciudadanos diferentes por encima de identidades grupales, incluso de clase, le opone Lilla “el modelo Facebook de identidad [que] también ha inspirado un modelo Facebook de compromiso político”. Y remacha: “en el modelo Facebook del ‘self’, los vínculos que me importan y que decido afirmar no son políticos en este sentido democrático. Son meras afinidades electivas. Puedo auto-identificarme con un grupo al que objetivamente no parezco pertenecer”. Esta relación en banda de Möbius entre el yo y el colectivo es, en mi opinión, esencial.
Lilla nos indica así de un modo sucinto algunas de las dificultades que, en este momento crítico de la democracia, los responsables políticos deben poder enfrentar sin caer en soluciones que en lo inmediato parecen más fáciles, incluso evidentes. En el conjunto de España y en particular en Cataluña, hay una generación que se enfrenta a estos problemas, sin que sus mayores hayan sido capaces de trasmitirles lo bueno de la vieja democracia para que puedan hacer uso de ella en lo que están construyendo.

La transformación del derecho

Ya el célebre estudioso de la democracia Pareto decía que prefería que le pidieran que definiera “la Quimera” antes que el Estado de derecho. Como es inevitable en cualquier crisis del sistema democrático, se ha abierto un debate, inevitablemente partidario, en torno a esta noción. Deberá alcanzarse cierta calma para poder ver claro, por parte de unos y por parte de otros. Tratar sobre el problema del Estado de derecho hoy en Cataluña exige una cierta perspectiva. De cómo se haga dependerán muchas cosas en el futuro, y esto no se resuelve con leyes de urgencia votadas por una minoría no suficientemente representativa, como en las penosas sesiones de Parlamento Catalán del 6 y 7 de septiembre, en contra del criterio de sus propios abogados constitucionalistas.
Téngase en cuenta que, como muchos estudiosos vienen señalando, la relación del sujeto contemporáneo con la ley es muy distinta. Se ha producido un decisivo desplazamiento del derecho público hacia el derecho privado. Un ejemplo claro son los debates en torno al TPP, en torno al copyright, etc. En un funcionamiento del discurso del amo en el que ya no se trata de la represión (como indicó Jacques-Alain Miller ya hace mucho tiempo en Comandatuba), la ley tiene otro sentido y otra dinámica.
Sería bueno que todas las partes abordaran el problema de fondo sin ampararse en fórmulas muy repetidas y poco argumentadas. Javier Pérez Royo, experto constitucionalista sevillano, hace una observación importante: según él, el hecho de que, tras la aprobación del referéndum del 2006 en el Parlament de Catalunya, en las Cortes españolas y en un referéndum en Cataluña, el Tribunal Constitucional lo recortara a instancias de un partido político, fue un desastre jurídico. Son sus términos. Pero en aquel momento no se produjo, tampoco en Cataluña, una respuesta proporcional a lo que acababa de ocurrir. Curioso silencio, visto retrospectivamente. Sin duda, de cariz depresivo. Hoy día, en una coyuntura del todo diferente, en medio de una crisis multidimensional y con una nueva generación accediendo a la política, aquella herida resurge con una fuerza inusitada. No entenderlo fue el error de Rajoy en el tratamiento del referéndum del 9N 2014.
Pero el mismo constitucionalista dice que, desde hace años (2012 y 2015), las elecciones en Cataluña son una “anomalía jurídica” porque se plantean constantemente en términos plebiscitarios, aunque los resultados nunca se interpreten de esa forma sino en función de acuerdos tácticos. Según su criterio, desde entonces se vive en esta constante anomalía jurídica alimentada por ambas partes, gobierno del Estado y de Cataluña.
Finalmente, tras las elecciones del 2015, el gobierno de Puigdemont, quien ni siquiera había sido candidato, impone una hoja de ruta en contra de la voluntad expresada por el 51 % de los votantes, en lo que fue vivido como un claro abuso por una parte muy importante de la población de Cataluña. Instauró entonces un programa finalista, cuyo objetivo previamente decidido está a punto de ser proclamado, convirtiendo todo lo anterior en un puro semblante vacío.
Por otra parte, aunque se habla de la Constitución del 78 como intangible, no hace mucho el Estado español, ante las exigencias de la UE en relación al rescate bancario, aceptó introducir una cláusula nueva poniendo un techo al endeudamiento del Estado. Este gesto tuvo toda su fuerza simbólica: supuso insertar en nuestro ordenamiento jurídico una cláusula de inspiración ordoliberal, teoría política alemana en la que se basó la reconstrucción de Alemania tras el desastre de la guerra. Hace poco hubiera sido impensable. Síntoma profundo de nuestra época.
La intangibilidad de las leyes ya no es por tanto creíble en nuestros días. La crisis en Europa la ha dejado tocada. Los consensos deben ser renovados y ya hay muchas más personas vivas en España, Cataluña incluida, que nunca votaron la Constitución, aunque su festividad se “celebre” (por cierto, ¿cómo?) todos los años.
Hay que tener en cuenta que el estatuto mismo de la ley y el derecho hacen que en momentos de tensión el derecho se convierta fácilmente en un arma arrojadiza, empleada por todas las partes en conflicto, produciendo una deriva desde el “estado de derecho” al “estado de tengo derecho”.
Sea como sea, el anudamiento entre todos estos cabos sueltos no se puede producir ni mediante las leyes, ni mediante los tribunales, mucho menos mediante el recurso de la fuerza, cuyas imágenes siguen doliéndonos en la retina.
Así como en su día Clinton pareció dar en el clavo con su famosa máxima de la campaña presidencial de 1992, “Es la economía, estúpido”–frase que a posteriori nos resulta ominosa como anticipación de una dejación de la verdadera política–, ahora es el momento de gritar:
“¡Es la política!”
Aquí, en Cataluña y en el resto de España, también en Europa, urge construir una versión de lo común por encima de las identidades. Y en la construcción de lo común, lo jurídico, replanteado, debe tener un papel fundamental.
El malabarismo del “nacionalismo cosmopolita” sólo satisface a sus adeptos.
La esperanza es que hay hoy día muchos jóvenes, en toda España, que se sienten concernidos por lo que aquí ha ocurrido.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

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