Algunas reflexiones tras el Referéndum en Cataluña

 

Santiago Castellanos*

Madrid 1.10.2017

Hace varios días que en los balcones de muchas calles de Madrid y de otras ciudades españolas están colgadas banderas de España.

Al mismo tiempo hemos visto hoy en la televisión, en directo, en las calles de Cataluña, imágenes de muchos catalanes frente a las fuerzas de seguridad del Estado intentando votar en un referéndum convocado por el gobierno de la Generalitat de Cataluña de forma unilateral.

Las escenas de represión policial, los numerosos heridos y la violencia policial contra población civil circulan por los medios de comunicación de todo el mundo y cuestionan la política que el gobierno de España ha puesto en juego en relación a la demanda soberanista catalana. Esto ha venido precedido de detenciones, intervenciones judiciales, multas y amenazas de todo tipo que han agravado la crisis.

Asistimos, de esta manera, a la mayor crisis política en nuestro país desde la transición y la muerte de Franco en los años 70 cuyas consecuencias son imprevisibles.

Es necesario condenar la represión policial, exigir responsabilidades y  subrayar la equivocada respuesta por parte del Estado.

Quiero añadir algunas reflexiones más acerca de esta “crisis”:

La primera es que las garantías democráticas han sido degradadas por el gobierno de España y también por el movimiento independentista catalán.

 La judicialización de un problema político por parte del Gobierno del Partido Popular ha conducido a la intervención de las Fuerzas de Seguridad del Estado para violentar, detener, amenazar y reprimir las manifestaciones y demandas del movimiento soberanista en Cataluña.

Por otro lado, la convocatoria del Referéndum por parte del Parlamento en Cataluña se realizó sin permitir ningún debate. El argumento esgrimido por parte del Presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha sido muy claro: lo hemos hecho así porque era la única manera posible aunque no se respetasen los mínimos mecanismos democráticos propios de cualquier parlamento en Europa. Un argumento que hemos conocido en otros escenarios desde hace mucho tiempo: el fin justifica los medios.

De la misma manera, la aprobación por una escasa mayoría parlamentaria (que no representa en votos a la mayoría de la población) de la Ley de Transitoriedad que entraría en vigor tras la declaración de independencia, sin ningún debate en el mismo parlamento es un precedente inquietante y de carácter totalitario.

No ha habido garantías de ningún tipo en la convocatoria de este Referéndum, que adolece de los cánones democráticos internacionales asumidos por la mayor parte de los países europeos. No hay garantías con los censos, con el sistema de votación, con el proceso de contabilización de los votos, la composición de las mesas, con la información de los resultados electorales etc…además una votación en la que las fuerzas de seguridad del Estado intervienen para tratar de impedirla nos sitúan en un escenario ciertamente surrealista y antidemocrático.

En realidad en este escenario la contabilidad real de la votación –más allá del hecho de su carácter masivo- es un aspecto secundario. Está claro que la participación ha sido muy importante aunque no podamos saber con exactitud las cifras. En estas condiciones la declaración unilateral de la independencia, anunciada esta noche por Carles Puigdemont, aunque no será inicialmente reconocida por la Unión europea, supondrá una agudización de la “crisis” y una profundización de la fractura social.

La segunda es que las consecuencias de la radicalización de ambos discursos –el independentismo catalán y el nacionalismo español- son la ruptura del lazo social y la promoción de los fenómenos de segregación.

La sociedad civil catalana se encuentra profundamente dividida –prácticamente al 50 % según las últimas encuestas- y asistimos a un ambiente que comienza a ser irrespirable en Barcelona y otras ciudades en España.

Por un lado el movimiento independentista se fortalece sobre la base del discurso alrededor de ser “víctimas” de la violencia y la represión del Estado y por otro  los defensores del discurso nacionalista español se presentan como los garantes de la ley, se declaran víctimas de la deslealtad de los catalanes, de su prepotencia y de la falta de apego al derecho constitucional.

“O conmigo o contra mi” resume una grieta que corre el riego de profundizarse y de tirar por la borda los derechos democráticos conquistados tras décadas de dominación totalitaria franquista. La idea de los “buenos y los malos” transporta identificaciones que incluyen un goce y una pulsión segregativa que como sabemos en la experiencia de la clínica del psicoanálisis forma parte de la estructura del ser hablante.

Frente a estos hechos, numerosos sectores de la “opinión ilustrada” y de la sociedad civil en Cataluña y en España, de indudable trayectoria democrática, se han pronunciado con contundencia en contra de esta deriva “segregacionista” y de polarización porque no se reconocen en ella. Al mismo tiempo, reivindican el diálogo y las soluciones políticas ante la situación actual. Ellos no están sometidos a la lógica de los discursos “nacionalistas” ni responden a los intereses de los diferentes partidos, ni del régimen. Representan un viento de aire fresco en la difícil situación política española.

Las consecuencias de esta crisis institucional son imprevisibles para España y Europa.

Armando Fernández, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, subrayaba ayer en un artículo de opinión publicado por El País que este proceso que vivimos en Cataluña tiene un alcance más global. El discurso del ideario de un territorio “entendido como unidad muy cohesionada y cultural, identitaria e institucionalmente, tiene que competir duro frente a otros territorios para alcanzar saldos positivos y atraer inversiones. Los países del sur de Europa, pero también sus propias regiones deprimidas –el este de Alemania, el Mezzogiorno italiano, la región belga de Valonia- son percibidos como lastres fiscales por los que prefieren no tener que sentir solidaridad alguna con el fin de preservar el propio bienestar. El ala conservadora y liberal del independentismo catalán mira a través de un filtro como este: el “Estado Español”, un artificio culturalmente ajeno, es un lastre del que hay que desprenderse para poder convertirse en la Finlandia del Mediterráneo. De ahí a pedir la secesión solo hay un pequeño paso”[1]

Este análisis, siendo insuficiente, creo que nos permite entender algunas de las razones de porqué un sector de la derecha liberal catalana ha tomado la orientación de promover una ruptura unilateral con el Estado Español. No hay que olvidar que Cataluña supone el 20 % del PIB de España. Por otro lado, están los pequeños empresarios golpeados por la crisis de los últimos diez años, las clases medias tradicionalistas catalanas y un amplio sector de la juventud y de las nuevas generaciones que se ha movilizado en relación a la idea de que la independencia de Cataluña mejore la perspectiva  de un futuro incierto y poco esperanzador. La legítima aspiración del “derecho a votar” o del “derecho a decidir” encuentra un amplio frente de consenso aunque al mismo tiempo divide profundamente a la sociedad civil catalana.

El hecho es que nos encontramos con una amplia movilización social en el que los ideales independentistas han ido ganado terreno progresivamente en los últimos siete años. El movimiento independentista se nutre de sectores de la derecha catalana neoliberal en un extremo y de organizaciones de izquierda anticapitalistas en el otro. Un frente independentista que considera que una vez que se conquiste la independencia en Cataluña como objetivo prioritario habrá un segundo tiempo en el que las diferencias internas tendrán que resolverlas entre ellos mismos.

Un paciente me decía el otro día en la consulta, muy enfadado y anticipando los hechos que se están sucediendo, que pase lo que pase, la fractura social que se ha generado en España durará varias generaciones y que el proceso es irreversible. Este paciente, que suele hablar mucho de política en las sesiones, decía que lo más llamativo es que el Presidente del Gobierno de España –Mariano Rajoy- y el de la Generalitat –Carles Puigdemont- lideran los dos partidos que conducen este proceso de enfrentamiento civil y que a través del mismo han conseguido a corto plazo desplazar uno de los mayores problemas de los últimos tiempos: La corrupción y los numerosos procesos judiciales en que estaban implicados sus dirigentes. El Partido Popular con algunos de sus anteriores dirigentes en la cárcel y otros imputados en casos de corrupción y el tradicional partido nacionalista –CIU- liderado históricamente por Jordi Pujol que tuvo incluso que refundarse con un nuevo nombre –PDECAT- para limpiar políticamente su trayectoria.

En esta compleja situación ¿cómo definir una orientación desde el discurso analítico?

En el cierre de las Jornadas de la ELP celebradas en Madrid en diciembre de 2014 en las que fui elegido Presidente de la Escuela subrayé que “La ELP tiene en su haber el constituirse como una Escuela transnacional y translingüística y esto no es cualquier cosa en un país cuya crisis política nos plantea muchos interrogantes y que habla cuatro lenguas. Pero hay que decir que disponemos del recorrido, la experiencia de trabajo y la transferencia necesaria para situarnos más allá de los avatares de esa crisis y que estaremos en condiciones de sostener la dimensión del Uno de la Escuela junto a la diversidad y lo múltiple del país en que vivimos.”

Un año después celebramos en Barcelona las siguientes Jornadas bajo el título de “Crisis, ¿qué dicen los psicoanalistas?”

Allí planteamos en la presentación de las Jornadas que “para el psicoanálisis una crisis es un faro de lo real. Esto significa que podemos hacerlo funcionar como un indicador, como una brújula. Krisis significa, en su etimología griega, oportunidad. Así, no resulta extraño que el psicoanálisis sea amigo de la crisis. Amigo en el sentido de que la conoce, la respeta y sabe servirse de su potencial.”

Retomamos la referencia de J-A Miller en una entrevista concedida en 2008 a la revista Marianne sobre la crisis económica. “Hay crisis en el sentido psicoanalítico cuando el discurso, las palabras, las cifras, los ritos, la rutina, todo el aparato simbólico, se revelan de repente impotentes para atemperar un real que de hecho no está más que en su cabeza. Una crisis es lo real desencadenado e imposible de dominar. El equivalente, en la civilización, de estos huracanes con los cuales la naturaleza viene periódicamente a recordar a la especie humana su precariedad, su debilidad fundamental” [2]

La “crisis” política actual convoca a una redefinición de las relaciones institucionales que se establecieron durante la transición española. Desde el discurso analítico, reverso del discurso del amo y de las ideologías, podemos defender el valor y la posibilidad de la palabra y de las libertades democráticas para encontrar una salida.

Tal vez los dirigentes políticos actuales no sean los interlocutores adecuados, tal vez surjan nuevas formas democráticas de resolver los problemas. En cualquier caso, la defensa de la democracia y el rechazo al “odio” y las derivas “segregacionistas” pueden ser algunas de las referencias que el psicoanálisis puede tomar para participar en este debate.

En el fondo nuestra Patria es el psicoanálisis y el discurso que lo sostiene, que no conoce fronteras sino que se orienta en el campo de la política por una posición ética: la de la defensa de los valores democráticos.

Madrid 1 de octubre de 2017.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

[1] Armando Fernández-Steinko, “La izquierda ante la secesión”, 30.09.2017, p. 14.

[2] “La crise financière vue par Jacques-Alain Miller”, en Marianne,10 octobre 2008. Traducido al castellano:http://www.nel-mexico.org/articulos/seccion/radar/edicion/21/218/La-crisis-financiera-vista-por-Jacques-Alain-Miller

 

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