José Ángel Rodríguez Ribas*

Si como enunció Lacan: “el inconsciente, es la política” (S. XIV, 1967) y el inconsciente es el discurso del Otro, en la medida que el “Otro es el cuerpo” (S. XVI) podría pensarse la fórmula que encabeza este escrito. Dicho esto, habremos de convenir que no hay política que no sea de los goces de los cuerpos hablantes. Mi hipótesis, que adelanto, es que el futuro de la política deberá pasar por la emancipación de los cuerpos-hablantes o simplemente…no pasará.
Ya J. Lacan, en su Proposición del 67 nos advirtió de los efectos segregativos que traería aparejada una comunidad de libre comercio. Más adelante formuló su teoría sobre los discursos describiendo el Capitalista como una subversión del Amo. Apenas ahora comenzamos a entrever como esa modalidad de lazo, sin corte ni fisura, tiene por misión expropiar y hacer estallar aquellos recursos simbólicos que son constituyentes de la subjetivación y lo común, cebándose sobre lo más propio del sujeto: lo real del tiempo, el cuerpo y la palabra.
Cayeron los significantes Amos que comandan una ontología que daba cuenta del ser y tener del parlêtre. Un nuevo orden político y subjetivo se está gestando, aunque apenas logremos captar su dirección ni las herramientas que permitan instaurar alguna fisura. Lo cierto es que aunque no existe síntoma ni historia sin un cuerpo que la encarne y corpsifique, no es menos nítida la existencia de una historia de los cuerpos al igual que la sexualidad o la locura, tan caras a Foucault. Una historia de las modalidades de goce que la subjetividad pudo establecer con la experiencia de esa morada del ser que es su cuerpo. Dicho de otra manera: que el cuerpo propio, eso tan íntimo y ajeno a la vez, esa consistencia, existencia e insistencia, pero sin esencia alguna, esa conjunción disyuntiva, esa heterogeneidad radical de la no-relación que nos funda, esa sede textual y textural de lo imposible… no resulta ajena a los avatares temporales que atraviesan sus vectores primarios.
Habitamos pues, una época que definiría no tanto por su ontología como por su carácter pre-ontológico, óntico incluso. No tanto materialista como eminentemente sustancialista: la de lo real de la carne, traumatizada y horadada por la irrupción de lalengua sobre la susbtancia gozante. Es así como el Otro contemporáneo al que venimos a subsumirnos no es ese Otro del lenguaje, del S1-S2, del I(a), como una multiplicidad de Unos pulsionales, junto a las equivalencias o conflictos que puedan establecerse: una corporización sin separación bajo la serie de inserciones sin identificaciones. Donde la retracción de la libido a lo Uno forcluye toda dialéctica sintomática para quedar reducida a una escritura generalizada del goce -a cada cual su escritura-. No hay más que ver como el zeitgeist, las identificaciones actuales, lo son a la cifra superyoica que cada quien “debe” exhibir obscenamente en que lo insoportable es el “otro” (del Otro), cualquier Otro, en la medida que lo es uno mismo para-sí.
Una época semiocapitalista en la que Todo se volvió trans-, donde el terror ya no horroriza, donde el neoliberalismo se sirve de la ciencia y la técnica para licuar la democracia misma; donde lo neuro- deviene tautología autoreferencial; donde el triunfo de las religiones promete gozar del cuerpo del Otro a través del grupo, como bien señala E. Laurent; donde los cuerpos debilizados, en su fortaleza, modificaciones quirúrgicas y estéticas alimentan la fantasía transhumanista de prescindir del sexo y la muerte, mientras los mismos humanos no se reconocen entre sí; donde los niños son “acciones” de capital riesgo en función de sus marcas; donde la pareja es complementariedad especular; donde el triunfo y la felicidad se tornan metas asequibles gracias al coaching autoempresarial y emocional; donde la historia propia en absoluto es tomada como fuente de causalidad psíquica…
Resumiendo: donde el horror y la debilidad frente Saber y la Alteridad (cuerpo e historia), se muestran en su crudeza como respuestas defensivas a lo real de esta era de la carne.
¿Cómo dialogar con esos nombres de la pulsión que en-si-mismados, recusan cualquier intento civilizador?, ¿Cómo hacer con las identidades de la (bio)política postcapitalista cuando son reducidas al par: vida-muerte, ciencia-religión, nosotros-los otros, seguridad-miedo, salud-enfermedad, todo-déficit, odio-adeptos?…. Y sin embargo el mismo Miller, con Lacan y Freud, no dejó de insistir que el goce no es antepredicativo, que el goce mismo es ya un efecto del lenguaje. Que equivalencia y no-relación no son elementos complementarios sino, como mucho, meras suplencias de la condición parlante, sexuada y mortal. Que la relación de los humanos con nuestro real y su realidad es siempre profundamente desadaptada. Que los afectos, homologados a las pasiones, son los efectos de las palabras sobre el cuerpo; que el inconsciente es siempre singular y particular pero no por ello, menos trasindividual. Es decir, que en lo humano del cuerpo habitan ciertos restos -en tanto condición causal- que nunca podrán ser metabolizados bajo ese siniestro dispositivo de producción de subjetividades que es el discurso del Capital.
Una pragmática de la deferencia (differencia-differancia: Derrida), que distinga los restos de la basura, una escritura somática, se nos impone poéticamente en el acto mismo de “poner el cuerpo”. En que la presencia y la conversación puedan hacer causa de acontecimiento de cuerpo y anudamiento de lo imposible, contingente y paradojal de los cuerpos hablantes que está en el origen del vínculo al Otro-con . Conservar lo analógico y lingüístico del “Con-ahí“: esa sería una posible apuesta (bio)política…si queremos estar a la altura de la acción lacaniana que estos tiempos reclaman.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

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